13 de abril de 2022
Cuando pienso en Ucrania, lo primero que me sale es esto: no hice tanto como quería.
En términos de cobertura, si tuviera que ponerle una nota, le pongo un seis. Un “aprobado” raspando. Hice lo mejor que pude con lo que tenía, o casi lo mejor que pude. No tuve cámara de fotos, ni camarógrafo, ni traductor, ni chofer propio. Me moví con el cuerpo, el celular y lo que entendía en inglés. Hubo lugares a los que no llegué, historias que se me escaparon, cosas que vi y no supe cómo contar.
También estuve bastante solo. Allá, y acá.
Desde la redacción muchas veces no entendían bien dónde estaba parado ni cómo era moverse en una ciudad con ley marcial, toques de queda y misiles a unos kilómetros. Yo recibía audios pidiendo más material, más historias, más vértigo, y desde mi lado veía supermercados vacíos, trenes llenos, gente durmiendo en estaciones y un idioma que no entendía. Explicar, a la distancia, que hay días en los que no podés “salir a buscar color” porque te podés meter en un problema, era inútil. Así que seguí como pude.
Cuando sentí que ya no tenía mucho más para aportar, me fui.
Desde Moldavia viajé a Budapest. Caminé por el centro, crucé el Danubio, comí algo caliente sin apuro. Después volé a Múnich y, antes de volver a Argentina, fui a un campo de concentración. Fue uno de los lugares más pesados que vi en mi vida. Sentí la misma cosa oscura que en Kyiv: esa impresión física de que la maldad deja marcas donde estuvo, como si el aire se acordara.

Casi pierdo el vuelo de regreso. No me querían dejar subir con el chaleco y el casco que me regaló Sánchez Mariño en Kyiv. No entraban en el equipaje de mano, ni los aceptaban como bulto aparte. Al final, discutí un rato con el personal del aeropuerto, me puse el chaleco encima, me encajé el casco en la cabeza y salí corriendo así, disfrazado de corresponsal barato, hasta la puerta de embarque.
Escuché mi nombre por los parlantes del aeropuerto de Múnich, sentí el corazón en la garganta y corrí como un imbécil por los pasillos, sudando, cargando la mochila. Subí al avión casi de milagro. Si lo perdía, me quedaba en Europa. A veces me pregunto si no habría sido mejor que pasara eso.
El papel que firmé
Antes de viajar, el diario me hizo firmar un consentimiento. El texto, en resumen, decía que si me pasaba algo, la responsabilidad era mía. No de la empresa. No de la redacción. Mía.
Yo ya había decidido ir, así que firmé. No negocié nada. No pedí chaleco, ni casco, ni seguro especial, ni entrenamiento. Firmé y punto. Hoy sé que ese papel dice más del medio que de mí: ellos se cubrieron por escrito; a mí me mandaron casi desnudo.
Tenía treinta años. No era un nene, pero tampoco un veterano de guerra. Tenía años de periodismo, calle, crónicas, reuniones de consorcio y notas de color. Lo que no tenía era experiencia en conflictos armados, ni curso de seguridad, ni simulacros bajo fuego, ni kit médico en serio, ni fixer, ni un plan claro de evacuación si todo se iba al carajo.
Estaba verde, eso es verdad. Y la guerra no perdona a los verdes. El medio que te manda —o acepta mandarte— lo sabe, o debería saberlo.
Un corresponsal curtido suele tener atrás un manual de seguridad, protocolos claros, equipo decente, contactos locales, editores que ya pasaron por algo parecido. Yo tenía un chaleco prestado, un casco prestado y un PDF pegado en una pared de Lviv que decía qué no filmar, qué no mostrar, qué ropa evitar.
La decisión de ir fue mía; la decisión de mandarme así fue de ellos. No escribo esto para echar en cara, sino porque si voy a contar Ucrania, también tengo que contar desde dónde la conté.
Los fantasmas con casco
Hay algo más que me quedó atravesado.
Me hice un blog para decir cosas, no para callarme. Así que lo voy a decir: me molestó ver a colegas que exageran su propio peligro y se disfrazan de héroes cuando, en realidad, están mucho más seguros que la gente que tienen alrededor.
Me jode ver transmisiones desde el lobby del hotel, con casco y chaleco, como si un francotirador enemigo estuviera escondido detrás de la barra. Me jode escuchar frases grandilocuentes sobre “estar en la línea de fuego” cuando la línea de fuego, en serio, está a varios kilómetros.
Mientras una abuela hace fila para comprar pan sin una sola protección, hay tipos que bajan a fumar con chaleco y casco para la foto. Después vuelven a la calefacción, se sacan el equipo y suben la historia a Instagram.
Una vez escuché a un periodista decir en cámara que lo estaban apuntando desde algún lado. Yo estaba ahí, y no lo apuntaba nadie.
Vos no sos la noticia, capo. Sos un tipo con micrófono. Si te convertís en protagonista y le robás el lugar a la gente que de verdad está en riesgo, estás haciendo mal tu laburo.
Y sí, lo digo yo, que fui a una guerra sin estar bien preparado. Por eso mismo lo digo. Porque hoy sé que una cosa es estar expuesto de verdad, con sirenas a las cuatro y pico de la mañana, con misiles cayendo a cien kilómetros, con controles armados cada dos cuadras, y otra muy distinta es montar un teatro para que parezca que te jugás la vida cuando no es así.
Lo que me traje
Al final volví a Argentina. No como héroe, ni como especialista en conflictos, ni como “corresponsal de guerra” en el sentido clásico. Volví con un puñado de notas, este diario y la certeza incómoda de que estuve más solo y más expuesto de lo que debería.
También volví con algo que vale más que cualquier relato épico: la conciencia de mis límites. Hoy sé que, si alguna vez vuelvo a un lugar así, voy a ir con entrenamiento, equipo y estructura. O no voy.
Ucrania me dejó imágenes que no se van:
la nena de la caja en el súper,
los viejos salvando libros,
los departamentos abiertos como casas de muñecas,
Babenko con la mano destrozada,
el mar Negro prohibido,
las estaciones llenas de gente que no sabía si iba a volver a su casa.
Me dejó, también, la sensación de que lo que hice alcanza para este blog, pero no para inflar el pecho. Es lo que pude hacer con lo que tenía. Nada más. Nada menos.
Cierro este capítulo con una mezcla rara: gratitud por haber vuelto vivo y bronca por cómo se juega, a veces, con la vida de los que cuentan historias.
Yo no quiero ser un mito, ni un mártir, ni un fantasma con casco. Quiero ser, apenas, un tipo que estuvo ahí, miró, escuchó, escribió y volvió a casa para contarlo lo mejor que pudo.
Un tipo que Viaja y Escribe. Nada más.
