Aterricé en Córdoba en marzo de 2025. Un año y cuatro meses después de partir.
Sentà alivio. Eso fue lo primero.
Desde Europa estuve hablando con una chica durante más de un año. Linda piba, buena. Hubo videollamadas, mensajes, la distancia sostenida a pura voluntad de los dos. Cuando volvÃ, duramos menos de dos meses. Me llamó por el nombre del ex. Dos veces.
La dejé.
No hubo drama. Era lo que era. Me juró que no, que mis oÃdos no escucharon lo que escucharon, pero yo ya estaba cansado. Quiero a mi lado alguien que pueda decir mi nombre sin equivocarse. No creo que esté pidiendo mucho.
Los meses siguientes los pasé en Córdoba. Comà asados. Salà de joda. ConsumÃ. No me cuidé para nada. Subà veinte kilos.
No me arrepiento de nada, pero tampoco lo voy a romantizar: era un tipo que habÃa pasado un año y medio solo en Europa, que volvÃa con plata pero sin rumbo, y que encontró en el escabio y la caravana la forma más rápida de no pensar.
Once meses y medio en Argentina. Eso estuve. No sé si los vivÃ, pero estuve.
En ese tiempo también arreglé el departamento. Estaba descuidado, con cosas rotas y pendientes acumulados. Lo fui postergando durante años porque, mientras vivÃa mi abuela, quise tenerlo disponible «por las dudas». Una vez que ella se fue, no habÃa más excusas. Solo quedaba arreglarlo y alquilarlo.
Lo arreglé. Lo alquilé.
Y en el medio de todo eso — los asados, la joda, otro romance fallido, el duelo silencioso, los veinte kilos y las paredes recién pintadas — escribà algunas de las cosas más honestas de toda mi vida.
Asà me sentÃa.
