En el último reel que subí a Instagram tengo el dedo lastimado.
No sé si alguien se dio cuenta, pero yo sí.
Es por forzar sobres dentro de buzones demasiado chicos. Como es imposible entregar los paquetes en tiempo y forma, hay que desafiar las leyes de la materia e introducir los sobres como se pueda. Lo más rápido posible. Un colega les da con el codo, pero yo no llego tan lejos: solo uso las manos como palanca y empujo con el pecho y los brazos.
A esta altura me considero un experto en buzones. Y en timbres.
Mi relación con los timbres, de hecho, viene de mucho tiempo antes.
Cuando vivía en Nueva Córdoba salía bastante seguido con dos amigos. Casi siempre terminábamos borrachos, todo hay que decirlo. Algunas noches levantábamos. Otras no. Cuando no hacíamos nada —“casi bailo”, decíamos nosotros— volvíamos caminando y tocando timbres.
Vos no podés tocar un solo timbre, porque ahí sos hábil tocador de timbres y te comés un garrón de la gran flauta. Vos tenés que llegar al edificio más recóndito de Nueva Córdoba y tocar todos los botones: el 1A, el 4D, el 12C, el encargado, la administración, el consultorio odontológico que cerró en 2013 pero que todavía conserva la plaquita. Antes, te tomaste siete jarras de vodka con energizante y te fumaste la vida. Tu estado de locura e inconsciencia temporal se te ve a doscientos metros. Y después de tocar los timbres, te vas caminando tranquilo. Sin correr: eso es para novatos. Si alguien pregunta, estabas buscando a un amigo. No sabés en qué piso vive ni cómo se llama.
Sos inimputable, hermano. En media hora estás durmiendo.
Igual no siempre salía bien. Más de una vez nos buscaron quilombo. Una noche casi me cago a trompadas con un portero que salió decidido a defender el honor del consorcio. Con frecuencia algún vecino me puteaba desde un balcón. Lejos de amedrentarme, yo me quedaba abajo puteándolo de vuelta, sin poder verle bien la cara y sin tener la menor idea de quién era.
Ahora suena ridículo, lo sé. Pero en su momento me parecía muy divertido.
Una de esas noches, entre 2016 y 2017, salí con uno de estos amigos a Porto, un boliche de La Cañada. No sé qué carajo pasó, pero levantamos un montón de minas. Aquella noche fue un escándalo. Éramos jóvenes y lindos. Las minas también estaban buenas. Nos fue tan bien que salimos de ahí creyéndonos Brad Pitt. Los dos.
Probablemente no hicimos nada extraordinario. Pero cuando tenés veintipico y una noche te sale todo bien, no pensás que tuviste suerte. Pensás que entendiste algo. Que descubriste una fórmula.
—Volvemos la semana que viene.
Y volvimos.
Mismo boliche, mismos dos pelotudos. Tal vez misma ropa. Entramos con la convicción de que esa noche la íbamos a romper, porque teníamos un método científico perfectamente reproducible.
No levantamos ni sospecha. Nada. Ni un pico. Pero nada, ¿eh? El verdadero casi bailo.
Terminamos borrachos, caminando por Nueva Córdoba y tocando timbres.
A veces me acuerdo de esas dos noches. Una semana te sale todo y siete días después no te da bola nadie. Mientras tanto, vos sos exactamente el mismo.
Por ahí la vida es eso.
En fin. No es de ahora mi relación con los timbres. Hay antecedentes.
Por eso me resulta más que curioso que, muchos años después, el karma me encontrara en Alemania. Y como es más que evidente, este concepto espiritual hindú no hace las cosas a medias.
Durante cuatro meses y medio trabajé repartiendo paquetes. Una parte importante del trabajo consistía, como es natural, en tocar timbres. Muchos. Decenas. Algunos días, cientos. Porque cuando no te abre el cliente, el protocolo indica que hay que tocar todos los timbres del edificio hasta que algún vecino se apiade de vos y te abra.
No sé cuántos timbres toca una persona a lo largo de su vida. Me imagino que nadie sabe bien el dato porque, con toda razón, a nadie le interesa. Le pregunté a ChatGPT y me dijo que no hay estudios al respecto. Yo saqué un cálculo personal: en cuatro meses y medio, debo haber tocado entre 10 y 14 mil timbres.
Timbres comunes, timbres sin nombre, timbres que no funcionan, timbres que abren la puerta sin que nadie diga nada, timbres de gente que compró algo poniendo nombre, apellido, dirección y código postal pero cuando llegás igual pregunta quién es.
Antes tocaba timbres para molestar a desconocidos. Ahora los desconocidos me pedían que les tocara el timbre y, si no lo hacía, podían presentar una queja.
El karma, como dije antes, tiene sus métodos.
Al principio, todo bien. Después no. El trabajo se te mete en el cuerpo. Primero la espalda. Después la pierna izquierda: siempre bajás de la camioneta por el mismo lado. Una vez no pasa nada, diez tampoco. El problema es cuando lo hacés una cantidad absurda de veces por día durante meses. A eso sumale cajas, escaleras, subir, bajar, volver a la camioneta, otra dirección, otra caja, otro timbre.
También estaba el tránsito. Yo me peleaba bastante. Con automovilistas, con vecinos, con gente que se enojaba porque estaba mal estacionado, con gente que no abría y con gente que abría pero se enojaba porque habías tocado su timbre.
Una vez, después de tocar todos los timbres, bajó una mujer bastante molesta. Sus ojos dejaban ver un rastro de demencia. Es esa mirada que no se dirige hacia vos, sino al infinito. Como si hubiera alguien detrás tuyo, arriba. La mujer gritó algo en alemán y me arrancó el paquete de la mano. Yo se lo volví a sacar.
Comenzamos a pelear, a los gritos. La tipa cambió al inglés y dijo algo del timbre. Qué casualidad.
—¿No te das cuenta de que estoy trabajando? ¿Vos te pensás que yo quiero hacer esto? ¿Vos te pensás que yo hago esto porque quiero? —respondí.
La mina se quedó callada. Otra vecina bajó por las escaleras y se quedó mirando la situación.
De golpe me vi confesándole mi crisis existencial a una desconocida en el vestíbulo de un edificio. Probablemente la mujer sólo quería que dejara de romperle las pelotas. En cambio, terminó enterándose de que yo estaba disconforme con mis decisiones.
Cuando quiso contestarme, le dije:
—No, no, no quiero hablar con vos.
Di un portazo y me fui.
Después volví a la camioneta y seguí repartiendo.
Eso también me volvía loco. Cinco minutos antes te latía el corazón a mil, estabas puteando con alguien y capaz pensabas que te ibas a cagar a trompadas. Al instante estás en la parte de atrás de una camioneta buscando una caja que quizás contenga alimento para gatos.
Nada más.
Había gente muy amable también. Mucha. Gente que te esperaba abajo, gente que veía que estabas cargado y trataba de ayudarte, gente que te daba las gracias. Y había otra que no.
Pero, si soy justo, el problema no era la gente. Tampoco era que repartir paquetes tuviera algo de indigno. Había compañeros que estaban contentos haciendo ese trabajo. Algunos incluso lo disfrutaban.
Perfecto.
Yo no.
Yo no quería estar haciendo eso con mi vida.
Y también había ego, claro. Sería bastante deshonesto no mencionarlo.
Yo sabía que repartir paquetes no me hacía menos que nadie. Sabía que ser periodista o haber salido en televisión no me convertía en una persona demasiado importante como para no poder cargar una caja. No se me iban a caer los anillos.
El golpe era al ego y yo me daba cuenta. Lo cual, para mi desgracia, no hacía que doliera menos.
A veces incluso sentía bronca conmigo mismo. Pensaba: ¿qué te pasa, pelotudo? Estás trabajando. No sos el príncipe heredero de ningún imperio, mal que te pese.
Yo sabía todo, claro. Pero me dolía verme ahí.
A veces me tocaba repartir en pueblos alemanes muy lindos, con casas grandes, jardines, árboles, pileta. Todo verde. Calles tranquilas. Algunas veces con mucho calor, otras con lluvia. Yo miraba esas casas desde la camioneta y pensaba: haciendo esto nunca voy a vivir en un lugar así.
Era una conclusión estúpida. Como si el dueño de la casa hubiera llegado hasta ahí gracias a una estricta política de no repartir paquetes. Pero yo lo pensaba.
Y me ponía triste.
Nunca imaginé que andaría por pueblos de Alemania, cargado de paquetes, mirando casas ajenas por la ventanilla.
Lo que más me jodía, de todos modos, no era la espalda, ni la pierna, ni las cajas. Era el tiempo. Nunca voy a volver a ser tan joven como soy ahora.
Esos meses no van a volver. El martes pasado, tampoco. Y yo pensaba mucho en todo lo que quería hacer y no estaba haciendo: escribir, aprender alemán, hacer periodismo, filmar videos, buscar otra cosa.
En cambio, empezaba a desarrollar conocimientos bastante sofisticados sobre porteros eléctricos, señales de tránsito, direcciones fantasma y sobre cómo hacer entrar un paquete donde, según todas las leyes de la geometría, no entraba.
La necesidad tiene cara de hereje. En ese estado, entrás en una negociación bastante cruel con vos mismo. Una semana más. Dos semanas más. Hasta fin de mes. Después veo.
Y volvés.
También hay que decir eso, porque no quiero contar esta historia como si yo hubiera sido un pobre tipo secuestrado por una camioneta de reparto. Necesitaba el trabajo, sí. Estaba cansado, sí. El cuerpo me dolía, sí. Pero cada “una semana más” también era mi responsabilidad.
El tema es que yo nunca pude trabajar y listo. Me preguntaba todos los días qué mierda estaba haciendo con mi vida. Por eso tampoco podía andar sin auriculares. Tenía que escuchar algo: un podcast, Historia, la guerra de Vietnam, la querella de las investiduras, lo que fuera. No era por aburrimiento: era para no pensar.
Llegó un momento en el que sabía más sobre la ofensiva del Tet que sobre qué carajo pensaba hacer con mi vida.
Mientras manejaba escuchaba algo. Mientras caminaba escuchaba algo. Mientras subía las escaleras escuchaba algo.
El problema eran los ascensores. Porque muchos tienen espejo.
Entonces entraba con las cajas, apretaba un botón y me veía. El uniforme, los paquetes, el auricular. Los anteojos. Los ojos celestes y la barba poblada. Ho Chi Minh seguía hablándome, pero yo ya no lo escuchaba.
Me deprimía. No hacía falta mucho más. Trataba de mirar para otro lado y seguir con el podcast.
Tuve otras épocas. Años en los que hacía periodismo, viajaba, me llamaban de programas de televisión, me pasaban cosas interesantes. Lo de la televisión nunca me importó demasiado. Lo que pasa es que cuando sos joven y lindo y durante un tiempo las cosas te salen bien, empezás a pensar que la vida es así. Que te van a seguir pasando cosas. Que las puertas se van a seguir abriendo sin que toques el timbre.
Que, de alguna manera, la vida viene hacia vos.
Después no.
Por ahí Porto ya me lo había explicado y yo no entendí. Una semana sos Brad Pitt, la otra no levantás ni sospecha.
Durante esos meses soñé dos veces con un oso. La primera conseguí esconderme. La segunda me agarró.
Vivo en Berlín. El símbolo de la ciudad es un oso.
Un tiempo después pasó otra cosa. Una noche salí a tomar. En algún momento encontré un paraguas tirado en la calle. Yo odio los paraguas. Los odio de verdad. Pero lo agarré.
Después terminé hablando con unos italianos que no sé quiénes eran. Me dijeron que tenía que conservar el paraguas hasta las siete de la mañana porque, si lo dejaba, perdería mil puntos de aura.
No sé por qué les hice caso. Tampoco sé qué autoridad tenían aquellos tipos para administrar mi aura, pero eran italianos que acababa de conocer borracho en Berlín y aparentemente acepté su jurisdicción.
Después hice algo de lo que no me acuerdo. Toqué todos los timbres de un edificio. Todos.
Después me senté en el piso, justo abajo de la botonera, con el paraguas entre las manos, y me tapé la cara. De eso tampoco me acuerdo, pero hay una foto.
Así que pasó.
La miro y me causa gracia. También me da tristeza.

Hay cosas que se te meten adentro. Y hay algo que me da bastante vergüenza contar.
A veces, cuando toco el pecho de una mujer o me lo llevo a la boca —por lascivia o por picardía— durante una fracción de segundo pienso en un timbre.
No siempre. Pero pasa. Y no mejora particularmente el momento.
No sé por qué mierda mi cabeza hizo esa conexión. Aunque, después de tocar cien o ciento veinte timbres por día durante meses, supongo que algo quedó mal cableado.
Y lo más absurdo es que nadie piensa en timbres. A nadie le interesan los timbres. Son de los objetos más mundanos de la existencia: están ahí, pegados a una pared, uno los toca cuando necesita entrar a algún lado y después se olvida.
Yo, por algún motivo, no. Parece mentira que una cosa tan simple y tan boluda me haya atravesado tanto la vida.
Y después está el reel. El del dedo lastimado. Lo hice, lo subí a Instagram y empezó a verlo gente. Mucha. Muchísima más de la que esperaba. Llegaron comentarios, mensajes, discusiones. Gente de acuerdo, gente puteándome, gente compartiéndolo.
Pero hubo algo que me importó bastante más que las reproducciones.
Después de mucho tiempo me volví a sentir periodista.
Eso.
Pensé: che, yo soy bueno para esto. Puedo hacerlo. Me sale bien.
No solucionó mi vida. Tampoco convirtió mágicamente esos cuatro meses y medio en una experiencia necesaria para llegar a ninguna parte. Desconfío bastante de esas historias donde alguien atraviesa algo malo y después descubre que “todo pasa por algo”.
A veces pasan cosas malas y listo.
Pero ese reel me recordó algo que durante mucho tiempo había olvidado. Cuando las cosas te salen mal, empezás a pensar que funcionan así. Que ésta es tu vida ahora. Que sos esto.
Como antes había pensado que siempre me iba a ir bien.
Y no.
Ninguna de las dos cosas.
¿Cuál de todas es la vida de verdad?
No sé. Tal vez todas al mismo tiempo.
Y ahí está una de las cosas que más me cuesta aceptar: el tiempo que uno considera provisorio también pasa.
Es muy fácil declarar una etapa “mientras tanto”. Mientras consigo otro trabajo. Mientras junto más plata. Mientras aprendo alemán. Mientras junto valor. Mientras las condiciones sean mejores.
Después mirás para atrás y pasaron seis meses.
O dos años.
O diez.
No es que el tiempo se detuvo porque vos decidiste que aquello todavía no era tu «verdadera vida». Era tu vida.
Hay una barbaridad de cosas que no dependen de uno. La suerte existe. El momento existe. La plata existe. El lugar donde naciste existe. Incluso podés hacer todo bien y que las cosas salgan mal. Pero hay otras que sí dependen de uno.
Y esas son las más molestas, porque ahí las explicaciones se terminan bastante rápido.
Hay gente que me quiere. Hay gente que me ayuda. Hay gente que estuvo cuando la necesité. No creo que el mundo sea un lugar donde a nadie le importe nadie.
Pero a nadie le importa mi vida tanto como a mí.
Nadie va a aprender alemán por mí. Nadie va a sentarse a escribir las cosas que yo quiero escribir. Nadie va a buscar el trabajo que yo quiero. Nadie va a agarrar el teléfono, salir a Berlín y hacer los reels que tengo en la cabeza. El jefe de la empresa es Federico. Una organización bastante deficiente, si me preguntan, pero todo apunta a que el que está a cargo soy yo.
Y eso me rompe bastante los huevos, porque es mucho más cómodo volver a casa cansado, acostarme y pensar: mañana.
O la semana que viene. O a fin de mes. Porque total después veo. La misma negociación de siempre.
El tema es que nadie va a venir a tocarme el timbre para avisar que ya está todo solucionado.
Explicaciones tengo. Un montón. Tiempo infinito, no.
Y el tiempo no te espera. Ni a mí, ni a Manuelita, ni a nadie.
Y bueno. Habrá que salir a tocar un par de timbres.

Querido Fede, el tiempo es demasiado finito, te lo digo por experiencia. No podemos esperar a hacer, o al menos intentarlas ya, porque me n un rato, ya no hay más rato.
Puede salir bien o no, pero vos seguiste tu corazón.
El corazón es un buen guía, probar seguirlo puede no estar tan mal.
Abrazos y muchos Exitos!!!!
❤️ES IMPRESIONANTE como hacéis que me transporte en cada cosa que escribís, deseo que alguna vez te animes y lances tu libro.❤️
Eres un chaval muy impresionante tío, ojalá volváis a encontrarnos y poder platicar sobre vuestras experiencias, te quiero y te felicito por tus fenomenales escrituras.
Te quiero mucho. Todo es temporal, lo bueno y lo malo.
La curiosidad de mirar por el rabillo del ojo la casa ajena es muy humana, creo.
A modo de consuelo, pensa que podes tener la casa con jardín, el perro, los pinos al fondo, los 24 geranios en el balcón, el tobogán y la hamaca y aún así no ser feliz. Y no es que lo material no valga la pena… pero puede haber mucho vacío en eso también.
Todo es relativo.