Los ojos que vieron demasiado

De Chile me fui a Brasil. A la costa de Bahía, para ser exacto. A un hostel donde había franceses, israelíes y brasileros en ojotas. Yo hablaba con todos.

Los franceses no sabían casi nada de Francia. Para ellos, la Revolución Francesa era el fin de la monarquía absoluta y el comienzo de los derechos del hombre. No sabían de jacobinos, de Marat, de Danton, del Terror, de Napoleón. Nada.

«Sé más de Francia que ellos», pensé, desde mi ego.

Con los israelíes me pasó algo igual: sabían menos de Israel que yo. Yo les nombraba a Ben-Gurión, el 48, el 67, el 73, los Acuerdos de Oslo. Ellos me miraban como si yo viniera de otro planeta. La república de Córdoba, señores, y la madre que me parió.

Pero esta historia no es sobre historia, sino sobre Sara.

La primera vez que la vi, yo estaba jugando al ajedrez con Federica, italiana. Federico y Federica frente a frente, un tablero en el medio. Sara llegó con una amiga, que se fue enseguida. Pero ella no. Se sentó junto a nosotros y comenzó a hablar.

Contó que ese día había tenido una clase de surf, y que lloró en el mar. Lloró porque le costaba mantenerse sobre la tabla, esperando que viniera el instructor.

—No seas tan dura con vos misma —respondí—. No es fácil surfear.

Me preguntó de dónde era, qué hacía. Y casi de inmediato, habló de Israel. Le seguí la conversación. Tiré fechas, nombres, guerras, acuerdos. Ella me frenó en seco:

—¿Por qué sabés tanto sobre Israel?

No supe qué contestar. O sí, pero no quería hacer un monólogo sobre mi vida.

—¿Por qué no? —respondí.

Sara me lanzó una de sus miradas, se puso de pie y se giró. Me mostró un tatuaje militar en la espalda. Su cuerpo era un comunicado político. Pero lo que más me golpeó fueron sus ojos: claros, pero hondos y apagados. No solo eran tristes. Parecía que habían llorado tanto que ahora miraban desde una especie de muerte tranquila.

En la mesa del hostel hablamos de todo. Sara me contó que hizo varios años de servicio militar. Que desde el 7 de octubre las cosas nunca volvieron a estar en paz. Que murieron muchos. Que para ella la guerra no se había «ganado», porque la cantidad de muertos hacía imposible hablar de victoria.

El resto de la conversación se perdió entre la gente.

Volví a verla esa misma noche, sin tablero de por medio. Yo bajaba las escaleras del hostel y Sara estaba parada en la puerta de su habitación, en bikini, apoyada contra el marco. No fue una visión inocente. Su cuerpo estaba ahí, ofrecido a la vista, y yo lo registré de inmediato. Sentí el golpe físico de su presencia y un impulso lascivo que duró apenas unos segundos.

Lo tomé como una declaración silenciosa. No le dije nada, pero mi cuerpo registró la escena.

Al día siguiente, ella se acercó. Yo no la fui a buscar. Se sentó cerca y me empezó a hablar. Me preguntó si la noche anterior fui a ver samba y me contó que ella también estuvo ahí, pero llegó poco antes de que terminara. Después se fue a una fiesta en la playa, que estuvo buena. Había una fogata. Volvió como a las dos. Me mostró su muñeca, lastimada por otra difícil clase de surf.

A la noche, en el hostel, Sara me buscó de nuevo.

—Voy a comer algo de carne —dijo.

—Ok.

—¿Vos querés?

—Puedo ir con vos —le dije.

Yo ya había comido. No tenía hambre, pero acepté. Obvio. No todos los días una israelí con tatuajes de guerra te invita a cenar en la costa de Bahía.

—Me voy a cambiar de ropa —dijo, y se dio la vuelta.

Caminamos hasta un restaurante. Durante toda la cena estuvo nerviosa. En un momento se le cayó el arroz, después las papas, después el vaso. Se disculpó tres veces.

—No sé qué pasa conmigo hoy —dijo, mientras juntaba los restos.

Acto seguido, comentó que sus antepasados estuvieron detenidos en Auschwitz y que ella visitó el campo. Como si de golpe la torpeza viniera de otro lado.

Algunas veces se reía, y eso la volvía más bella. Pero la sonrisa le duraba poco. Su gesto habitual era serio, seco, parco. A veces, cuando me quedaba mirándola sin decir nada, sonreía y preguntaba: ‘¿Qué?’. Ahí, por unos segundos, la coraza aflojaba.

Me fascinaban sus ojos. No podía dejar de mirarlos. Eran ojos de un soldado que se quiere reír, pero no puede. Ojos de un chico que quiere llorar, pero no debe. Ojos de una mujer que quiere confiar, pero no sabe.

Entre charla y charla, apareció su historia familiar. Me contó que tenía algunas medias hermanas. Su padre se divorció de su madre cuando ella apenas aprendió a caminar. No tenía contacto con su familia paterna. En un momento, casi al pasar, tiró:

—Mi papá me forzó.

—Lo siento tanto —respondí.

No pregunté más. No hacía falta. El padre que fuerza, el padre ausente, el servicio militar, el país sitiado, el tatuaje en la piel. Había algo en ella que parecía venir de muchos lugares rotos al mismo tiempo.

También me dijo que tal vez su amiga Noa ya no quería viajar con ella. Que quizás se iba sola a Río. Lo dijo con un gesto de resignación, como si no pudiera encajar en ningún lado. Ni en su familia, ni con sus amigas, ni en Brasil, ni en el mundo. Su cuerpo en bikini en Bahía, la mente todavía en una base militar.

Le pregunté qué pensaba de los palestinos. Con la misma calma con la que dijo lo de su padre, respondió:

—Quiero que se mueran todos.

No lo gritó. No lo escupió con rabia. Lo dijo con la voz cansada de alguien que repite una consigna incrustada en la cabeza. No vi maldad. Vi miedo.

Sentí compasión por ella.

Me contó del servicio militar, de dormir con miedo, de las sirenas, de la sensación de que nunca estaban a salvo del todo. Me habló como si estuviera redactando un informe, sin tiempo para detenerse a sentir. Y sin preocuparse por lo que yo podía pensar de todo aquello.

Yo también abrí un poco el archivo. Le conté que a mi hermana se la llevó un linfoma. Que estuve en Ucrania. Que escuché bombas caer cerca. Que vi campos enteros de tumbas nuevas. Pero mientras hablaba, sentí algo extraño. No era que mi dolor desapareciera, pero fue como si cambiara de tamaño. El de ella era tan grande, tan viejo y tan hereditario que por un momento el mío me pareció más humilde.

—¿Sos feliz? —le pregunté.

—No —respondió, de inmediato—. Y no creo que vaya a serlo nunca.

Lo dijo como quien dice «hay viento». Sin dramatismo, sin lágrimas, sin pausa.

Cuando llegó la cuenta, me levanté para pagar.

—¿Qué estás haciendo? —me frenó.

—Voy a pagar.

—Odio cuando los hombres pagan. Me hace sentir vieja.

—Está bien, no es la gran cosa. Podés pagar la próxima.

Ahí clavó el cuchillo:

—No va a haber próxima vez. Esto no es una cita.

No discutí. En cambio, le dije que fuéramos a caminar. Aceptó.

—Me pareció una cita —dije.

—Solo salgo con judíos. No quiero tener una relación que no sea seria. Y no quiero estar con personas que no sean judíos. Quiero tener hijos judíos y que vayan al Ejército. Es importante.

Pensé que, entonces, ella quería que sus hijos repitieran el sacrificio. Para que su dolor tuviera sentido a través de ellos. Lo pensé para mis adentros, pero no abrí la boca.

Volvimos al hostel y hablamos un poco más. Antes de separarnos, le dije que algún día iba a escribir sobre ella.

—¿Por qué? No soy tan especial —dijo.

—No pienso que seas especial —le dije—, porque no te conozco. Pero sos interesante. Voy a escribir sobre tus ojos.

—¿Por qué mis ojos? —preguntó.

—Porque no puedo describirlos. Todavía no encontré las palabras, pero ya me van a salir.

Ella me dijo que sus ojos eran la única parte de su cuerpo que le gustaba.

—Te ves bien —lancé. Y nada más.

Antes de irme, le pregunté si sabía de qué religión era yo.

—Supongo que cristiano —dijo.

—El cristianismo es muy amplio.

—Solo conozco tres religiones —respondió.

Cristianismo, judaísmo, islam. El resto del planeta era un mapa en blanco.

—¿Creés en Dios? —dijo.

—Por supuesto —respondí.

—Yo no.

Yo venía del cristianismo de mi abuela y de mi madre, de Jesús hablando de amar a los demás y perdonar mientras lo clavaban en la cruz. Ella venía de un mundo donde parecía que el perdón no encontraba la forma de entrar.

—Sos diferente a los demás —dije.

Ella sonrió. Poco después, esbozó una respuesta:

—Creo que es porque vi demasiado.


Esa noche no dormí bien.

Pensé en Sara. En sus ganas de que todos los palestinos se mueran. En los hijos que quería mandar al ejército. En su padre. En mi hermana. En Ucrania.

Decidí escribirle una carta.

Quise hacerla en hebreo. A la mañana siguiente, me senté en una mesa del hostel con un papel rosa y empecé a copiar letras que no conocía, de derecha a izquierda, como un chico de primer grado. Me salió mal. Me frustré. Volví a empezar. Me di cuenta de que no podía llenar una hoja entera en un idioma que no hablo. Entonces elegí un camino intermedio: la primera línea en hebreo, el resto en inglés.

Le escribí que me gustó conocerla. Que fue distinta a lo que esperaba encontrar en ese viaje. Le agradecí la conversación, la cena y el hecho de que me hubiera tenido un poco de confianza, aunque fuera por un rato.

Le dije que esperaba que algún día encontrara un lugar, o una persona, con quien pudiera sentirse segura y en calma, aunque fuera por un momento. Que ojalá su corazón encontrara un lugar donde descansar un poco.

Y le escribí algo que yo aprendí mirando guerras desde afuera y viviendo duelos desde adentro: que no se puede llegar a la paz mientras el miedo o la bronca ocupan espacio en tu interior. Que ella era más fuerte que todo lo que le había pasado. Que tenía permiso para soltar.

Firmé «Federico» y abajo, con hebreo torpe: פדריקו.

Al final agregué una posdata:

PD: Tus ojos… son más profundos y tristes de lo que vos pensás. No los voy a olvidar.

La carta no era para salvarla. Era para no traicionarme.

Al rato la vi en el hostel con Noa. Yo tenía la carta doblada en la mano. Me acerqué, se la di.

—Cuídate —dije.

Vi la sorpresa inmediata en su cara. No fue asco ni rechazo. Fue impacto. Como si no pudiera creer que alguien se tomara ese trabajo.

Caminé hacia la salida. Ella vino detrás.

—Me voy a quedar más días en la ciudad —me dijo, como si eso cambiara algo.

—No importa —respondí. No como desprecio. Como verdad.

Después me fui. No vi si abrió la carta en el momento, si la guardó, si la tiró. No es asunto mío. Jamás volví a verla. No le pedí el Instagram ni el número. Sara desapareció de mi vida de la misma forma que vino: en la mesa de un hostel, junto a un tablero de ajedrez.

Ella seguirá con su vida. Volverá a un país que la rompió y que la necesita rota. Tal vez lea la carta una vez y la olvide en el fondo de una mochila. Tal vez no.

Yo voy a seguir con mi vida. Con mi hermana muerta, con Ucrania en la cabeza, con los viajes, con este blog. Pero ahora sé algo más: durante unas horas, en un hostel perdido en la costa de Bahía, una israelí con tatuajes de guerra y un cordobés que escribe se cruzaron en una cena. Ella habló de odio. Yo pensé en el perdón.

Nadie cambió de idea. Nadie ganó. Pero hubo una carta. Porque eso es lo único que sé hacer: escribir. Nada más. Por eso existe este blog.

El resto se lo dejo a Jesús, el Dios en el que yo creo.

Amén.

NdeA: Sara es una persona real. Esto es lo que vivimos juntos. No representa a todos los israelíes ni a todos los judíos. Es solo ella. Algunos datos fueron cambiados para proteger su identidad.

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