La caída

Cuando pienso en lo que pasó después de Ucrania, lo primero que me sale es esto: todo se fue a la mierda.

La guerra me cambió la vida de formas que nunca imaginé. Salí en la tele, los diarios, la radio. Me reconocieron en mi pueblo. “El pibe que fue a la guerra”. Parecía que me iba para arriba.

Pero todo se vino abajo.

Empecé a sentir angustia. Yo estaba en Córdoba, pero mi mente se quedó en Ucrania. No tenía ganas de salir, ni de trabajar, ni de ver a nadie. La gente en la calle me parecía ridícula. Me costaba entender cómo podían seguir con sus vidas como si nada mientras en otro país se estaban matando.

Mis noches se volvieron un tormento. Me acostaba y, en vez de dormir, aparecían escenas sueltas: la estación de Lviv, los departamentos partidos al medio, la cara de Tanya en la caja del súper. Me sentía perdido, sin rumbo. Tenía ausencias. No entendía dónde estaba. Como si el lugar no me fuera del todo familiar y en realidad hubiese vuelto a otro mundo, distinto del que conocí, en el que todo funcionaba de una forma diferente.

Pedí unos días en el trabajo y me fui al sur en auto, buscando algo de paz. En la provincia de La Pampa, vencido por el sueño, me tiré a dormir una siesta al costado del camino. Soñé con Diego, un amigo que llevaba casi dos años muerto. Me miró a los ojos y me preguntó por qué todavía no había visitado a su familia. Un hilo de sangre se escurría desde su boca y caía por el mentón. Sus ojos muertos dejaban ver un dejo de reproche en el fondo. Como si le debiera algo.

Me desperté con el corazón acelerado. La guerra también estaba dentro de mí.

Nadie, fuera de mi familia y dos o tres amigos, se acercó a ver cómo estaba. Ni un “che, ¿te quedó algo dando vueltas?”. Nada.


Todo esto cayó encima de cosas que ya venían mal.

Mientras yo estaba metido en la guerra, pasaron otras cosas en mi vida que me partieron a la mitad. La chica con la que salía tuvo un aborto. Después me engañó. Lo vi.

Ni siquiera sé si el chico era mío. No sé si la amaba, pero la quería.

Entre la muerte de mi hermana, la guerra, el aborto y el engaño, me pasé de rosca. Me fui. Me desvié.

El alcohol se volvió mi refugio. Una forma rápida de no sentir.

Un accidente de auto terminó de encender la alarma. Y en vez de frenar, aceleré.

Hasta que pasó lo del boliche.


Era enero de 2023. Esa noche salí como tantas otras. Música fuerte, luces, humo. Me puse en pedo mal. Recuerdo estar chapando con dos mujeres. Un amigo lloraba porque extrañaba a la ex. A partir de cierto punto, la película se cortó.

Lo que vino después lo sé por otros: una chica se sintió pasada de límite, me sacaron del boliche, me pegaron y me robaron. Salí en los medios. Llegó al diario una versión de lo que pasó y se activó un protocolo. Esa versión indica que yo le habría tocado el culo a una mujer.

Yo no me acuerdo de nada. Pero estaba lo bastante dado vuelta como para saber que, aunque no lo recuerde, podría haber pasado.

Del otro lado hubo una mujer. No sé si fue alguna con las que me estaba besando u otra. No sé cómo lo vivió, si quedó como una anécdota de una noche o como una mierda que la lastimó. Lo único que sé es que yo estuve en un estado de irresponsabilidad y autodestrucción en el que pude haber cruzado un límite que no debía. Esa posibilidad es culpa mía.

Hubo empujones, gritos y trompadas. Me cagaron a piñas entre varios, me robaron todo y me dejaron tirado al lado de un río.

No morí en Ucrania. Morí esa noche, ahí.

Me volví un cuerpo desparramado en la orilla, sin billetera, sin reloj, sin documentos, sin dignidad. El “corresponsal de guerra” reducido a eso: un tipo inconsciente, abandonado al borde del agua, con la cara llena de sangre.

Cuando me encontraron, mis amigos me levantaron como pudieron y me llevaron al hospital. Tuvieron que hacerme puntos.


Lo que vino después ya no fue solo una caída personal. Fue ejecución pública.

Un martes mi jefe me llamó a su oficina. Me preguntó cómo estaba, cómo pensaba encarar el año, qué proyectos tenía. Me escuchó, asintió, hizo como que le importaba. Antes de irme me dijo que el miércoles hiciera teletrabajo.

Al día siguiente me levanté, prendí la compu y me conecté como siempre. Quise mandar un mensaje y me di cuenta: ya no estaba en ninguno de los grupos del diario. Ni uno. Desaparecido.

Bajé a la puerta. Había un sobre. Un telegrama de despido que me decía que no fuera a trabajar.

No hubo reunión, no hubo charla, no hubo mirada. No me dejaron volver a la redacción a buscar mis cosas. Nadie me dijo en la cara: “Pasó esto, tomamos esta decisión”. Nada. Simplemente: no vengas más. Para nosotros estás muerto. Se activó el protocolo y listo.

El filo de la espada se sintió frío una fracción de segundo antes de que rodara mi cabeza. Más frío que la nieve de Ucrania.

Se me vino el mundo abajo. Sentí que en un segundo perdí todo lo que me costó años lograr.

La cancelación fue instantánea. Dejaron de hablarme compañeros que celebraron mis notas desde Ucrania y me sobaron el lomo más de una vez. Gente con la que compartí años de redacción, cafés, coberturas y tiempo de vida desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

Me convertí en el nombre que nadie quiere pronunciar.

Algunos colegas me mandaron mensajes cortos: “Lo siento”. Punto. Fin.

Se corrieron rumores. Mentiras. Hicieron leña del árbol caído.

Pero eso, aunque injusto, no borra lo otro. Haber llegado al punto de no saber bien qué hice en una noche es grave. Es mío. Soy el responsable.

Un día tuve que sentarme frente a mis viejos y explicarles por qué me echaron. No hay adjetivos para eso. Vergüenza. Dolor. Ganas de desaparecer. Lloré y mi mamá me abrazó. Me odié mientras ella me consolaba. Sentí que mi vida, mi carrera, mi nombre, todo se había ido por la canaleta de una sola noche de alcohol, estupidez e inconsciencia.


Hace poco, en un boliche, alguien me tocó el culo. Así, de la nada. No vi quién fue. Sentí la mano primero, después la bronca. La invasión mínima pero clarísima: este cuerpo no es tuyo.

Y me acordé de todo.

No sé si lo que se dijo aquella vez pasó exactamente como lo contaron. No tengo la película completa. Lo que sí sé es que estuve en un estado en el que pude haber sido ese tipo. Y ahora, con una mano ajena en mi propio cuerpo, entendí de una forma muy física por qué no quiero volver a ser nunca más esa persona.

La guerra es una parte de la historia. Mi guerra interna es la otra. La maldad. La autodestrucción. El monstruo que está detrás de la puerta, esperando que se vea una rendija.

Si le abrís, te come.

Y esa noche yo le abrí de par en par. Con alfombra roja y todo.


Con el tiempo, empecé a salir del pozo. No de golpe, no en una epifanía. A los tumbos.

No voy a decir que no le guardo rencor a nadie, porque sería mentira. Pero tampoco vivo pensando que el mundo me debe algo. El diario hizo lo que hacen casi todas las empresas: te usan mientras servís, te sueltan cuando sos problema, se cubren con un protocolo y siguen adelante.

Está bien. Es comprensible. Me hubiera gustado que me lo dijeran en la cara, nada más.

Por supuesto. No me voy a hacer el boludo. Hice lo que hice. Perdí el laburo, perdí relaciones, perdí respeto. Pagué caro con mi nombre y mi apellido. Pagué con años de dolor.

Ahora quiero seguir adelante. Aprendí. No puedo quedarme congelado para siempre en esa versión. Puedo equivocarme, pero no soy una mala persona.

Viajo y Escribo nace de todas las desgracias que me pasaron en la vida y de cómo me levanté. De no querer dibujar solo la parte épica de la historia, sino también el pozo. De entender cómo llegué a tocar fondo y qué hice después. De no querer ser mito, ni mártir, ni fantasma con casco. Ser apenas un tipo que se cayó muy feo y decidió no quedarse tirado al lado del río.


Esta historia sigue. Pero antes, quiero agradecerle a mi hermana. Antes de ir a la guerra fui al cementerio a pedirle ayuda. Me escuchó. Estuvo conmigo en cada paso, en cada sirena, en cada nota. Su amor me sostuvo cuando yo ya no me aguantaba.

Todo este blog, todo este viaje, es por Ángeles. Perdón por buscarte siempre en los momentos más jodidos, flaca. Sos lo mejor que tengo. Tu recuerdo me da fuerzas. Sos el mundo para mí. Lo fuiste y lo serás siempre.

Como todo lo que escribo, esto es para vos. Gracias, mi amor.

Tu hermano, Fede.

PD: Todavía no se termina. No así. Una parte de mí se murió en un río cordobés. Pero otra siguió luchando por vivir. Mi vida, hasta ahora, ha sido como un campo de batalla sin tregua. Pero todavía estoy acá, escribiendo, lo que significa que el monstruo no me comió. Me mordió fuerte, me dejó marcas, pero no me ganó.

Voy a seguir peleando hasta el final.

Por la redención.

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