Para vos

Cuando Ángeles era chica jugábamos a la escondida. Yo tendría doce o trece años, ella cuatro o cinco. Tal vez un poco más, no lo sé. Pero la escondida era nuestro juego.

La cosa era bastante desigual. Los lugares donde se escondía eran muy obvios: detrás de una puerta, abajo de una mesa, al lado de una silla. No había misterio. Yo la encontraba enseguida. Como tampoco era rápida para tocar la piedra, la mayoría de las veces tenía que dejarla ganar.

Qué feliz era Ángeles cuando jugaba a la escondida conmigo.

Y qué feliz era yo.

A veces cambiábamos. Contaba ella y yo me escondía. Nunca duraba más de cinco o seis segundos, así que tenía que ser rápido.

Un día, ella se puso a contar y yo me fui al cuarto del fondo. Me metí adentro del ropero y cerré la puerta.

Escuché sus pasos inconfundibles. Despacito. Entró a la pieza. Espié por una rendija. Se quedó quieta.

Miró para un lado, para el otro. No me encontraba.

Cuando se estaba por ir, la llamé:

—¡Ángeles!

Se dio vuelta. Volvió a mirar.

Nada. Otra vez.

—¡Ángeles!

Se acercó un poco más.

Buscó. Nada. La escena se repitió varias veces. Cada vez que se daba vuelta para irse, yo la llamaba. Ella volvía, miraba, no entendía.

Hasta que en un momento pensé: ya está, no la voy a volver loca.

Abrí la puerta del ropero y salí.

Cuando me vio, le agarró un ataque de risa. Pero un ataque de verdad.

Se reía con todo el cuerpo. No podía parar. Se doblaba. Las carcajadas eran para adentro, entonces hacía un ruido raro cuando se le escapaba el aire. Yo me puse a reír con ella y la abracé.

Nos quedamos así un rato largo. Dos hermanos jugando y riéndose.

Para mí no era una nena discapacitada. Era mi hermana.

Ese recuerdo me quedó. Para siempre.

Hace poco leí un libro llamado Matadero 5. El autor plantea una idea medio rara, pero que a mí me sirve. Dice que el tiempo no es como una línea, sino que todo está pasando a la vez.

La muerte, entonces, no significa que alguien deja de existir. Porque en algún lugar, en algún momento, esa persona sigue viva.

Entonces, Ángeles no está sola en un cementerio. Está también ahí. En ese cuarto. Buscándome. Dándose vuelta, volviendo cada vez que la llamo y riéndose cuando salgo del ropero.

Cada vez que la extraño, vuelvo a ese lugar. Y yo también estoy ahí, riéndome con ella.

Bueno, flaca. Por ahora he terminado. Este blog es por vos y lo sabés. Todo lo que escribí, todo lo que viví, todo lo que me pasó en la vida… fue con vos en algún lugar. Tal vez no como me hubiera gustado, pero estuviste. Y tenía que ser así. Viajo y Escribo no es un diario de viajes. Es una forma de volver a ese ropero.

Esta es la última entrada que voy a escribir antes de publicar este espacio. Tengo un poco de nervios, pero va a estar todo bien.

Esto es para vos.

Tu hermano, Fede.

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