Anoche me emborraché. Bastante. Terminé dando tumbos por Berlín. Me dormí en el tren y desperté en cualquier estación. Llegué a mi casa muy tarde, confundido, y me acosté a dormir sin sueños.
Hay borracheras que son innecesarias, pero la de anoche no. La necesitaba. Tuve una semana de terror. Un amigo muy cercano está atravesando una situación gravísima y hace diez días que pienso en eso casi todo el tiempo. Todavía me parece irreal. Al mismo tiempo, publiqué un video que llegó a medio millón de reproducciones y sumé como tres mil seguidores en dos días.
En otro momento hubiera estado feliz, pero esta semana no pude disfrutar de nada. Miraba cómo subían los números, llegaban seguidores, comentarios, mensajes, y todo el tiempo pensaba en otra cosa.
A veces la vida es muy cruel. Te da algo que querías desde hace tiempo justo cuando no hay lugar para recibirlo.
En algún momento de la borrachera berlinesa, no sé bien por qué, alguien mencionó a Manuelita. Sí, la tortuga de Pehuajó.
Me acordé de esto al despertar, con resaca, y puse la canción. Cuando llegó a la parte de “tantos años tardó en cruzar el mar”, no pude evitar llorar. No con gritos: yo no lloro así. Lloro en silencio, con lágrimas escapándose por los ojos rojos.
Tengo treinta y cinco años. Conozco a Manuelita desde que tengo memoria. Como casi todos los argentinos, supongo. Siempre pensé que era una canción para niños.
Hoy entendí que no. O sea, sí: es una canción para niños. Pero es muchas cosas más, porque María Elena Walsh es una escritora brillante.
La historia empieza con una tortuga que vive en Pehuajó y que un día decide irse a París. Nadie sabe bien por qué. Un poquito caminando y otro poquitito a pie.
Manuelita, ¿a dónde vas?
Después nos enteramos: Manuelita se enamoró de un tortugo.
Y su primera reacción no es acercarse. No sabemos qué piensa él de ella, si le dijo algo, si le pareció linda o fea. No sabemos siquiera si abrió la boca.
Pero Manuelita se mira a sí misma y decide que es demasiado vieja para que él la quiera.
¿Qué podré yo hacer? Vieja no me va a querer.
Y la solución que encuentra es, cómo no, irse a Europa. Para que, con paciencia, la puedan embellecer.
Europa.
Para cambiar, Manuelita cree que tiene que venir acá. Y no a cualquier lugar, sino a París.
Pehuajó y París. De un lado, una tortuga provinciana. Del otro, la capital de la moda, la elegancia, el refinamiento y todo aquello que durante generaciones los argentinos miramos convencidos de que era mejor, más lindo, más importante.
Manuelita siente que en París pueden convertirla en alguien digna de ser querida.
Pero la canción ya nos había dado motivos para sospechar que no hacía falta. Manuelita tenía un traje de malaquita. La malaquita es un mineral verde intenso, con vetas y dibujos, que durante siglos se usó como piedra ornamental.
Antes de irse, Manuelita anda por Pehuajó vestida con una piedra preciosa. Y camina con audacia. La belleza y el coraje ya estaban ahí, pero ella no los veía.
Y hay algo que me parece extraordinario, que María Elena no explica porque no le hace falta. Si esto fuera Disney, podríamos concluir que lo importante es aceptarse porque la belleza viene del interior y decir cuatro pelotudeces más. Pero no. En la canción no aparece una moraleja diciendo que Manuelita tiene que aprender a quererse como es.
Por suerte.
Solo habla de una tortuga que quiere transformarse. Entonces, haciendo gala de una increíble valentía, se va caminando a París. Porque cree que necesita cambiar para ser querida.
Soy argentino y estoy escribiendo esto desde Berlín. Es difícil no darse por aludido. No porque me haya ido pensando que nadie iba a quererme. No quiero acomodar mi vida para hacerla coincidir con una canción. Me fui porque quería irme. Y si pudiera volver a 2015, me volvería a ir. Pero conozco la sensación de pensar que, en alguna parte del tiempo y del espacio, hay una versión mejor de uno mismo. Más lejos. Después. Cuando haga esto y consiga aquello, entonces sí.
Pero sigamos con Manuelita, la protagonista de esta entrada. Cuando llega a París, va a una tintorería. Eso también es brillante. No va a una peluquería ni a un centro de belleza, sino a una tintorería. Allí la pintaron con barniz. La plancharon en francés, del derecho y del revés. Le pusieron peluquita y botines en los pies.
La restauran, digamos. Como si fuera una cosa vieja y gastada que hay que arreglar.
Y por un rato funciona, ¿eh? El problema es que tantos años tardó en cruzar el mar que allí se volvió a arrugar. El tiempo no la perdona. Ni a Manuelita ni a nadie.
De chico esa parte me causaba gracia. Claro que tarda: es una tortuga cruzando el mar. Hoy no me causó ninguna gracia. Me hizo llorar.
Porque uno crece y empieza a entender qué significa que pasen los años mientras trata de llegar a algún lado.
Mientras intentamos convertirnos en alguien mejor, el tiempo pasa. Mientras nos preparamos para vivir, vivimos.
Y cuando uno se va, las cosas que dejó siguen su curso.
Quizás por eso esa parte me afectó. La primera vez que me fui de Argentina fue en 2015. Pasaron once años. Me fui, volví, me fui otra vez. Hace más de una década que estoy yendo y viniendo.
Y el tiempo, por supuesto, vino conmigo. Y me estoy arrugando.
Pero no quiero convertir a Manuelita en una metáfora de mi vida. Sería injusto para Manuelita, y bastante pretencioso de mi parte.
Lo que me interesa es otra cosa. Ella vuelve a Pehuajó.
Después de todo el esfuerzo, después de Europa, después de París, después de intentar ganarle a los años, Manuelita regresó vieja como se marchó. Y ahí podría terminar la canción. Podría ser una historia sobre la inutilidad de la vanidad, el paso del tiempo o aprender a aceptarse.
Pero María Elena guarda todavía una línea.
El tortugo que está en Pehuajó.
La canción nunca dice que él quería que Manuelita fuese joven, ni que le molestasen sus arrugas. Nunca dice que quería a una tortuga mejor o más linda.
Todo el viaje nació de algo que pensó ella. Y cuando vuelve, el tortugo está ahí. Esperándola. La canción no nos da ninguna razón para pensar que para él eran importantes el barniz, la peluca y todo lo demás.
Pero eso no significa que el viaje haya estado mal. Que se vaya la tortuga. Que conozca París. Que cruce el mar. Que haga el ridículo con una peluca. Que la barnicen, la planchen y la vistan. Que viva y que vuelva.
Hay algo triste en pensar que tal vez no necesitaba transformarse para ser querida. Y algo hermoso en que, de todos modos, haya atravesado el mundo.
Y cuando regresa, ahí sigue lo que ya estaba al principio. Su traje de malaquita, su paso audaz, sus años y alguien que la espera.
Por eso vuelvo a la pregunta que escuché cientos de veces desde chico sin prestarle demasiada atención.
Manuelita, ¿a dónde vas?
No sé si María Elena estaba preguntándole solo a la tortuga. Necesité treinta y cinco años para escucharla. La había oído, sí, pero la escuché por primera vez esta mañana de domingo.
Manuelita, ¿a dónde vas?
No sé. La verdad es que no sé.
Gracias, María Elena.

Mas o menos con vos!! Jaja sos un crack amigo siempre te lo dije
Mas o menos con vos!! Jaja sos un crack amigo, no leo nunca, pero si siempre lo tuyo 💪
No leo nunca , pero si lo tuyo amigo, mas o menos con vos !!! Jaja
Y ahí sale la posibilidad tan cierta y tan trillada frase, de que el viaje es el destino… Al final lo único que nos llevamos (si llevamos algo) es lo vivido… Y lo vivido adquiere un carácter de bueno o malo, de lindo o bueno, según lo que dice tu cabeza, de si coincide o no con lo que esperabas… Y creo que poder observar que esperamos y hacerlo consciente, nos hace terminar disfrutando el viaje… Y no hay vejez para el alma, así que viejos son los trapos
Texto muito bom!!!!