Marzo – noviembre de 2023
Tres millones doscientos mil pesos: eso cobré de indemnización.
Eran unos ocho mil dólares. Me alcanzaban para bancarme unos meses en Argentina, comprar un pasaje a Europa y largarme.
Antes de que entrara la plata le pregunté a un amigo contador cuánto creía que me correspondía. Me dijo que, más o menos, un millón doscientos. Cuando vi la cifra real en la cuenta del banco, sentí un subidón de adrenalina. Vaya, vaya.
Estuve a punto de poner todo en un plazo fijo, pero cuando apreté el botón en la app del banco apareció un cartel: “Usted se compromete a acreditar el origen de los fondos antes del vencimiento del plazo”.
No, señor. Y una mierda pinchada en un palo.
Al día siguiente fui al banco con una mochila y retiré todo el dinero. Acto seguido, compré dólares en una cueva del centro. Un dólar valía 388 pesos. Con mis tres millones doscientos mil, me llevé 8247 dólares norteamericanos contantes y sonantes. El billete verde.
Gran acierto. En pocos meses el peso se pulverizó. Para cuando me fui del país, mis tres millones ya eran más de nueve. Tratá de explicarle eso a alguien que no sea argentino.
Si metía todo en plazo fijo, me clavaba como una papa. En cambio, la pegué. Pero para esa época yo ya había cambiado mis dólares por euros del otro lado del Atlántico.
No habría podido ir a Italia, hacer la ciudadanía y ponerme a buscar trabajo si no me hubieran echado y pagado esa indemnización de más de ocho mil dólares. Y como después cambiaron la ley de ciudadanía, mi vida hubiera sido bien distinta.
No soy quién para dar lecciones, pero aprendí algo: si no te gusta tu trabajo o lo que te pagan, nadie te va a venir a rescatar. Te podés quedar ahí toda la vida puteando o podés probar suerte en otro lado. Nunca vas a saber de qué sos capaz si no salís de la comodidad.
Para mí, salir de la comodidad significaba conseguir los papeles de la ciudadanía. Si lo hubiera sabido antes, habría buscado todos los documentos el año anterior. Me ahorraba tiempo y dinero. Pero con las cartas que tenía en la mano, lo único realista era empezar de cero.
Uno de los periodistas que conocí en el hotel de Kyiv me dijo una noche:
—Apenas puedas, hacé la ciudadanía europea.
Me acordé de eso mientras iba al cementerio con mi tía Silvana, madrina de corazón y de sangre. Fuimos a Oncativo. Encontramos las tumbas de mis tatarabuelos y bisabuelos. Con las fechas de las lápidas empecé a reconstruir el árbol.

Pasé meses buscando papeles. Pedí el acta de nacimiento de mi bisabuelo a Italia. Después rectifiqué, apostillé, traduje y volví a apostillar. Armé la carpeta perfecta.
Con esa carpeta bajo el brazo me subí a un avión el 13 de noviembre de 2023. Mientras Argentina debatía su futuro en las elecciones presidenciales, yo cruzaba el Atlántico rumbo al Viejo Continente, buscando una vida nueva.
Esa plata no me hizo rico. Solo me compró una puerta. Y yo la crucé.
