Barro y sangre

13 de febrero de 2024

Era mi último día en Longobardi y llovía con fuerza.

El cielo gris parecía colgado sobre el mar Tirreno. Las montañas se recortaban en el horizonte. Yo caminaba bajo una cortina de agua fría, con la capucha puesta a medias y un podcast sobre la vida de Henry Kissinger sonando en ambas orejas. El tipo se acababa de morir. Yo también cerraba una etapa en mi vida. Mucho más humilde y discreta, claro, pero mía.

Tenía una misión urgente y ridícula: buscar una tarjeta de débito en una dirección que no existía. Era mi propia dirección en la cédula italiana: una calle fantasma. Vaya uno a saber qué tramoya tenían mi gestora y sus socios, pero ahí iba yo, bajo la lluvia, persiguiendo un punto imaginario en el mapa que jamás encontraría.

Una escalera de metal interrumpió mi paso. Veintiún escalones que subían a un puente necesario para cruzar la ruta. Empecé a subir, harto de la lluvia, sin pensar en lo que estaba por ocurrir. Entre el cuarto y el quinto escalón, mi auricular derecho decidió saltar hacia un costado y perderse entre la maleza, varios metros más abajo.

Como en cámara lenta, vi el arco perfecto, la curva, el giro en el aire.

No sé cuánto llevaba ese auricular planeando su escape, pero me lamenté al instante. La superficie estaba llena de maleza espesa, de tréboles y de hinojo cubriendo la tierra mojada. La ruta pasaba cerca; el terreno tenía una inclinación no inferior a los sesenta grados.

Sería una empresa difícil. Sentí un golpe en el pecho:

—No. No ahora. Hoy no.

Sin perder el tiempo, intenté tomar una fotografía mental del lugar exacto donde cayó el dispositivo, aún a sabiendas de que tantos tréboles e hinojos harían que aquello fuese en vano. 

«Has tenido días mejores», dijo una voz en mi cabeza. Me senté en el borde de la escalera y salté hacia el barro. Fue un salto torpe, lo habitual para mis cien kilos y metro ochenta y tres. Flexioné las piernas al caer. Se me ensuciaron los jeans y la campera de cuero. También las manos al apoyarme.

Recordé que los auriculares —que todavía estaba pagando— tenían una función para encontrarlos. Desbloqueé el celular con un dedo embarrado y abrí la aplicación. Apreté el botón y el prófugo aparato lanzó un pitido agudo, intermitente, mecánico.

«Ya es mío», pensé, tratando de darme confianza. Y me lancé hacia la búsqueda.

Tirado en el suelo, empecé a arrancar tréboles y pasto con ambas manos mientras la lluvia se deslizaba por mi cara. Miré hacia abajo: era peligroso. La pendiente era más abrupta de lo que parecía desde arriba. Si resbalaba, podía terminar en la alcantarilla. No solo me iba a doler: tranquilamente podía quebrarme una pierna. Yo, que me río de los fanáticos del seguro de viaje, me vi a mí mismo en el hospital, enyesado por un auricular. Sería para partirse de la risa, claro está, casi tan gracioso como cuando Mbappé nos hizo el tercero. 

No podía encontrarlo. Volví a meter las uñas en la tierra, arranqué raíces, corté el césped con las manos. Me clavé varias espinas. Ese pitido del infierno parecía estar burlándose de mí. Comenzó a llover con más intensidad. Los autos pasaban cerca, levantando una bruma de agua y ruido. Aquel sonido agudo sonaba y se perdía. Era imposible saber con certeza de dónde provenía.

Seguí revoleando pasto, tréboles, flores aplastadas. El auricular estaba ahí, cerca y lejos a la vez. Pero no aparecía. Pensé que quizá estaba harto de la vida, y que aprovechó la melancolía de la lluvia para tirarse al vacío y terminar con todo de una vez por todas. ¿Habrá sido un auricular suicida?, me pregunté. ¿O será la Madre Tierra que lo reclama como parte de pago por algún servicio no cobrado? 

Aquellas dudas me atormentaban. Traté de pensar con claridad y evitar la vergüenza que me producía estar sucio con barro y bajo la lluvia en un país ajeno. Tenía que haber otra forma.

Me imaginé lo burdo que parecería desde afuera: un tipo grandote, con barba, campera de cuero y anteojos oscuros, tirado entre la maleza. Arrancando pasto con las manos. Un borracho. Un loco. Un ridículo.

«Has tenido batallas más dignas, Federico», dijo la insolente voz interior.

«No voy a perder esta», le respondí, y empecé a revolear más pasto, más tréboles y más raíces en todas las direcciones. «Ni siquiera terminé de pagarlo. No voy a darlo por perdido», insistí para mis adentros. 

«Ya está», me dijo la voz.

—¡NO LO VOY A PERDER, LA CONCHA DE TU MADRE! —grité.

Y volví a gritar, esta vez hacia el cielo. Hasta que me dolió la cabeza. Ya no me importaban los autos que pasaban. No grité por los auriculares, sino contra la vida que me viene sacando cosas desde hace décadas: mi hermana, mi hijo, mi novia, mi trabajo, mi reputación. Como si nada fuera mío y todo tuviera que perderlo.

No voy a dejar que me saquen nada más. No lo puedo permitir.

Me quedé mirando el cielo gris hasta que cerré los ojos. Sentí los rabiosos latidos de mi corazón golpeando dentro del pecho. Sentí ira. No puede ser.

Yo no soy así.

Respiré hondo.

Tenía que silenciar esa voz interior.

Miré de nuevo hacia el cielo. Cerré los ojos otra vez. Respiré. Frías gotas de lluvia longobardianas salpicaban mi rostro. Tomé otra bocanada de aire.

Me calmé.

Segundos después, entendí que el auricular debía estar algunos centímetros más arriba. Cuando logré callar la voz, pude escucharlo mejor. Y me di cuenta de algo evidente: el pobre aparato nunca se había querido suicidar. Solo se cayó sin querer. Con ese fino chillido de angustia me estaba pidiendo que lo fuera a buscar. Que no lo dejara tirado.

«Vos te venís conmigo», prometí, para mis adentros.

Mi mano izquierda se deslizó entre pasto y flores mojadas. Con el pulgar y el índice pellizqué suavemente la goma aislante de sonido que otras veces envolvió mi oído. 

Lo tomé con la palma y lo apreté. Lo traje hacia mí y me lo puse en el pecho. Volví a sentir el retumbe del corazón.

Miré el auricular: estaba lleno de barro. Yo también. Tenía sangre en las manos, un corte en la frente y toda la ropa sucia.

Lo guardé en el bolsillo y me aferré a un bloque de cemento para volver a subir la barranca. Escalón por escalón, jadeando, como si fueran las gradas de un coliseo después de una pelea.

Llegué arriba. Respiré. La lluvia seguía cayendo.

«Tu último día en Longobardi podría haber sido más digno», murmuró otra vez la voz.

—Mi último día en Longobardi me encontró peleando por lo que es mío —le contesté.

No hubo más conversación interna por ese día.

Seguí caminando bajo el agua, con el auricular en el bolsillo de la campera, como si fuera un trofeo. Nadie jamás supo nada. Para el mundo solo fue un día más de lluvia en un pueblo cualquiera.

No volví a buscar la tarjeta. Solo quería estar en casa. 

Viéndolo en retrospectiva, aquella fue una pequeña victoria simbólica. No encontré la tarjeta, me lastimé y arruiné la ropa, es cierto. Y además, recuperé algo que ya era mío y que yo mismo perdí.

Pero camino a casa, pensé en las cosas que realmente me fueron arrebatadas. También pensé en las que perdí por mi culpa, en las que dejé ir a propósito y en las que quise retener a cualquier precio, incluso cuando ya no tenía sentido.

Ese día, al menos, no me rendí. Y pensé que, si había sido capaz de tirarme al barro por un auricular, también podía hacerlo por todo lo que viniera.

2 comentarios en “Barro y sangre”

  1. Me tocan un poco diferente estas historias (supongo) porque somos amigos. Es raro imaginarte en esas situaciones que describís. Me gustó la historia y me alegra mucho que ya tengas el blog publicado! Un abrazo amigo

    1. Gracias, amigo. Para mí también es raro publicar todo esto. Hay cosas que escribí hace años y que nunca imaginé que iba a terminar mostrando así, tan… abiertas.
      Pero la verdad es que estoy bastante conmovido con cómo lo está recibiendo la gente. Esta mañana me escribió un amigo que jamás lee para decirme que ya va por Surinam y que le viene encantando. Me pareció rarísimo. Y me puse contento también.
      Supongo que después de tantos años escribiendo para mí, que del otro lado haya alguien leyendo de verdad se siente bastante reconfortante. Un abrazo grande. Gracias por el comentario y por tu amistad, maquinola. Espero verte pronto.

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