El río Amazonas

Con Alejandro tuvimos un par de anécdotas a bordo del barco. Una de ellas involucra a una señorita que servía comida y trabajaba como enfermera. Una tarde, el tipo me contó que tuvo una charla con esta chica y que lo invitó a su camarote esa noche. Bien por él. Horas después regresó algo frustrado: al parecer, la joven le pidió dinero a cambio de acostarse, y mi amigo se negó. La chica, entonces, le preguntó si le podía sacar una foto desnudo, ya que «Pipi» portaba un arma de grueso calibre. Él accedió al pedido, pero eso fue todo. No hubo acción en el bote.

El ruido del motor del barco era insoportable: jamás se detenía. Almorzar era una odisea, ya que el comedor estaba al lado de la sala de máquinas, y aquel sonido ensordecedor convertía cada comida en una pesadilla.

Durante la tarde del segundo día, una de las pasajeras me convidó de su snack: camarones. Para comerlos había que morderlos y quitarles la cola, pero me gustaron muchísimo. Venían en una bolsa de plástico, así que supuse que aquel tentempié se vendía de forma casera. Los comimos en la proa y tirábamos las colas hacia la estela que dejaba la embarcación. Vi el sol de la tarde caer en el horizonte.

Dicen que, antes de morir, uno ve pasar toda su vida frente a sus ojos. Me gusta pensar que así sucede. Y quisiera dejar una mención especial para aquel momento: comiendo camarones de una bolsa de plástico, quitándoles las colas con los dientes y tirándolas al río. No sé si mi vida ha sido feliz, pero aquel momento se me antoja único, mágico, irrepetible. Jamás volví a ver a aquella pasajera. Tampoco recuerdo su nombre.

Cruzar el río Amazonas fue como un sueño, la realización de un anhelo que tuve durante años. Mirar el río caudaloso, contemplar el cielo infinito, sentir la exuberancia de la selva: aquellas experiencias cautivan el alma de cualquier viajero. Ser un mochilero no siempre implica vivir momentos idílicos; al contrario, a menudo parecen escasos los instantes que son en verdad gratificantes. Sobre todo cuando uno viaja sin dinero y debe enfrentarse a incomodidades o contratiempos. Para mí, aquel viaje por el Amazonas fue un momento cumbre, la recompensa a todos mis esfuerzos. Esos días trascendieron todas las dificultades del camino y justificaron cada sacrificio realizado.

Viajando por el Amazonas, mientras dormía en la hamaca y con la voz de los senegaleses de fondo, tuve un sueño. Soñé que volvía a la universidad, en Córdoba. Sentí que aquel sueño era un llamado de la conciencia para que regresara a Argentina. Apenas llegué a Macapá, compré un pasaje de avión. No lo pensé demasiado: como siempre, solo seguí mi intuición.

Era el momento de volver a casa. Pero todavía faltaba cruzar las Guyanas.

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