Paralelo 44

Marzo de 2024

Hoy nevó en Mondovì.

Siempre me pasan cosas raras. Llegué a esta casa hace cuatro días: tranquilo, sin drama, queriendo llevarme bien con todos. No hubo caso. Un imbécil llamado Paolo se la agarró conmigo desde el primer día.

¿La razón? Me quedé con el celular hasta la una y, según él, le molestó la luz. Hay un biombo que divide nuestras camas, pero el tipo se quejó al día siguiente. Me contó Aurora, otra de las chicas que vive con nosotros. Según ella, Paolo fue a llorarle a Pietro —el dueño— por la luz. No tuvo huevos de mirarme a la cara ni de decirme nada. Como un nene caprichoso, fue y se quejó.

Me imaginé dos alternativas. La primera: ignorarlo por completo y seguir con mi vida como si él fuese un mueble. Está, pero no significa nada. La segunda: cagarlo a trompadas. De rabia nomás. Porque estoy cansado de la gente.

Tuve ganas de hacer lo segundo, pero terminé eligiendo la primera opción.

Otro tema es el frío. Pietro dijo que había que apagar la calefacción porque estábamos gastando quince euros por día. Yo pagué cuarenta euros por la “limpieza” y no hubo un solo día en el que sintiera que esa plata valió algo.

Ya no hay leña. Usé la última que quedaba porque tuve frío. Creo que alguien no le gustó, pero nadie me dijo nada.

Acá nadie te dice nada de frente. Evitan la confrontación. Después hablan por atrás. En Argentina también pasa.

El sentido común: el menos común de los sentidos.

Felices Pascuas

Cinco grados marca el termómetro en esta gélida tarde de domingo. La primavera llegó hace 10 días, pero sus efectos aún no se hacen sentir. Acá hace frío.

Nunca termino de entibiarme los pies, entumecidos y marmóreos. Los dedos de mis manos son como cilindros de hielo. La casa tiene calefacción en las habitaciones, pero la cocina y el living no se calientan jamás. Ya no hay leña.

Estoy en el paralelo 44 norte. En Argentina sería como estar al sur de la provincia de Chubut. Llueve. Bajo estas condiciones tampoco puedo lavar ropa.

A veces tomo té y veo cómo el vapor baila sobre la taza. El aluminio templado reconforta mis manos. También me reconforta el sonido de los pájaros que, indiferentes al clima, cantan a toda hora. Incluso de madrugada.

Estoy en una antigua casa italiana con pisos de madera. Aquí escribo.

Llevo 40 días en el Piamonte, aislado en mi mundo y mis pensamientos. Vine a esta ciudad para escribir. Solo. Me acompañan los ángeles que me susurran en los oídos y las bestias salvajes que duermen bajo la cama.

A veces es necesario retirarse un poco al desierto.

Los días transcurren iguales, como persiguiéndose los unos con los otros. Una gata negra choca contra mis piernas para llamarme la atención. Reclama comida. La alimento, pero es desagradecida: solo me busca por interés. Así son los gatos. A veces se lo digo, pero jamás me responde.

Sigo con un ojo puesto en Argentina. Parece que la inflación baja, pero al mismo tiempo todo está muy caro, incluso comparando los precios con los de Europa. El dengue no da tregua. San Lorenzo perdió.

Intento mantener la esperanza.

Los italianos siguen con su vida, ajenos a mis preocupaciones y anhelos. Las calles empedradas retienen el frío y los árboles están desnudos. A veces veo el humo salir por las chimeneas. Un hombre pasea a su perro. Esta es la tierra de mis antepasados.

Hoy es Pascua y estoy solo. Solo y en paz. Me acompañan los ángeles y las bestias salvajes. Las tablas de madera crujen con cada paso que doy cuando camino para preparar otra taza de té.

Estoy en una antigua casa italiana con pisos de madera.

Felices Pascuas a todos.

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