La vida grande

Me da vergüenza escribir y publicar esto, pero es necesario.

Cuando me dijeron que tenía cáncer, no lloré ni me desmayé. Pero sí me puse a pensar. Y llegué a la conclusión de que había vivido una vida grande.

“Bueno, Fede… viviste. Caminaste selvas, lagos, volcanes y montañas. Estuviste en países que otros no sabrían ubicar en un mapa. Te metiste en guerras. Conociste mujeres de todos lados. Viviste fuerte y bien, más que otros en 80 años. Date por satisfecho”.

De verdad pensé esto. Y sentí orgullo. Estuve varios días convencido de que había vivido “bien” y que no tenía quejas al respecto.

Y después me enojé. Primero con Dios. Y después con mi hermana Ángeles, que tenía una discapacidad, murió de cáncer a los quince años y jamás tuvo la culpa de nada.

Cuando ella falleció, le prometí que iba a parar de fumar. Hasta dejé una etiqueta de Marlboro al lado del cajón.

Dejé el cigarrillo hace once días, el domingo 30 de noviembre de 2025. Justo cuando se cumplieron once años de su muerte.

Pasé más de cuatro mil días sabiendo que le estaba fallando, y aun así tuve el tupé de enojarme. Y lo dejé porque tenía miedo de morirme, no por la promesa.

Pobre guaso.

Es más: el 7 de diciembre, escribí esto:

Ángeles,

te tengo que decir algo que me da vergüenza pensar, pero igual te lo voy a decir:

yo pensé que me ibas a cuidar, flaca.

No sé bien desde dónde ni cómo. No sé si desde el cielo, desde mi corazón, desde algún lugar que no conozco. Pero pensé en eso. Que vos, de alguna forma, no ibas a dejar que me pase nada malo.

Ahora pienso que tal vez Dios no existe, y que todo esto es química. Que estuve durante once años rezando y pidiéndole ayuda a un montón de huesos y polvo en un cajón.

Nada más.

——o——

Eso escribí. Fue lo peor que escribí jamás. Porque ahora, a los 34 años, pienso en qué poco entendí de la vida. En general. Como si mi hermana tuviera la culpa de que yo fumara durante diecisiete largos años o de todas las veces que estuve al sol, sin protección para mi piel blanca. De las veces que no me cuidé. De todo lo que hice en mi vida, sin límite alguno. Jamás.

Como si ella tuviera la culpa de algo.

Así de imbécil fui.

Ella me va a perdonar. Porque ella siempre perdona.

Pero tengo que reconocer esto: yo no tuve una “vida grande”.

Los que tienen vida grande no tienen aventuras para contar, no escriben en un blog y no reciben aplausos. Y, sobre todo, no publican en Instagram.

El otro día me fui a hacer unos análisis que me pidió la médica. Estaba enojado y tenía miedo. Mientras esperaba, entró un pibe en silla de ruedas con la madre. Dieciséis años. Zapatillas Adidas, pantalón militar, buzo amarillo. Bien vestido, un poco despeinado. Se le caían las babas. Discapacidad severa. Me miró.

Lo miré a los ojos. Le pregunté su nombre.

Be… ni… cio.

Benicio. Era bonito, a pesar de su discapacidad. Pensé en todo lo que quizás nunca llegue a tener. Tal vez nunca una novia. Tal vez nunca un trabajo. Tal vez nunca independencia.

Y su madre no podrá descansar nunca. Solo hasta que uno de los dos muera.

Me dio mucha vergüenza. Porque mientras yo lo miraba, mientras se me apretaba el pecho, se me cerraba la garganta y contenía las lágrimas, entendí: yo no sé nada de la vida. A los 34 años, no entendí una mierda. Y tuve que pensar que me moría para ser un poco más consciente.

La “vida grande” es la de los padres que cuidan a sus hijos discapacitados. De los que trabajan durante treinta o cuarenta años en algo que no les gusta para mantener a su familia. La vida grande es la de mi mamá, que ayuda a jóvenes embarazadas sin pedir nada a cambio. O la de Marisa, que adoptó a cuatro niñas con discapacidad. La de Viviana, que no duerme bien desde hace treinta años para cuidar a su hijo. La de Olga, que cuida a su hija discapacitada y ciega. La de Noris, que no puede disfrutar de un baile por pensar en su hijo que no puede estar solo. La de Martha, que dedicó toda su adultez a cuidar a José, un hombre que nació con discapacidad porque a un médico se le ocurrió darle un tranquilizante a una mujer embarazada.

Esas son vidas grandes. Esas son historias gigantes. Esos son los verdaderos héroes. Y no necesitan salir de mi pueblo para demostrarlo.

Yo, que me creí valiente por viajar. Yo, que me creí fuerte por caminar por países donde se habla otro idioma. Yo, que me creí sabio por enfrentar la muerte durante dos semanas sin tener ningún síntoma, cuando en realidad estaba cagado en las patas.

Yo, que pensé que “viví más que la mayoría”.

Yo soy un reverendo pelotudo desagradecido. Nada más. Aunque algo (algo, aunque sea un poquito) aprendo. A veces.

Yo soy un privilegiado que no se da cuenta. Un afortunado que se queja de lleno. Un chabón que tuvo que creer que se moría para ver la vida que tiene. Un ignorante que necesitó ver la parálisis, la saliva, la mirada perdida de un pibe para entender lo básico: jamás me faltó nada. No cargué nada comparado con ellos.

Como si la vida de mi hermana no hubiera sido suficiente para agradecer el hecho de despertar cada mañana. Y aun así, sigo sin ser consciente del todo. Y todavía sigo necesitando que la vida me dé cachetazos. Y me los da. Vaya si me los da.

Y los agradezco.

Perdón, Dios. Perdón, Ángeles. Perdón por creerme el más poronga porque conocí Moldavia y Surinam. Perdón por compararme con gente que soporta lo insoportable todos los días sin llorar, sin quejarse, sin exhibirse en redes.

Una vida grande no es viajar. Es cuidar. Es sostener. No rendirse. Amar a alguien que depende de vos para todo. Resistir sin aplausos. Una vida grande es servir a los demás.

Yo pensé que sabía lo que era vivir. No tenía idea.

Dedicado a los héroes silenciosos. Esos que sostienen el mundo sin que nadie los vea. Gracias.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

¿Una monedita, loco?

Viajo y Escribo es un proyecto personal e independiente.
Si te gusta lo que leés y querés apoyar, podés colaborar
desde cualquier parte del mundo.
El blog es gratis (y lo seguirá siendo).