Separar la basura

24 de febrero de 2024

Alquilé una habitación. Bah: ni siquiera es una habitación, es una cama. Mondovì tiene unos veinte mil habitantes y queda en el Piamonte, la zona que vio nacer a una parte de mi familia y que ahora me cobija en sus brazos.

Estoy bien acá, solo, escribiendo. Bueno, no tan solo: vivo con otras personas. Dos mujeres, agradables en extremo; y un hombre que no me habla porque una noche me quedé con el celular hasta la 1:30 y al parecer le molestó la luz. Igual, es un buen lugar. Las mañanas son silenciosas. Por las tardes llega un refrescante aliento de las montañas que me acomoda las ideas.

Me gusta porque estoy escribiendo, que al final es el sentido de todo esto.

En la heladera hay pegado un diagrama de recolección de basura que llega hasta enero de 2025. Si eso no es planificación, entonces no sé. En la sala hay instrumentos musicales: una guitarra, un piano y un acordeón. Todos acá tocan música. Podría pedirles que armen una banda de cuarteto, pero no creo que la idea los seduzca.

La casa es tibia. Con un giro de perilla se prende la calefacción y el frío queda en la intemperie. El cielo es gris, los árboles están desnudos. Flores blancas florecen en mi pecho. Escucho Chopin. El aeropuerto de Varsovia se llama Fréderic Chopin. Chopin sirve para escribir. Chopin relaja y concentra. Chopin estimula la imaginación. 

Por la mañana siento paz, algo que no me pasaba desde hace años. Tomo café en la cocina mirando hacia afuera, a las montañas nevadas. Después separo la basura: lo orgánico va junto al lavaplatos; el plástico, debajo del aparador. El papel y el cartón, en otro tacho. El vidrio se pone en el balcón, a la intemperie. Hay un cuarto cesto para lo que no encaja en ningún lado, como las servilletas usadas. Cinco cubos. Cinco destinos diferentes. Acá todo el mundo recicla.

En Longobardi nos llamaron la atención por no reciclar. Costó, pero aprendimos. Y acá estoy: separando cada cosa que pasa por mis manos. A veces hay mal olor, porque la basura se queda dentro de la casa por más tiempo, pero es un precio chico que pagar por dos cosas: cuidar un poco el mundo y sentir que, aunque sea en pequeñas cosas, estoy cambiando para mejor.

Ya pasaron tres meses desde que volví a Europa. Una balanza ubicada en el baño revela que perdí ocho kilos y medio desde que comenzó este viaje. Un viaje que no es viaje, porque si la idea es empezar una vida nueva, el verdadero viaje va a ser volver a Argentina, de visita.

Sigo pensando en Roma. Me encantaría recorrerla con mi hermano. Pienso que él la disfrutaría tanto como yo. Inclusive podríamos disfrazarnos de bárbaros e ir al Coliseo a pedir plata por fotos. Seguro alguien nos pagaría. No va a pasar, obvio, pero me lo imagino y sé que nos echaríamos unas cuantas risas.

Tomé la decisión de estar solo. Vine a un lugar que no me conoce y que yo tampoco conozco por una razón simple: para sentarme a escribir. Necesito ordenarme. Armar una rutina y poner manos a la obra.

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