¿Soy italiano?

16 de enero de 2024

Dos meses y un día después de llegar a Europa, soy oficialmente italiano.
Este tiempo me sirvió para reflexionar bastante. Por eso me gustaría recordar —y agradecer— a mis valientes antepasados. Hace más de un siglo ellos iniciaron un viaje hacia lo desconocido por la promesa de un futuro mejor. De alguna forma, ese camino hoy vuelve a su punto de partida. Llevaré siempre con orgullo la herencia cultural que ellos me dejaron. Grazie, nonni.

Cuando alguien adquiere la ciudadanía de otro país, se labra un acta de nacimiento. Decidí tomar este hecho como lo que es: un nuevo renacer, una oportunidad para abrazar todo lo bueno y lo malo que hubo en mi vida, aceptarlo y empezar otra vez.

Quiero ser mejor de lo que fui. Quiero ser un hombre bueno. Quiero viajar y escribir, porque para eso vine a este mundo.

Eso fue lo que escribí entonces. Acá va lo que en realidad estaba pasando conmigo:

Me desperté con frío y con la sensación rara de que ese día iba a pasar algo importante y, al mismo tiempo, nada. Tenía turno en el Comune para firmar la ciudadanía. Diez meses de trámites en Argentina, cincuenta días de espera en Calabria y todo se resolvía en una oficina del tamaño de la cocina de mi vieja.

Desayuné medio dormido. Pan, café, huevos, queso. Lo de siempre. Afuera todavía estaba medio oscuro. Eran las ocho y media. Longobardi parecía un pueblo abandonado: persianas bajas, cuatro autos locos, un viejo con gorra caminando al kiosco. Cande pasó a buscarme en auto y me subí atrás.

La municipalidad olía a papeles viejos. En la sala de espera había un solo tipo antes que yo: un tano de bigote y camisa abotonada hasta el cuello, que discutía con la empleada por vaya a saber qué. Atrás de un vidrio, una señora tecleaba en la computadora. El mar se veía en la ventana, a lo lejos.

Mientras esperaba, abrí el celular. Twitter, Instagram, portales de noticias. Seguían hablando de las elecciones en Argentina, de la transición, de ministros que podrían ser, del dólar, de la inflación. Lo mismo de siempre. Sentí que estaba en otro planeta, pero con la cabeza en Argentina. Pensé en el diario que me había echado, en la indemnización, en el día que vi el número en la cuenta y supe que me iba a Europa. Pensé en mi ex y en nuestro hijo que no nació.

No fue una decisión de un día para el otro. Europa empezó ahí: el día en que me sacaron de los grupos de WhatsApp del trabajo y así me avisaron que estaba despedido. En el test de embarazo positivo. En la pérdida, en esa mezcla de bronca y vacío. Todo eso me empujó hasta aquella oficina en Calabria con vista al mar, esperando que un señor dijera mi nombre con acento italiano.

—Federico Pichioni… —dijo, más o menos.
—Sono io —respondí, y entré.

El hombre me tendió unos papeles y me señaló dónde firmar. Firmé. Una vez, dos veces. Me sacaron una fotocopia, me dieron una hoja con un sello que decía que ya está.

Auguri —dijo.
Grazie —contesté, con una sonrisa.

Los otros argentinos dijeron que lloraron cuando les dieron la ciudadanía. Que fue uno de los momentos más felices de su vida.

Yo no sentí nada. Y mucho menos me sentí italiano.

Me gustaría decir que sentí en mi hombro la espada de Escipión el Africano. Que en mi pecho latió el recuerdo del rey Víctor Manuel II. Que pensé en da Vinci, en Michelangelo, en Rafael y en todos los grandes artistas del Renacimiento.

Pero no. No sentí nada diferente. Podía ser italiano en los papeles, pero nada más.

Y eso fue todo. Diez meses y medio de juntar papeles, actas, traducciones, apostillas, rectificaciones; de ir al cementerio con mi tía a buscar tumbas, de pedir partidas a Italia por mail, de gastar plata. Todo resumido en una firma apurada.

Salí del Comune con la hoja en la mano. Cande me sacó una foto delante del edificio, con la cara medio desencajada. En el WhatsApp de la familia mandé:

—Listo. Soy italiano.

Subí una publicación a Instagram, porque es lo que hacían todos. Llegaron mensajes: corazones, banderitas, “felicitaciones”, “te lo merecés”. Los leí todos, pero algo no terminaba de encajar.

En el camino de vuelta miré por la ventana del auto. Los mismos naranjos, las mismas casas con quinta, los mismos viejos en la vereda. Nada había cambiado en Longobardi. El que tenía que cambiar era yo.

Ese día caminé más que de costumbre. Bajé hasta la playa, seguí la línea de piedras, pasé por el muelle arruinado, junté una botella tirada y la llevé hasta un contenedor de reciclaje. Miré el mar. Volví a pensar en Córdoba, en la redacción, en mi ex, en el hijo que no llegó a nacer. Pensé en todas las veces que dije “algún día voy a escribir en serio”.

Volví a la casa, tomé un café y abrí la computadora. Empecé a escribir esto.

Si me dieron una cédula nueva, por lo menos voy a usarla para algo que tenga sentido. Si ya pagué el precio en despidos, pérdidas y kilómetros, que al menos quede escrito.

Ese fue el verdadero acto de ciudadanía: no el sello en el Comune, sino sentarme en una mesa de fórmica, en un pueblo mínimo del sur de Italia, y decidir que esta vez no me iba a guardar la historia.

Miré el documento nuevo apoyado al lado de la compu. Tenía mi nombre, otro país y una fecha.

—Soy escritor —pensé.

Y me puse a escribir.

Siempre voy a estar agradecido con Italia. Siempre. Pero, ¿sentirme italiano en lo más profundo de mi corazón? Eso es algo bien distinto. 

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