6 de abril de 2024
Anteayer conocí a un argentino: Gonzalo. Está en Italia desde 2005. Porteño, 47 años, gordo, pelo largo, cocinero. Es amigo de Pietro, el dueño de casa. Al principio me cayó bien. Duró poco.
Escuchándolo, no parece argentino ni italiano, sino una mezcla de los dos y ninguno al mismo tiempo. Habla italiano: bastante bien por los años que lleva acá, y bastante mal por lo mismo. Tiene dos hijas, pero está separado de la mujer. Se parece a Horacio Guarany.
El tipo no dejaba de hablar de cómo coge con mujeres. Solteras, casadas, divorciadas. No lo contó como chiste suelto, sino como tema central de conversación. Como si fuera lo más normal del mundo hablar con un desconocido sobre cómo le chupan la pija. Y los sonidos que hacen con la boca. Me tiró ejemplos que no pedí.
Dejé de contestarle para que se callara, pero no se calló. Me habló de puertear, de leche, de petes. Me dio asco. Es difícil pensar que una persona me dé asco, pero no se me ocurre otra sensación que describa mejor lo que sentí mientras hablaba con él.
Esa noche durmió en el sillón. Roncó fuerte. Al otro día lo vi comiendo como un cerdo. Come y habla todo el tiempo. No se calla. Y siempre termina hablando de lo mismo.
Ayer me invitó a salir. Le dije que sí porque era viernes y porque considero que ninguna oportunidad debe ser desperdiciada. A las siete de la tarde me llamó totalmente borracho, hablando incoherencias. No podía articular una frase. Me hablaba en italiano, a pesar de que yo soy cordobés y él porteño. Quería decir cosas en español, pero se le mezclaba el italiano en el medio, como si ya no supiera bien desde dónde habla.
Me decía que fuera al bar donde él estaba, pero no podía darme detalles ni mandarme la ubicación por WhatsApp. De fondo escuché que discutía con alguien. Lo vi como lo que era: un tipo grande, borracho, perdido, haciendo un espectáculo.
Aurora fue a buscarlo y lo trajo hasta la casa. Cayó otra vez en el sillón. Se durmió apenas apoyó la cabeza contra el asiento. Otra vez el ronquido. Otra vez ocupó el living como si fuera un animal.
Hoy lo vi y le pregunté qué había pasado. Al parecer no me estaba tomando el pelo: no se acordaba de nada. No tenía idea de lo que había pasado. Qué suerte que no salí con él. Hubiera gastado plata para terminar renegando con un borracho.
Una persona de 47 años que se comporta de esta manera probablemente ya no aprenda más. Lo siento por él, pero no es problema mío. Y me molesta otra cosa: que nos haga quedar mal. Que alguien lo cruce, lo escuche cinco minutos, y piense que “los argentinos” son esto. Qué tipo impresentable.
Pero mientras escribo esto me doy cuenta de algo peor: también me dio miedo.
Porque ese tipo de decadencia no llega de golpe, sino por goteo. Un poco de alcohol, un poco de soledad, un poco de desorden, un poco de resentimiento, un poco de no pertenecer a ningún lado. Y un día te ves roncando en un sillón ajeno, hablando como un adolescente, sin filtro, sin freno.
Pensé en la mujer que tuvo dos hijas con él. Pensé en esas hijas. Me dio una mezcla de pena y de bronca.
No quiero terminar así. Por eso me afectó tanto. Porque por un segundo entendí que esa era una probable versión de mí mismo si no tengo cuidado. Si me devora el monstruo.
El cuerpo me lo dijo primero. Después lo entendí con la cabeza.
