El regreso a Europa

Barro y sangre

En mi último día en Longobardi llovía a baldazos y yo caminaba con un podcast de Kissinger en los oídos, buscando una dirección fantasma. En una escalera, el auricular izquierdo salió volando y cayó barranca abajo, al barro. Lo que siguió fue una pelea ridícula y visceral: lluvia en la cara, manos en la tierra, sangre seca, vergüenza y un pitido burlón escondido entre tréboles. Cuando lo encontré, entendí que esa escena mínima era un ensayo general: si me tiro al barro por un auricular, también me voy a tirar al barro por todo lo que viene.

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¿Soy italiano?

El 16 de enero de 2024 firmé en el Comune y, en los papeles, me volví italiano. Diez meses de trámites y cincuenta días de espera resumidos en una oficina chica con olor a papeles viejos y el mar asomando por una ventana. Todos decían que ese momento era para llorar. Yo no sentí nada. En el camino de vuelta entendí algo simple y brutal: Longobardi seguía igual; el que tenía que cambiar era yo. Y el verdadero acto de ciudadanía no fue el sello, sino sentarme a escribir para no dejar que esta historia se perdiera.

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Unas cuantas páginas

En Longobardi aprendí que separar residuos es parte de ser “normal”: un calendario en la heladera, dos tachos más y listo. Pienso en Argentina y me queda bronca y esperanza. Y después están los bichos: gatos por todos lados, perros más atados de lo que me gusta. Cincuenta días después, todavía no puedo decir “Italia es así” o “Italia es asá”. Solo sé que camino entre el mar y la montaña y escribo, porque si no escribo, esto se pierde. Y lo que vale la pena no se tira: se transforma.

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La comida y el juego

En Calabria comí como si el cuerpo tuviera que aprender de nuevo los sabores: tomates que saben a tomate, cítricos por todos lados, quesos y fiambres baratos pero de verdad. No todo es idílico —la carne pica—, pero hasta la Fanta cuenta la diferencia entre Italia y Argentina. Y en medio de esa vida cotidiana, vi otra escena: gente hipnotizada frente a las tragamonedas, apretando el mismo botón hasta quemar cincuenta euros en minutos. Dos mundos en el mismo lugar: el placer simple de comer bien y el agujero estúpido del juego.

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El castillo y el campo

En Calabria casi no existe la tierra vacía: si hay patio o balcón, hay algo plantado. Camilo me enseña a mirar esa lógica práctica mientras camino entre quintas, flores y portones que me recuerdan a mis abuelos. Pero Longobardi no es Luque: acá hay castillos feudales y ruinas hechas a cañonazos, un Mediterráneo que a veces parece pileta, y un invierno raro donde camino quince kilómetros por día y cambio yo, no el paisaje.

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Colonia de compatriotas

Cincuenta días en Longobardi, Calabria: un pueblo mínimo entre el Tirreno y las montañas que, por un tiempo, fue el centro del mundo. La “pobreza” italiana no se parece a la nuestra, y en el único bar de invierno suena música desde un celular. Pero lo que más me sorprendió fue la colonia de argentinos: mates en la playa, “boludos” por la calle y una soledad rara entre compatriotas.

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