Enero – Febrero de 2025
Terminada la estadía en esa casa, me fui a vivir con Abel otra vez. Él vivía con un indio y un letón en otro barrio. Yo llegué después.
Lo primero que noté fue la puerta del departamento. Había esvásticas pintadas. Invertidas. El indio me explicó que ese símbolo no tiene nada que ver con los nazis. Es un emblema de protección, milenario, sagrado. Los nazis lo tomaron prestado y lo pervirtieron. El original va en otra dirección.
Le creí. Igual tardé unos días en acostumbrarme.
Hablemos del indio. Era buena onda, dentro de todo. Pero tenía algunas obsesiones que con el tiempo se volvieron difíciles de soportar. La primera era la limpieza.
Había que limpiar el departamento dos veces por semana. No era una sugerencia. Era una regla. Si no lo hacías, te lo recordaba. Con paciencia, con educación, pero te lo recordaba igual. Un día me pidió que lavara las puertas del baño. Las puertas. Con detergente y esponja, de arriba a abajo.
Las lavé.
En algún momento de esa operación me cayó lejía en la alfombra. Una mancha blanca quedó en el medio. Tuve que comprar tintura para tela y cubrirla como pude. Creo que quedó bien. No estoy del todo seguro.
La segunda obsesión era la carne.
El tipo era vegetariano y, como él no comía carne, en su cabeza eso significaba que nadie más podía cocinar carne en la casa. Nada de asado, nada de milanesas, nada de pollo. Llegaba del trabajo destruido, con ganas de hacerme algo de comer, y tenía que pensar en otra cosa.
Lo más difícil era la privacidad. O la falta de ella.
El indio se metía en mi habitación sin tocar la puerta ni avisar. Vos podías estar durmiendo o tirado en la cama y el tipo abría la puerta y entraba a hablar como si nada. Como si tu cuarto fuera una extensión del living.
Hablaba, eso sí. Hablaba mucho. Pero igual que el checo de la casa anterior, solo hablaba de sí mismo. Su familia, su ciudad, su trabajo, sus costumbres, su país. Uno escuchaba y asentía. La pregunta sobre vos nunca llegaba.
Es algo que me llamó la atención en Europa. Una y otra vez me tocó convivir con gente así: personas perfectamente capaces de contarte su vida entera sin preguntarte ni cómo te llamás. No era maldad. Era otra forma de estar en el mundo. Igual, choca. Sobre todo cuando llegás destruido del trabajo y lo único que querés es silencio. No me interesa tu vida, amigo. De verdad no me interesa. Solo quiero silencio y paz.
Abel lo manejaba distinto, porque su habitación tenía llave. El pibe se encerraba y chau. Puerta cerrada, mundo afuera. Yo no podía, entonces me lo tenía que fumar.
A veces llegaba reventado después de nueve horas arriba de la bici con frío, viento y escaleras. Yo solo quería tirarme en la cama y descansar. Pero el tipo tenía otros planes: abría la puerta de mi habitación y empezaba a hablar.
Con Abel nos reíamos.
«No sé cómo lo soportas, tío», me dijo.
Más de una vez pensé lo mismo: nunca puedo estar en paz. En ningún lado.
Y después estaba el letón.
El letón vivía en la tercera habitación. Era tranquilo. No molestaba. No se metía en la vida de nadie. Era, en ese sentido, el compañero de casa ideal.
Pero tenía una obsesión muy particular: robaba señales de tránsito. Carteles de la calle. Señales de pare, de velocidad máxima, de curva peligrosa. No sé cómo las conseguía. Pero las tenía.
Un día, el letón se fue de viaje. Dos semanas. Para salir al balcón a fumar había que pasar por su cuarto. Entonces abrí la puerta.
No se podía caminar. La habitación estaba llena de señales de tránsito. Apoyadas contra las paredes, en el piso, en los rincones. Carteles de todos los tamaños. Había tantas que había que ir de costado para avanzar.
Me quedé un momento en la puerta, mirando todo, fascinado.
No pregunté nada. No había nadie a quien preguntarle. Crucé como pude, salí al balcón, me fumé el cigarrillo y volví.
Algunas preguntas es mejor no hacerse.
Cada casa en Rotterdam tenía su propio mundo, sus propias reglas, sus propios locos. Uno llegaba, se adaptaba y seguía.
En ese tiempo solo trabajé. Nada de alcohol. Nada de mujeres. Nada de distracciones. Lo que importaba era repartir pedidos y llegar a la cama.
