Costa Rica es genial. Uno de los paĂses mĂ¡s bellos que mis ojos han tenido la suerte de ver. Sus paisajes son una obra de arte: montañas cubiertas de vegetaciĂ³n, rĂos que serpentean por la selva, playas de agua cristalina. Me sentĂ como en un enorme jardĂn lleno de pĂ¡jaros, frutas, Ă¡rboles, flores y plantas. Todo se siente vivo. El clima es perfecto. Casi cualquier semilla germina en cualquier Ă©poca del año. Llueve mucho, todos los dĂas. La gente es jovial, relajada y un poquito gorda. Como yo.
Apenas cruzamos la frontera nos pusimos a hacer dedo, pero antes encontramos un puesto de mamĂ³n chino, fruta tĂpica de CentroamĂ©rica. De lo mĂ¡s rico que probĂ© en mi vida. Es roja, peluda, parece venida de otro planeta. TenĂ©s que arrancarle la cĂ¡scara con los dientes y te queda la semilla envuelta en una pulpa blanca, dulce, deliciosa. Lo que se come es la pulpa. Nos dimos un atracĂ³n, y valiĂ³ la pena.

Esperamos unas dos horas. A veces levantaba el pulgar yo, otras Eduardo, el mexicano. A veces nos quedĂ¡bamos simplemente sentados, dejando que el tiempo pasara. Hasta que frenĂ³ el sueño de todo mochilero: The Soulfire Project, una banda estadounidense-centroamericana que viajaba en un autobĂºs alimentado con aceite vegetal usado y energĂa solar. Nos contaron, en inglĂ©s, que reciclaban todo lo posible. Y se notaba: su compromiso con el medio ambiente llegaba al punto de no usar desodorante. Nos llevaron hasta San Isidro de El General. ¡Gracias, amigos!

Al llegar a San Isidro, con hambre, entramos a un supermercado a comprar algunas pocas cosas con el dinero que nos quedaba. El venezolano aprovechĂ³ los innumerables bolsillos de su pantalĂ³n para robar todo tipo de cosas: chocolates Snickers, jamĂ³n, queso, mayonesa y otros comestibles que resultaron ser mucho mĂ¡s ricos y valiosos que las salchichas y otras porquerĂas que comprĂ© con mi dinero. Para ese entonces, me quedaban menos de 20 dĂ³lares, el 1,3% de mi presupuesto inicial.

Como ya era de noche, decidimos dormir en la plaza central de San Isidro. Comimos las salchichas y todo lo que Aquile robĂ³ del supermercado. Un grupo de estudiantes se acercĂ³ a mirarnos, casi como si fuĂ©ramos atracciones de feria. Aquile tenĂa puesto un turbante Ă¡rabe, y ponĂa mĂºsica de Medio Oriente en un destartalado parlante que llevaba a todos lados. Nuestro aspecto debĂa ser de lo mĂ¡s curioso.
En eso estĂ¡bamos cuando llegĂ³ otro pibe con una guitarra y se puso a tocar. Yo dormĂ un rato en el piso mientras los demĂ¡s charlaban, porque dormir en cualquier situaciĂ³n —salvo en colectivos— es mi superpoder. Al despertar, me contaron que el guitarrista nos habĂa invitado a su casa. En el camino comprĂ³ guaro y cerveza.
Pero resultĂ³ que el amigo no tenĂa una casa, sino una mansiĂ³n. En cinco minutos pasamos de dormir en la calle a estar tirados en un sofĂ¡ gigante jugando al GTA en su PlayStation. ¡Gracias, Tico!

Esa noche, el tico se emborrachĂ³. En ese estado, le dijo a su madre que nos quedarĂamos algunos dĂas. La madre aceptĂ³ a regañadientes. Se notaba que el chabĂ³n hacĂa lo que querĂa.
Nos quedamos dos noches.
La mañana en que partimos, caminamos doscientos metros desde la mansiĂ³n y Aquile empezĂ³ a sacar cosas de la mochila: latas de atĂºn, calamares, duraznos… todas robadas en la casa del tico. Ese fue mi lĂmite.

Una cosa es robar en un supermercado: estĂ¡ mal, pero ante el hambre y la falta de dinero, un pequeño hurto no es un crimen imperdonable. AdemĂ¡s yo no robaba, solo hice una vez de tapadera, por necesidad. Pero robarle al tipo que nos abriĂ³ las puertas de su casa y nos dio de comer es algo inaceptable. Fuera de lugar. Como lecciĂ³n de vida: no se muerde la mano que te da de comer. Y nada me aseguraba que yo no serĂa la prĂ³xima vĂctima del veneco mano larga.
En ese momento decidĂ que, ante la primera oportunidad, me despedirĂa de mis compañeros y me largarĂa de allĂ. Me apenĂ© por Eduardo, pero Ă©l y Aquile parecĂan inseparables. Lo mejor serĂa que yo siguiera mi camino solo.
Atravesamos otra vez la plaza principal de San Isidro y pedimos frutas en una verdulerĂa. Nos regalaron una sandĂa grande y jugosa que apenas tenĂa un machucĂ³n. ¡Gracias, señores de la verdulerĂa!

Por la tarde, mientras hacĂamos dedo hacia un lugar conocido como Cerro de la Muerte, me conectĂ© a una red Wi-Fi perdida. RevisĂ© mis correos y vi un mensaje de JosĂ©, un hombre que me aceptaba como voluntario en su hostel. Como un guiño del destino, el lugar estaba solo a dos horas en bus.
Me despedĂ de Eduardo y Aquile y partĂ hacia San Gerardo, sin saber que aquel serĂa uno de los momentos mĂ¡s felices de mi viaje.
