Este pelao de la foto se llama Mario y es chileno.
Lo conocí porque lo vi hablando en un documental y pensé: “este tipo tiene razón”. Lo busqué en Facebook y le escribí. Era 2012 o 2013. Le mandé un mensaje de la nada. Me respondió con buena onda, agradeciendo. La vida siguió. Nada épico.
Años después tuve que viajar a Chile y no tenía dónde quedarme. Le escribí de nuevo, preguntándole si conocía algún lugar barato. Me respondió:
—Ven a casa.
Llegué a Santiago, fui a su casa y no había nadie. Tiré la mochila por arriba de la reja y me fui a caminar. A la noche volví: Mario me estaba esperando. Nos reímos por la confianza de dejar la mochila ahí sin conocernos.
Me iba a quedar dos días. Me quedé trece.
En esos trece días Mario me presentó a su hija, a su madre, a sus amigos, a su mundo. Me trató como un hermano. Me dio un lugar, me escuchó, me dio conversación y también me dio dinero.
—Es fome andar sin plata —me dijo.
Fome en Chile es “aburrido”. Y tenía razón.
Corría el año 2016.
Volví a los dos meses. Fuimos al sur, a Lican Ray. Compartimos asados, charlas con sus amigos, recorrimos lagos y volcanes.
Mario me cargaba con el fútbol: era justo cuando Chile nos ganó las dos Copas América. Años después, cuando lo volví a ver, le dije:
—¿Y loco? ¿Viste la final por TV?
Y me respondió:
—No me interesa el fútbol. Hace tiempo no miro.
Y nos volvimos a reír. Así de simple.
En muchas cosas no pensamos igual. Y está bien. La amistad no es coincidir en todo: es poder opinar distinto y seguir siendo amigos.
Mario, además, es el referente número uno en inteligencia artificial en Chile. Un tipo brillante, pero sobre todo un buen hombre. Y lo mismo puedo decir de sus amigos, de su familia, de la gente que me crucé a su lado.

Todos los que lo conocen saben que Mario es especial. No cualquiera te abre la puerta de su casa. Él sí. Y también tiene otros gestos solidarios que no vienen al caso, pero que lo pintan entero: el loco es un ejemplo de buen ser humano.
Y acá es donde rompo la lanza.
Yo, en Chile, no vi bronca del chileno hacia el argentino. Si existe, no la viví. A mí me trataron bien siempre. Sin excepción.
Por eso desconfío tanto de las rabias nacionalistas estúpidas. Los pueblos no son los gobiernos, y mucho menos las personas que te abren la puerta de su casa.
Y mirá que conozco 34 países, ¿eh? Y lo digo sin vueltas: en pocos lugares me trataron tan bien como en Chile. Sin pedir nada a cambio. Sin desconfianza. Sin cuentas pendientes.
Escribo esto por agradecimiento. Porque hay gestos que merecen quedar escritos. Y porque en una era de pantallas y algoritmos, yo crucé la cordillera para celebrar mi amistad con él.
Gracias hermano. Te quiero, po wn qlo.
Gracias, Mario. Gracias, Chile.
(Solo una cosa: por favor loco, usen platos y cubiertos para comer asado, ¿cómo van a comer con las manos?)
