Seis mil pedidos

15 de marzo de 2025

En marzo decidí volver a Argentina, al menos por un tiempo.

No fue una epifanía ni una crisis. Fue una cuenta simple: llevaba casi un año y medio en Europa, tenía plata, y el frío de Rotterdam me tenía harto. Un día me levanté, controlé el termostato y abrí la ventana. Miré el blanco cielo de Holanda y pensé, desde lo más profundo de mi corazón: que se vayan todos a la concha de su madre.

Saqué el pasaje. A partir de ese momento todo fue más fácil. Ya no estaba tratando de quedarme ni de construir algo. Estaba cerrando. Trabajando para juntar lo que faltaba y largarse.


Hice los números una vez, por curiosidad.

Fueron treinta pedidos por día, a veces más. Unos mil por mes, durante seis meses.

Seis mil pedidos.

Seis mil veces subí escaleras con una mochila. Seis mil veces busqué una dirección en el celular. Seis mil veces abrí la aplicación y acepté sin pensar demasiado.

Después de cierto punto, el trabajo deja de ser trabajo y se convierte en algo parecido al sueño: lo hacés, pero no estás del todo ahí. Ya viste todo. Edificios fáciles, edificios imposibles, clientes que te miran a los ojos, clientes que abren la puerta sin levantar la vista. Todo se mezcla y se pierde. Pedalear. Esperar. Pedalear otra vez.


En el medio de todo eso pasó algo que no esperaba.

Hice un video contando cuánto ganaba un repartidor en Países Bajos. Sin grandes expectativas — pensé que lo iban a ver cincuenta personas, o cien si tenía suerte. Pero lo vieron dos millones.

Pasé de tres mil seguidores a trece mil en pocos días. Me llegaban mensajes de gente preguntando cómo conseguir el trabajo, cuánto se ahorraba, si valía la pena. Ahí se me prendió una lamparita: tengo que crear contenido.

El problema era que no tenía tiempo para nada. Trabajaba siete días a la semana, con dos aplicaciones, en doble turno. Un día libre era un día sin ciento veinte euros. Y yo estaba atrás de la plata, así que decidí no parar. Siete de siete.

Ahora que lo pienso, casi fue un error. Tenía material, tenía audiencia, tenía una historia que contar. Pero estaba demasiado cansado para contarla.

Eso lo entendí tiempo después, ya en Argentina.


Los últimos meses en Rotterdam los usé para comprar cosas.

Ropa. Perfume. Un celular para mi viejo. Un celular para mi vieja.

Era una forma de volver con algo. De que el tiempo y el frío y los seis mil pedidos se tradujeran en cosas concretas que pudiera poner sobre la mesa de mi casa en Córdoba.


Antes de irme, le regalé una mochila de Uber al dominicano. La que usé los últimos meses, verde, todavía en buen estado. Era lo que tenía para darle.

También conocí a un iraquí que vendía cigarrillos de contrabando en la calle. Decían «solo para free shop» en el costado. Me vendía un paquete de Marlboro por cinco euros, cuando en el kiosco salía doce. En la calle uno aprende rápido dónde están los atajos.

El último día de trabajo no tuvo nada especial. Fue otro día más. Otros pedidos. Otra batería cargada, otra mochila, otro turno. Cuando terminé, apagué la aplicación y guardé la bicicleta. Al día siguiente la devolví a la tienda.

No hubo escena. No hubo discurso. No hubo nada.

Solo el silencio de siempre y las ganas de volver a mi casa.


Rotterdam me enseñó algo que no estaba buscando aprender.

Si trabajás demasiado, no vivís. Lo único que querés es acostarte. No hay personas, no hay lugares, no hay conversaciones. Solo silencio y cama. Y al día siguiente lo mismo. Una y otra vez, durante meses.

Eso tiene un costo que no aparece en ninguna cuenta bancaria.

Me fui de Rotterdam con más plata de la que llegué. Con ropa nueva, con regalos para mis viejos, con trece mil seguidores y un video que vieron dos millones de personas.

Y con la sensación, clara y quieta, de haber dejado algo ahí que no volvería a buscar. Rotterdam también se quedó con algunos pedazos de mi alma y de mi corazón. Y lo mejor que puedo hacer es dejarlos ahí.

Por ahora, terminó mi segundo viaje por Europa. Es tiempo de estar en casa y de abrazar a mis perros.

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