Todo esto era Wallmapu. La tierra ancestral mapuche. Muchos lo repiten como un mantra, pero a mí hay algo que me hace ruido. Porque no hay ningún gesto material que acompañe ese discurso. Eso es, en castellano simple, desfase entre lo que digo y lo que hago.
Si es tierra ancestral mapuche y vos tenés una casa de 200 mil dólares que compraron tus viejos, ¿por qué no la regalás? ¡Dásela a ellos! Que vengan a vivir, que duerman ahí. No vas a hacerlo, ¿no? El discurso es cómodo mientras no toque tu patrimonio, ¿no?
Si vos decís que todos los forasteros son invasores, ¿por qué te quedás con la casa en la orilla del lago y vivís tan cómodo?
Me sorprende el nivel de hipocresía. Lo que en verdad me molesta es la clase media alta santiaguina veraneando en territorio “ancestral” mientras moraliza. La gente que se ofende si opinás distinto, pero al mismo tiempo no pone un peso para la “causa mapuche”.
Si de verdad creés que es de ellos, dáselo. Si no se lo das, no me sermonees a mí que estoy de paso.
Yo no digo nada. Mi alma sabe la verdad y es mejor que esté callada.
Esperá. ¿Cómo que no digo nada? ¿No estoy escribiendo todo esto?
Claro, ¿ves? Eso es hipocresía. Pura y dura. Lo que estoy criticando.
Quiero ser lo más justo posible con esta entrada, porque entiendo que es un tema complejo y delicado. Lo que no entiendo es cómo se sostiene el discurso progresista sin gestos materiales. Pero tampoco soy boludo: en el fondo, no es tan simple. Devolver una casa no es algo que pueda hacer una familia sola. El conflicto es más grande que la hipocresía de los veraneantes. Igual, me sigue haciendo ruido.
Si algunos chilenos me leen, tal vez haya quienes piensen que tengo un poco de razón. Otros me dirán que no entiendo nada y que lo mejor es que me calle. Los dos van a estar en lo cierto. Chile está dividido por política. Argentina por economía. No es lo mismo.
Así es escribir en público. Poner, un poco, la cabeza en la guillotina.
Un autodenominado mapuche (cuyos rasgos no parecen de mapuche, pero quién soy yo para juzgar) me contó que no les gustan las lanchas porque hacen ruido en el lago. Y que a veces “se prenden fuego solas”.
“Combustión espontánea” fue el término que utilizó.
Lo dijo medio que justificando la destrucción de la propiedad privada de otra persona. Yo no lo comparto. Entiendo que los ruidos pueden ser molestos, pero no creo que destruir las cosas de los demás colabore para que todos puedan vivir una vida en paz.
En un mundo donde casi todo el mundo está seguro de tener la razón, solo pido que me dejen dudar. Nada más.
Un par de bongazos
El lugar igual es hermoso. Llegué a estas conclusiones mirando la negra arena que cubre las costas del lago. «Debe ser así por las cenizas volcánicas», pensé. Cuando llegué el lago estaba furioso y parecía un mar. Después se calmó y volvió a ser un espejo.
Mi amigo se da como diez o doce bongazos de marihuana por día. No perdió la costumbre. Yo le dije:
—Loco, te está haciendo mierda. No le das tiempo al cuerpo a recuperarse.
Me agradeció. Tiene cuarenta y pico de años. Es un tipo brillante. Buena persona de verdad. Un amigo de oro. Pero a cada rato: pum, bongazo. Pum, bongazo. Y otro. Y otro. Y otro.
Es mucho. Y sí, lo estoy juzgando. Aunque no debería. Pero es mi amigo y lo quiero. Quiero que viva muchos años. Tal vez yo me muera antes, quien sabe. Pero igual decírselo me hace sentir mejor.
Me agradeció el consejo. Después de que se lo dije, fumó menos… dos bongazos menos. Victoria.
