La vuelta del Colo

7 de agosto de 2025

El martes tuve uno de los sueños más reales y lúcidos de toda mi vida. Me desperté de un salto, con el corazón acelerado, y me senté a escribir esto. Pocas veces estuve tan convencido de lo que estaba haciendo.

Sucedió entre las 4 y las 6 de la mañana del 5 de agosto de 2025. Lo sé porque dormía mal, como de costumbre. Después de dar varias vueltas en la cama, logré conciliar el sueño… y aparecí en otro lugar, junto a mi amigo Diego Scarabotti. Hoy se cumplen cinco años de su muerte.

El Colo estaba donde siempre lo veía: de pie, detrás del mostrador del bar que él atendía en Luque. El bar era distinto, pero mi amigo era el mismo. Sentí felicidad: yo sabía que él estaba muerto, pero tenerlo al frente me causó auténtico regocijo.

Consciente de que estaba dentro de un sueño, miré con curiosidad la comida que se exhibía en el bar. Con la desfachatez de saberme impune, toqué todo con las manos. Había platos extraños, como un pescado gelatinoso preparado de una manera que no pude reconocer. 

Regresé frente a mi amigo y le pedí que me diera algo de comer. De pronto, me asaltó la duda.

¿Sabe él que está muerto? 

En un arrebato de nostalgia, le hablé: 

—No puedo creer que ya no estés acá —dije.

Él solo sonrió. 

Quise indagar un poco más, para entender mejor en qué lugar y en qué tiempo nos encontrábamos.

—¿Viste que hace poco murió alguien que conocíamos? —le pregunté, con nombre y apellido. El Colo me respondió que sí, que sabía. 

Pero otra persona que pasaba por ahí nos interrumpió. 

—Yo no sabía —lanzó, con los ojos bien abiertos. Se parecía a Alexis, el playero de la estación de servicio que trabajaba con él. Entonces percibí que había más gente alrededor. No les presté atención, porque seguí pensando en las fechas. ¿Cómo podía saber el Colo de alguien que se fue hace algunas semanas, si él lleva cinco años muerto? 

—¿Qué día es hoy? —dije.

—La fecha está ahí atrás —contestó, señalando hacia la puerta con un gesto de la cabeza. 

Sin darme vuelta, insistí:

 —Quiero que vos me lo digas.

 —Es cuatro del noventa —aseguró.

Aquello no tenía sentido. “El tiempo acá es otro”, pensé, conmovido por estar en aquel limbo y, al mismo tiempo, ser consciente de ello.

Mi amigo dejó sobre el mostrador tres medialunas en una bandeja de cartón. Comí un bocado.

 Mientras lo miraba, noté que estaba bebiendo un líquido ámbar: parecía whisky o cerveza.

 Le pedí un poco. Intenté beber de la botella, pero las gotas se evaporaron antes de llegar a mi boca.

Entonces el Colo me sirvió una Sprite en un vaso de vidrio. Tomé un sorbo y sentí aquel sabor dulce, fresco e inconfundible de la gaseosa.

Dejé el vaso sobre la barra y la figura de mi amigo se oscureció, como si alguien hubiera apagado la luz del bar y ya fuera la hora de cerrar. 

—Me voy a quedar hasta que vos te vayas —le dije, casi con desesperación. 

—¿En serio? 

—Sí. 

Entonces volvieron las luces y pude ver bien su rostro, rojo y pecoso como siempre. Hice el gesto de darle un abrazo y él me lo devolvió, pero no pudimos tocarnos. Como si entre nosotros hubiera un abismo imposible de cruzar. 

Pero lo sentí cerca. Nuestras almas se abrazaron de verdad. 

Los trabajadores del lugar interrumpieron la magia del momento. Estaban mudando el bar, que ahora se parecía más a una panadería. Me fijé en la gente de alrededor: la mayoría eran mujeres, vestidas de blanco, con bufandas de colores. Deambulaban de acá para allá. Una de ellas compró un chocolate Milka. 

El Colo se fue. Escruté los rostros de la gente del lugar, pero nadie me prestó atención, como si yo fuera invisible. Entonces encontré una cara conocida: era una de las chicas que trabajaba con él. Alguien que todavía pertenece al mundo de los vivos. 

La miré, le sonreí, y le dije: 

—Ahora me voy a despertar.

Y abrí los ojos dentro de la habitación de mi departamento en Córdoba. Era otra vez el 5 de agosto de 2025. 

Pensé en Diego. Entré a su Instagram. Vi sus fotos en recitales, pescando, con su novia. Recordé los tiempos que vivió, y me di cuenta de que faltaban dos días para el aniversario de su partida.

No podía sacarme el sueño de la cabeza, así que me fui a comprar una Sprite al negocio del frente. Eran las seis y media de la mañana. Entré en el local: el kiosquero dormía como un tronco. Le hablé, pero no pude despertarlo. Agarré la gaseosa, dejé algo de dinero sobre el mostrador y me fui pensando en la ironía: ahora el que dormía era el kiosquero, y el despierto era yo. 

Regresé a mi casa, abrí la Sprite y me senté a escribir esto. Pensé en el escabio que el Colo bebía y que no pude probar. Como si todavía no fuera para mí. Pero él me dio algo que sí puedo tomar: una bebida clara, dulce, sin alcohol, sin alteración, sin confusión.

Mi amigo no me sirvió lo que yo quería, sino lo que necesitaba.

No es la primera vez que me pasa esto. Hace más de tres años, viajaba en auto hacia Neuquén y frené a descansar al costado de una ruta desierta de La Pampa. Yo venía de la guerra, y soñé con él. Tenía sangre en la boca. A un costado estaban nuestros viejos amigos. 

—Vos sí, pero ellos no —me dijo. 

Dos veces. 

Entendí que me estaba reclamando algo. Yo todavía no había ido a ver a su familia desde que él había muerto, aunque se lo había prometido a su mamá. 

Al volver de ese viaje, fui a visitar a su madre para cumplir mi promesa. Y sin que le preguntara nada, ella me contó que Diego tenía un poco de sangre en la boca cuando murió.  

Yo no tenía forma de saberlo.

Esta vez no hubo sangre. No hubo reclamo. No hubo bronca. Hubo un bar, facturas, una Sprite y una mudanza. Y estaba yo, que decidí quedarme hasta el final. 

Me gusta pensar que mi vínculo con él no terminó. Que hay cosas que todavía no se dijeron, y que estoy listo para escucharlas. Quiero creer que el gran Colorado, mi amigo Diego Abel Scarabotti Vega, volvió para decirme: 

“Estoy bien. No te olvides de mí. Pero sobre todo, no te olvides de vos”.

Tal vez el Colo quiere recordarnos que todavía estamos vivos. Que tenemos tiempo, pero cada vez menos. Que todavía podemos vivir y hacer lo que venimos postergando, para no desperdiciar las horas que él no pudo tener. 

El Colo volvió, no como un espíritu solemne o como un fantasma iluminado por la paz eterna, sino como el mismo loco de siempre. Y como lo que siempre fue para mí: un amigo. Uno de esos que te hace un asado y se come las mollejas. Un chabón que te sirve un café y se fuma un Parliament. Un tipo que trabaja, que no se queja y que usa una musculosa celeste que dice 100% indignado.

Quedarme un rato más fue una forma de devolverle algo. De estar. De darle mi tiempo, aunque sea un rato.  

Los vínculos genuinos no se terminan con la muerte, y ese ha sido el sentido de mi vida durante los últimos 11 años. Una tumba no borra el amor ni lo vivido. Nuestros seres queridos pueden volver si uno está dispuesto a recibirlos y a escucharlos. Hay promesas que siguen presentes, incluso si uno las quiere olvidar. Y la vida —la mía, la tuya o la de cualquiera— no vale un carajo si no se honra lo que de verdad importa: el amor que perdura más allá del tiempo, la distancia y el olvido.

Hay personas que nunca mueren del todo. Por eso escribo. Porque quiero honrar la memoria de mi amigo y publicar esto como un homenaje a su existencia, de la cual doy testimonio.

Te quiero, Colo. Todos los que te conocieron te quieren. Gracias por ser tan buena persona, loco. Y por volver, aunque sea en mis sueños. Nunca te vamos a olvidar.

                                                                                            Tu amigo, Piccioni

PD: El hdp del kiosquero que nunca se despertó estaba todo vestido de rojo. Si es otra de tus bromas, es graciosa. Solo tengo una pregunta: ¿Por qué me serviste Sprite y no Fanta? Siempre fuiste brillante como el Sol, gordito colorado.

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