Aventura y supervivencia

No podíamos detenernos. Se me acababa el tiempo de permanencia en Brasil. Debíamos llegar a Guayana Francesa. La única forma de avanzar en este punto era a través del río Amazonas. Siempre soñé con un viaje así, y la oportunidad se presentaba a tiro de piedra.

Tras descansar tres días en la casa de Marta, nos dirigimos al puerto de Belém y compramos dos pasajes hacia Macapá, la capital del estado de Amapá, uno de los lugares más aislados y menos visitados de Brasil. Negociamos el precio durante un largo rato y conseguimos un jugoso descuento.

Richard y su esposa nos despidieron en el puerto. Una vez en el bote, elegimos nuestro lugar entre decenas de hamacas paraguayas dispuestas para los pasajeros que pagaron el boleto más barato. También había camarotes, claro, pero estaban destinados a personas con bolsillos más gordos.

Acá dormíamos con el amigo Alejandro «Pipi» Ortiz.

Cruzar el Amazonas en barco es una experiencia única. Poco tiempo después de zarpar, el río se reveló ante nosotros en toda su majestuosidad. Su color marrón se fundía con el verde intenso de la impenetrable selva que lo rodea. Durante los tres días que duró el viaje no vimos otra cosa, pero tampoco hizo falta. Solo río, selva y el cielo estrellado durante las noches. La diversidad de flora y fauna en esta parte del mundo es casi ilimitada. Desde la cubierta del barco contemplé la vida que se asomaba entre los árboles: aves, peces, reptiles. Tuve la sensación de que estaba cumpliendo un sueño.

El barco era como un colectivo «lechero» que hacía paradas en pequeñas comunidades ribereñas. Algunos lugareños subían o bajaban del bote, y otros vendían sus productos a los pasajeros.

A bordo conocí a algunos hombres oriundos de Senegal. Del total de pasajeros del barco, al menos un tercio eran africanos. Comerciaban con ropa, celulares, ventiladores, maniquíes, joyas, relojes, accesorios y otros elementos que llevaban en la zona de carga de la proa.

Estos senegaleses no se callan nunca, incluso si te ven durmiendo. No les importa. A veces queríamos dormir, pero nos interrumpían. Tampoco se molestaban si hablábamos mientras ellos dormían. Algunos llevaban su propia alfombra y rezaban varias veces por día, por lo que supuse que eran musulmanes.

Nos comunicamos en portugués. El que mejor hablaba me dijo que estaba trabajando en Brasil desde el año 2014. Había salido de su país en búsqueda de mejores oportunidades y le fue bien, sobre todo vendiendo electrónica.

Su hermano también intentó emigrar a Brasil, pero lo detuvieron en el aeropuerto de Río de Janeiro por falsificación de documentos.

Explicó que la visa para entrar a Brasil era carísima para ellos.

—Sacamos el permiso una sola vez y utilizamos los pasaportes de otras personas para no tener que volver a pagarla. A veces no cumplimos con todos los requisitos, por lo que esta es la única forma. Como somos todos negros, los agentes de inmigración no nos distinguen. Eso nos da una ventaja y pasamos directo —dijo.

Pero algunos no tienen tanta suerte. El hombre me dijo que su hermano intentó hacer lo mismo, pero lo detuvieron y fue deportado. Su hermano lloró al saber que tenía que volver a África, como si aquel llanto fuera el nivel máximo de frustración que puede alcanzar una persona.

—Él no debió realizar la fila con el pasaporte falso, porque presentar esa documentación en Migraciones es un delito. El agente reconoció que el hombre de la foto era diferente. Tendría que haber roto el pasaporte en el baño del aeropuerto —lamentó.

Me quedé pensando en los africanos. El norte de Brasil es de una naturaleza exuberante pero pobre, y aún en estos lugares hay oportunidades para ellos, ávidos de una vida mejor. Con frecuencia no somos conscientes de la riqueza del lugar en el que vivimos. Yo viajaba por la aventura; ellos, por necesidad. Miré al cielo y agradecí a Dios. Y a mi hermana. Lo menos que podía hacer era ser consciente de que las cartas de la vida que me tocaron a mí eran mejores que las que les tocaron a ellos.

Cuando veas a un migrante africano, pensá que, casi siempre, es alguien que dejó toda su vida y su familia atrás para vivir mejor. Mientras muchos viajamos para encontrarnos a nosotros mismos, otros no tienen tiempo: lo hacen para sobrevivir.

Es de necios no ver la diferencia. Es de idiotas no agradecerlo.

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