18 de febrero de 2024
La semana que viene se cumplen dos años desde que comenzó la invasión rusa a Ucrania. Dos años desde que la vida me cambió para siempre. Ahora las cosas eran otras: ya no estaba en un sótano de Lviv, en una redacción de Córdoba ni en una playa de Calabria, sino arriba de un Flixbus que partió desde San Giovanni Rotondo rumbo a la ciudad de Roma.
Llegué de noche a la terminal Tiburtina. Bajé con la mochila al hombro y el cuerpo cansado, pero con esa emoción extraña que te invade cuando vas a conocer por primera vez en tu vida, de verdad, una de las ciudades más importantes de la historia de la humanidad. Roma. La capital del Imperio. El lugar que el niño Federico veía como algo lejano, casi inventado, como si las grandes cosas estuvieran reservadas para gente importante y nada tuviera yo que ver con esas cuestiones.
Salí de la terminal y caminé unos metros hasta la parada del 170, que me llevaba a Trastevere, donde tenía reservado uno de los hostels más baratos que pude conseguir. En la parada, una mujer me preguntó en inglés cómo llegar a cierta dirección. La había escuchado hablar antes con la hija, en español, así que me fijé en mi celular y le respondí en argentino:
—Tomate este, va para el centro.
Se rió. Nos quedamos hablando un buen rato. Era de Buenos Aires. Me contó que tenía hijos viviendo en Europa y que estaba de visita.
—Vos te vas a asentar cuando te enamores —me tiró, como si nada.
—¿Usted cree? —pregunté.
—Sí. Alguien te va a tocar el corazón y te va a dar ganas de armar una familia.
No sé, señora. No lo descarto. Por ahora estoy bien así, andando. Ni siquiera pienso en eso. Todavía pienso que las grandes cosas del amor están reservadas para gente importante. Nada tengo que ver yo con esas cuestiones.
El 170 llegó y subimos los tres: ella, la hija y yo. No pagué el pasaje. En Roma casi nadie paga, y aunque hubiera querido, necesitaba comprar el boleto en un tabacchi y no pensaba volver a hacer la fila. Más adelante me enteré cómo es la lógica del transporte público en Roma: de día conviene pagar si venís desde la periferia al centro; de noche casi nunca te controlan. Yo hice un poco y un poco. Pagué algunos viajes, otros no. Jamás me pidieron nada.
Dejé mis cosas en la habitación compartida en el sencillo hostel de Trastevere. Hambriento, salí a comer con poca batería en el celular. Me perdí. Estuve varias horas caminando hasta que, por casualidad, vi el hostel de lejos. Fueron tres horas complicadas.
A la mañana siguiente me levanté temprano y salí a caminar. Conocí el Coliseo, el Panteón de Agrippa, la Fontana di Trevi, el Monumento a Victor Manuel II y otros lugares más. Increíble. Roma se convirtió en mi ciudad favorita ese mismo día.
Esa misma noche, en el hostel, conocí a un peruano, un mexicano y un colombiano. Tomamos cervezas hasta emborracharnos. El colombiano quebró y lo llevé hasta su habitación. Se le cayó todo el dinero (unos 500 euros en billetes de 50). Lo junté como pude, pues yo también estaba borracho, y se lo metí en el bolsillo. Después se fue a dormir y no volví a verlo jamás en la vida. Nunca supe si se dio cuenta.
Vaticano
Con el mexicano quedamos de acuerdo para ir al Vaticano a la mañana siguiente.
Una vez dormida la borrachera, Roma nos recibió con trece grados, cielo limpio y poco tráfico. Era domingo. Ideal para recorrer a pie los cuatro kilómetros que separaban el hostel de la Casa de Pedro.
Desayunamos algo con Tony —pues así se llamaba mi nuevo amigo— y salimos. Hablamos de cualquier cosa: de México, de Argentina, de la guerra, de lo caro que estaba todo. Nos sacamos fotos. En un momento incluso nos quedamos en mangas cortas bajo el tímido sol romano.
Llegamos a la entrada de la Santa Sede poco antes de las once. Hicimos fila, pasamos las mochilas por el escáner y entramos a la plaza. El sol nos pegaba de frente.
Cinco minutos después de llegar, Bergoglio se asomó desde la ventana del Palacio Apostólico. El Sumo Pontífice. El hincha de San Lorenzo. Verlo ahí, tan chiquito y tan grande a la vez, me marcó. No todos pueden decir “vi al Papa con estos ojos”.
El Papa Francisco. El que muchos amaron, muchos odiaron y la mayoría discutió. Yo nunca fui muy religioso. Sí espiritual, pero eso es otra cosa. Siempre fui a misa por compromiso, recé pocas veces y mal. Hace décadas que no me confieso.
Pero verlo me recordó a Ángeles.
Los que me conocen saben que mi vida, en los últimos diez años, giró en torno a ella. Su nombre, su ausencia, las preguntas que dejó sin responder. Si Ángeles es la mano que me empuja hacia adelante, también está el monstruo que me tira hacia atrás. Llamalos demonios, fieras, sombras o como quieras. Cada uno sabe qué tiene adentro.
Francisco empezó a hablar del desierto. De Jesús solo, rodeado de fieras y de ángeles.
Dijo algo así: que todos tenemos dentro esas fieras que quieren comernos el corazón: la codicia, la necesidad de aprobación, el orgullo, la bronca. Y que también tenemos ángeles, pequeñas voces que sirven y sostienen, no que poseen.
Yo no vi un rayo de luz ni escuché “la voz de Dios”. Lo que sentí fue otra cosa: que ese viejo que hablaba de bestias salvajes y de ángeles estaba hablándome a mí.
“Entrar en el desierto interior”, dijo. Escuchar el corazón. Distinguir las bestias de los ángeles.
Ahí, en medio de una plaza llena, me acordé de mi propia fauna interna. La fiera que me dice que nada alcanza. La que quiere castigar al cuerpo. La que me susurra que no merezco nada bueno. La que me repite que llegué tarde a todo.
Y del otro lado, Ángeles. Mi Ángeles.
La chica que ya no está y que, sin embargo, aparece en mariposas, en lunas, en canciones, en coincidencias absurdas. La que me sostuvo cuando dormí en estaciones, cuando me quedé sin un peso, cuando crucé fronteras a dedo, cuando me echaron, cuando casi me prendo fuego haciendo ñoquis en Calabria. La que me acompañó a Ucrania y a todos los lugares donde me pregunté qué carajo estaba haciendo con mi vida.
El Papa siguió hablando. Mencionó guerras que ya conozco de memoria: África, Palestina, Ucrania. Dijo que la guerra es siempre una derrota. Yo pensé en Kyiv. En los trenes. En las sirenas que no te dejan dormir. En la gente que no tenía tiempo ni ganas de hablar de ángeles, porque las fieras eran misiles.
En la Plaza de San Pedro, bajo el sol de Roma, se me cayeron las lágrimas. Tony me miró, sorprendido. No preguntó nada, y yo no abrí la boca. Cada uno sabe.
Cuando terminó el Ángelus, el Papa pidió que recemos por él, como siempre, y se metió para adentro. La plaza empezó a vaciarse. Familias con cochecitos, grupos de peregrinos con banderas, turistas con el palo de selfie. Todos se fueron yendo de a poco.
Yo me quedé un rato más.
Lo que me llevé de ese mediodía fue una idea sencilla: dentro de mí no solo viven las fieras. También está Ángeles, que pelea por mí.
Aunque a veces me cueste escucharla. Ella siempre está.
Ese día terminó como tantos otros: cansado, con los pies destruidos, un plato de pasta en la panza y muchas cosas dando vueltas en la cabeza. Pero Roma ya estaba dentro. Me dio un mensaje claro: no importa cuántos pasaportes junte, cuántos kilómetros haga o cuántos likes tenga. Si no entro en mi propio desierto, si no me siento a escribir en serio, todo lo demás es cartón pintado.
Unos días después, con esa idea en la cabeza, me fui al Piamonte. A un pueblo llamado Mondovì. A una cama alquilada en una casa donde nadie me conocía. A escribir.
Podés leer lo que dijo ese día Francisco en este link.
