Barro y sangre
En mi último día en Longobardi llovía a baldazos y yo caminaba con un podcast de Kissinger en los oídos, buscando una dirección fantasma. En una escalera, el auricular izquierdo salió volando y cayó barranca abajo, al barro. Lo que siguió fue una pelea ridícula y visceral: lluvia en la cara, manos en la tierra, sangre seca, vergüenza y un pitido burlón escondido entre tréboles. Cuando lo encontré, entendí que esa escena mínima era un ensayo general: si me tiro al barro por un auricular, también me voy a tirar al barro por todo lo que viene.







