No pasó nada

Volví a Europa después de once meses en Argentina. Hice lo que tenía que hacer, pero al final no tenía ganas de quedarme. Luque puede ser un lugar maravilloso para vivir, pero mi espíritu inquieto me exigió ponerme en marcha otra vez.

No fueron buenos mis últimos meses en Argentina. Quedarme en casa es quedarme. Necesito ponerme en una posición incómoda, viajar, forzarme a cumplir misiones. Si no, me estanco.

Elegí Berlín. Necesitaba una ciudad donde pudiera ganar dinero y establecer una base más estable.

Un chico de Luque me ayudó a conseguir departamento apenas llegué. Gracias, José.

Las primeras noches fueron tranquilas. Salí a caminar, me ubiqué, puse mis esfuerzos en tratar de entender la dinámica de la ciudad.

Diez días después de llegar a Alemania, salimos de joda. Intentamos entrar a Sisyphos, pero no nos dejaron pasar. Terminamos yendo a una fiesta latina. Tras idas y vueltas, solo quedamos un tucumano y yo. Los demás se fueron.

Ahí pasó. Después de comprar un balde con seis cervezas. En el piso de abajo, al lado de la barra.

Una mina se me acercó y me tocó el culo. No fue sin querer. Me miró y se rió. Me quedé paralizado.

Después lo hizo otra vez. Y segundos después le dijo algo a una amiga, que también lo hizo. Como si todo fuera un juego.

—¿Qué crees que están haciendo? —pregunté, muy serio y en inglés. Las pibas levantaron las cejas y se dieron la vuelta.

Miré al tucumano.

—¿Viste eso? —le dije.

—Sí, están borrachas —respondió. El tipo se rió y no le dio más importancia.

Para él era una escena más en el boliche. Gente en pedo, música fuerte, humo en el aire. Nadie dijo nada. Nadie se enojó. Nadie llamó a seguridad.

«Gracias a Dios este pibe está de testigo», fue lo primero que pensé. Como si todo fuera a terminar en un escándalo de proporciones bíblicas. Pero no. No pasó nada.

La joda siguió su curso, pero yo me quedé estupefacto. No porque me hayan tocado el culo, sino por lo que sentí. La sensación. El recuerdo de la noche en que me morí al lado de un río. Esa idea de que hay cosas que no vuelven y de que toda una vida puede torcerse en un segundo.

Miré otra vez a la piba. Era rubia. Estaba riéndose, bailando con las amigas. Nadie la iba a sacar. Nadie la iba a cagar a trompadas. Nadie le iba a robar. No la echarían de su trabajo. No sentiría cómo sobre ella se cerniría una nube oscura de vergüenza y dolor que duraría años.

Años.

Nada. Para ella, ese acto no tendría ninguna importancia. Se olvidaría a los cinco minutos.

No pasó nada.

Cuando salimos del boliche, la vi pasar frente a mí. Se iba riendo con las amigas, como si todo hubiera sido perfecto.

Nadie la paró. Nadie le dijo nada.

Yo la miré pasar y entendí que no siempre el mundo mide igual. Y que, tal vez, la vida fue un poco injusta conmigo.

Tomamos un Uber con el tucumano, pero yo ya no tenía ganas de hablar.

Llegué a mi casa y me senté a escribir esto.

Hay gestos que para algunos no significan nada. Y para otros… no se terminan nunca.

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