Me volví de Brasil porque me dijeron que tenía cáncer.
Sí, cáncer. Si para vos es chocante verlo, imaginate para mí: leerlo en un PDF, en una playa paradisíaca, bailando samba y tomando caipirinha al mismo tiempo.
Días antes de viajar, me saqué un lunar del hombro izquierdo. Por estética. «Voy a estar en la playa. Eso queda feo ahí», pensé.
Mi mamá pidió mandarlo a analizar. Yo pensé que no era nada y me olvidé del tema.
En Chile me saqué los puntos con una tijera. La herida cicatrizó rápido. No sentí nada.
El 26 de noviembre, en un hostel de Brasil, me llegó la noticia: melanoma maligno. El cáncer de piel más agresivo de todos. El informe no dejaba lugar a dudas.
«Listo», pensé. «Se terminó la joda, Fede. Te vas a morir. Y te vas a morir de cáncer. Ya la conocés. No es una muerte buena».
Sentí como si me hubieran tirado una pesa de 30 kilos en el estómago. Se acabó la playa para mí. Cambié el pasaje, volví a Argentina, dejé de fumar y dejé el alcohol. Revisé mi vida, me puse a escribir y a pensar. Me peleé con Dios, con el universo, con algunos amigos y con mi obra social imaginaria.
De a poco empecé a ordenar mis cosas, como si me quedara poco tiempo. Me volví más sensible, si eso es posible. Irascible también. Perdí la poca paciencia que siempre tuve.
“No voy a dejar ni un hijo. Nada. Un blog a medio terminar, y eso es todo”, lamenté. No lloré, pero estuve cerca.
También me pasó algo raro. Sentí que veía a la gente distinta. Como si pudiera percibir en qué estado de conciencia está cada uno: quién está despierto, quién dormido, quién busca su identidad. Era como un superpoder. Triste, pero superpoder al fin.
Me puse a trabajar a toda velocidad, mirando el reloj cada tanto, con solo una certeza en la cabeza: tengo que terminar este blog. Tengo que dejar algo.
A los quince días me llegó el resultado de un estudio más profundo. No era melanoma. Era un nevus intradérmico. Un lunar común y corriente. Benigno. «Es una excelente noticia», dijo la profesional que me diagnosticó mal desde el principio. Ah, bueno. Menos mal.
Otro shock. Otro terremoto de emociones.
No supe en qué pensar. Estuve quince días en modo paciente oncológico con delirio místico porque un grupo de células se descontroló en el microscopio. Ordené mi cabeza alrededor de un final casi seguro… y no tenía nada.
Pasé de ‘me voy a morir en poco tiempo’ a ‘estás sano’ en dos semanas. Gracias, medicina moderna. No sé si agradecer o putear.
De cualquier modo, dos ideas se quedaron flotando en mi cabeza: tengo que terminar el blog, primero. Y me gustaría tener un hijo, después.
Todavía no. Pero algún día.
