Estoy enfermo por la joda mal

1 de julio de 2025

Arranqué la caravana el miércoles en un baile de Vacomoloko en Apolo. Cinco mil pesos la entrada, dieciocho la jarra de Smirnoff.

Todo fue excelente. Me divertí muchísimo.

El sábado metí La Konga en la Plaza de la Música. Veintiún mil la entrada, veintidós la jarra. Uno de los mejores bailes de mi vida. Me acosté a las dos de la tarde.

El domingo quise ir al baile de Damián Córdoba, el único que había en la ciudad, pero lo suspendieron por un «estado gripal» del Wacho. La verdad es que Damián había estado la noche anterior con La Konga en la Plaza. Lo recuerdo bien: yo estaba bastante mamado, pero en un momento miré al escenario y lo vi cantando. Le pregunté a uno de mis amigos, también perdido en un océano de caravana y descontrol, si era un baile de Damián. Me dijo que no, que era un invitado.

Como sea, suspendieron el evento. Tal vez por el frío, tal vez porque vendieron pocas entradas. No hubo Margarita, pero no nos íbamos a quedar con los brazos cruzados.

Terminamos en María María. Había treinta personas. Las conté. Ocho mil la entrada, catorce la jarra. De algún modo nos las arreglamos para meter un after en mi casa con diez de esas treinta personas.

No me importan los vecinos. No me importa la convivencia en el edificio. Solo me importa la joda.

No sé cuánto gasté en total. ¿Trescientos mil pesos? ¿Cuatrocientos? ¿Quinientos? No tengo idea, y no quiero saberlo. Escabio, entradas, taxis, after, comida, humo. Todo.


Escuchame, fresco: siento que estoy enfermo por la joda.

Me gusta más salir que comer asado. Más que coger. Más que ir a la cancha. Me gusta el humo, la música, el escabio, los borrachos, los abrazos con desconocidos a las cinco de la mañana.

Sé que tendría que estar haciendo otra cosa. Sé que esto no me lleva a ningún lado. Pero cada vez que entro a un boliche siento que es mi lugar en el mundo. Me da igual si es un boliche del Cerro, un baile de Poneme Vivo en Kuarteto VIP o una fiesta electrónica en las afueras de la ciudad.

Y no se trata de coger ni de levantar. Es el ritual completo. Si me das a elegir entre quedarme toda la noche con una mina linda o salir de joda con un amigo, tirarle a cualquier cosa y terminar tomando vino con pritty en la vereda… prefiero lo último, sin dudarlo. Antes de quedarme una noche mirando Netflix con una novia, prefiero salir con un naranjita.

¿Estoy enfermo? Es lo más probable. Empecé a salir a los trece años. Hoy tengo treinta y tres, y solo el hecho de pensar en dejar la caravana me pone triste.

¿Quiero cambiar? Lo cierto es que ya estoy organizando el finde que viene. Aunque me deje la salud, el dinero y la vida. Porque yo nací para estar de joda. Y no quiero que nadie llore en mi velorio. Lo ideal sería organizar una fiesta bien grande y que la gente tire escabio a mi cuerpo, ya sin vida.

Gracias, Dios, por dejarme nacer y vivir en Córdoba. La ciudad de las mujeres más lindas. Mi triste bendición y mi dulce condena.

Esto sucedió en julio de 2025. Tenía varios kilos más y el corazón hecho mierda. No sabía qué hacer con mi vida, así que hice lo único que sabía hacer desde los trece años: salir. Esta es una crónica del descontrol. El original se publicó en Reddit. Pueden leer los comentarios acá.

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