Para mi Dusha, yo existo

Un profesor que me daba clases en el secundario se volvió loco. Suena crudo escribirlo así, pero es la verdad. Encontré su Facebook por casualidad buscando otra cosa, y una vez adentro, me sumergí de lleno en el océano de su derrumbe.

Según lo que él mismo escribe, está viviendo en la calle desde hace años. Tuvo cuatro hijos, pero hace tiempo que no los ve, quizás impedido por la Justicia. Cobra una jubilación por discapacidad y por su trabajo como profesor, juega a la quiniela y cree estar profundamente enamorado de una tenista bielorrusa a quien le escribe cartas en las que le jura amor eterno.

Esta situación no tendría más importancia sino fuera por la profunda fascinación que la locura ejerce sobre mí. He fantaseado con ella más de una vez. Mi tiempo en Ucrania, por ejemplo, me produjo secuelas que en cierto modo podrían asociarse con haber perdido algunos jugadores. Nunca dejé de aferrarme a la cordura, claro, pero que no me volviera loco del todo tuvo más que ver con la suerte de nacer con un cerebro «sano» y no con las decisiones que tomé.

Pero esto no es sobre mí, sino sobre mi antiguo profesor de química. Me dio clases a principios de la década del 2000. Yo tenía 13 años. Recuerdo verlo parado frente al pizarrón, explicando átomos, moléculas y otras cosas que en ese momento parecían importantes. Jamás olvidé sus orejas prominentes. También recuerdo su caudal de voz, que podía ir desde notas muy agudas hasta tonos de profundidad cavernosa.

Una vez le arrancó una hoja a una compañera. Recuerdo que se le acercó al banco, se colocó a su derecha, miró la hoja desde arriba y la arrancó con un golpe seco. Sin motivo aparente. Porque sí. Porque venía torcido de antes. No puedo evitar recordar que mi compañera era la más linda de la clase. Esto me habla, tal vez, de un tormentoso vínculo con las mujeres. Algo no estaba del todo bien. Es evidente, pero en aquel momento no lo supe.

Otra vez, años después, lo vi borracho frente al boliche que estaba cerca de la terminal del pueblo. Muy borracho. Parado ahí, en la delgada línea que divide la noche y la vergüenza. Yo era chico, pero esas imágenes quedan. Era la primera vez que yo veía a alguien tan borracho. Estaba vomitando, solo, con la mirada perdida. Uno no sabe qué hacer con esas secuencias, entonces las guarda en algún lado.

Pasaron veintidós años. Veintidós años, la puta madre. Ahora estoy armando el rompecabezas de esta entrada. Por eso, cuando me apareció en Facebook, fue como si se volviera a abrir una vieja puerta, llena de polvo y telas de araña.

Al entrar por esa puerta pude verlo, no como a los viejos profesores, con fotos de sus nietos, frases patrióticas o discusiones pelotudas sobre política. Lo vi solo, escribiéndole una carta a una tenista bielorrusa, Aryna Sabalenka.

Mi Dusha.

Le dice que la ama. Que la extraña. Que es la mujer más hermosa del mundo. Que nadie debe interceder entre ellos. Que Argentina le prohíbe ver sus partidos. Que si sobrevive irá a verla para darle un beso en las manos.

Me gustaría decir que al principio me dio risa, para darle algo más de humanidad al asunto, pero no fue así. Sentí pena y compasión, dos sentimientos que jamás querría que sintieran por mí.

Seguí leyendo, pensando en lo absurdo que hay en un exprofesor de química declarándole amor eterno a la número uno del tenis mundial. Hay algo triste y ridículo en esa solemnidad. En ese “Dusha Moya”. En esa mezcla de carta de amor, denuncia judicial, proclama religiosa y parte de guerra.

Porque el tipo no estaba haciendo un chiste. No estaba borracho escribiendo pavadas un sábado a la noche. Había otra cosa más oscura. Escribió sobre la Policía de Córdoba, la SIDE, Milei, Llaryora, la Corona española, la Corona británica, Hamas, Rusia, Bielorrusia, sus hijos, su exmujer, jueces, médicos, políticos, clanes familiares, falsificadores de documentos, vendedores de carne, San Jorge, Alá, Dios, Persia, Roland Garros, Israel, Palestina y Wimbledon. Todo junto, como si el mundo entero se hubiera convertido en una sola conspiración contra él.

Y en el centro de ese caos delirante, siempre ella. Sabalenka. Su Dusha.

Una mujer que no sabe que existe. Una mujer que entra a una cancha, saca a 190 kilómetros por hora, grita, gana, pierde, levanta trofeos, se seca el sudor con una toalla, firma pelotas y sonríe ante una cámara. Del otro lado del planeta, un tipo que interpreta cada gesto como una señal inequívoca hacia él.

Eso es lo que me cautiva. No el delirio, sino su desesperada necesidad de encontrar una señal.

Porque en el fondo, ahí hay algo humano. Un hombre solo, en la calle, roto desde hace años, inventó una historia donde todavía puede ser amado y elegido. Donde todavía hay una mujer, un destino, una guerra, una injusticia, una misión. Algo por lo que luchar.

Porque aceptar la verdad debe ser insoportable. ¿Cuál es la verdad? No lo sé, pero intuyo que debe ser más simple y más cruel: está solo. Perdió a sus hijos. Perdió su casa. Perdió la cabeza. Perdió el lugar que ocupaba en el mundo. Y nadie lo fue a buscar, o nadie pudo, o nadie supo. No sé.

Entonces escribe. A veces en mayúsculas, como gritan los que nadie escucha. Escribe denuncias imposibles. Escribe poemas trastornados. Escribe frases hermosas. Escribe barbaridades políticas. Escribe amenazas confusas. Pero sobre todo, escribe cartas de amor a una tenista. Escribe como si cada publicación fuera una botella tirada al mar desde una isla mental.

Y en una de esas botellas puso: Para mi Dusha, yo existo.

Me quedé mirando la frase. No es un loco más de Facebook. Es un hombre diciendo: estoy acá. Igual que yo con este blog. Puede que mi locura no sea comparable a la suya, pero llevo más de una década escribiendo entradas en un lugar que casi nadie visita.

No sé si alguien lo ayuda. No sé si alguien puede. No sé si la familia ya se cansó, si los amigos se alejaron, si el sistema lo rechazó, si él mismo quemó todos los puentes. No sé nada. Y tampoco quiero hacerme el bueno desde lejos, porque yo también lo estoy mirando como quien mira una casa incendiándose, desde la vereda de enfrente, con las manos en los bolsillos.

Pero, como dije antes, me fascina. Me fascina, y me da culpa que me fascine. Porque fue mi profesor. Si cierro los ojos, puedo escuchar su voz inconfundible, con diferentes tonalidades, hablando del átomo de Bohr y de Dalton y de Rutherford.

Hace años que quizás nadie se acuerda del tipo que alguna vez entró a un aula en un pueblo del interior de Córdoba, con una carpeta bajo el brazo, para explicar química a un montón de críos de 13 años. Pero uno de esos críos era yo. Veintidós años después estoy en Berlín, leyendo sus publicaciones como si fueran fragmentos de un evangelio roto, tratando de entender en qué momento un hombre deja de hablar con los demás y empieza a hablar con el universo.

En medio de una carta delirante a Donald Trump, por ejemplo, escribió que algún día quería sacarse una selfie con los árboles mágicos del condado de Yoknapatawpha.

Yoknapatawpha es un condado ficticio creado por Faulkner. O sea: en medio de una carta delirante al presidente estadounidense, mete una referencia literaria bastante específica. Es como encontrar libros nuevos e intactos dentro de una casa destruida.

Es otro cachetazo. El hecho de que no sea un hombre sin cultura. Tiene formación, vocabulario, recuerdos, referencias históricas y literarias. El problema no es falta de inteligencia. El problema es que algo se rompió dentro de su cabeza.

Capaz la locura no sea escuchar voces, ver cosas o repetir incoherencias, sino quedarse solo con una historia adentro y no encontrar a nadie que pueda discutirla. Nadie que entre y diga: Hermano, esperá. Vení. Comé algo. Dormí. Bañate. Esa mujer no te conoce. Donald Trump no te conoce. La Policía de Córdoba no está bloqueando Wimbledon. Hamás no tiene nada que ver con tu amor. San Jorge no te está dictando posteos. Tus hijos no van a volver porque escribas en mayúsculas.

Pero nadie entra, y entonces él sigue.

Te amo, Aryna. Alá es grande. Dios es poderoso. San Jorge es mi santo patrono. Argentina me ejecuta. No intercedan entre Dusha y yo.

Para mi Dusha, yo existo.

Y yo lo leo. Creo que hay algo en ese caos que me recuerda que nadie está tan lejos de perderse. Nadie. Ni el profesor que explica átomos, ni el alumno que lo mira desde el banco. Ni el tipo que escribe en un blog un lunes a las nueve de la noche, triste porque Argentina perdió una final, preguntándose si todos tenemos también nuestra propia Sabalenka: una excusa para creer que todavía vale la pena esperar algo de este mundo hostil.

Yo también camino por una cornisa. Algunos se caen. Yo sigo caminando, fingiendo que no escucho los golpes. A él lo vi caer veintidós años después, y me quedé mirándolo desde arriba. Con miedo al abismo, claro, pero hipnotizado al verlo sangrar. Asqueado y, al mismo tiempo, incapaz de girar la cabeza.

Tal vez yo esté más loco que él.

No sé qué voy a hacer con todo esto. Lo más probable es que nada. Solo escribirlo, la forma más cobarde y más honesta que encontré para tocar las cosas sin tocarlas.

No voy a hacerme el santo. No lo voy a buscar. No le voy a escribir a nadie. La verdad es que no quiero. No puedo. No es mi cruz. Hay algo en mí que mira, se horroriza, se conmueve y después sigue scrolleando. Como todos.

Y eso también me da vergüenza. Porque del otro lado vive un hombre tirado vaya uno a saber dónde, con frío o con hambre o con una cerveza en la mano, escribiéndole a una campeona de tenis que no sabe que él existe.

Pero él insiste. Como si la locura fuera el último país donde todavía le quedara ciudadanía. Mi viejo profesor de química. El hombre que un día nos habló de la materia, perdido entre sus propios elementos. Con Dios, Alá, San Jorge, Córdoba, Palestina, Sabalenka y la Policía flotando alrededor suyo, como electrones enfermos alrededor de un núcleo que ya no existe.

Y yo, que también escribo para no desaparecer, lo leo y pienso:

Yo también existo, Iván.

Yo también existo.

12 comentarios en “Para mi Dusha, yo existo”

  1. Yo también lo ví, en las calles de Carlos Paz, se que aquí quisieron ayudarlo pero su vicio lo lleva a dónde está, o no…. Quién sabe… Realmente es muy loco, por ahí uno dice: ese es así por el ambiente en el que creció, jamás estudió, no tiene ganas de laburar. Y ves a ese tipo y decís que pasó con él!!! Un hombre muy culto, muy capaz y defensor de Fidel. Todo puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos, porqué? Para qué? Está loco o yo me creo cuerda? Quien sabe no?

  2. Escribile unas lineas en Facebook, lo que sientas…también es bueno qye a uno lo recuerden y eso no es poca cosa…si lo recordas es porque de una manera u otra dejo huella en vos…

  3. Hola Fede. Yo fui una de las personas que se preocupo por el y que quisimoss ayudarlo. El que más se movilizó fue Alexis. Piccinelli. Perdón que lo nombró pero fue así. Lo trajo a Luque. Estuvo en mi casa. Tuvimos largas charlas. Recuerdos de su paso por el secundario de acá. Se acuerda de todoooo!! Pero dentro de todo ese recuerdo se cruzan sus delirios. Y el sufrimiento por no poder ver ni estar con sus hijos. Quisimos ayudarlo, pero sus decisiones y sus delirios lo llevaron de nuevo a irse de acá y no dejarse ayudar.
    Fue un gran profesor. A pesar de sus locuras y sus delirios. Es una lastima que termine como está!
    Te mando saludos !

    1. Hola, gracias por contar esto.
      No sabía nada de lo de Alexis, ni que lo llevaron al pueblo, ni que hubo tantas ganas de ayudarlo de verdad. Me hace bien saberlo, aunque el final sea triste.
      El texto lo escribí mirándolo a él, pero en realidad habla más de mí, lamentablemente. Odio ser tan autorreferencial, pero a veces no me sale otra cosa. Intenté contar cómo veo la locura. Ustedes lo vivieron de cerca. Yo solo lo espié por Facebook.
      Dios bendiga a sus hijos, ojalá algún día pueda volver a verlos.
      Gracias por escribir. Un abrazo.

    1. Muchas gracias por comentar, Jona. La verdad es que me enteré por acá que la situación es bastante mala. Lo siento mucho por él. Era un buen profesor. Lamento un poco haberlo expuesto, aunque suene hipócrita. Ya se difundieron datos que hubiese preferido mantener en privado, pero uno no tiene el control de lo que publica una vez que aprieta el Enter. Que Dios me perdone.

  4. Yo no entiendo como es que no tenes un libro con cada historia que escribís, cuando lo leo, inmediatamente me transporto al lugar y lo leo como si yo estuviera allí! Sos un excelente escritor!

    1. Muchas gracias por el comentario, Liz. La verdad es que nunca me interesó contactar con una editorial. Soy poco afecto a los trámites y gestiones administrativas de todo tipo. En este blog debe haber unos dos libros escritos, es decir, casi 200.000 palabras. Tal vez algún día publique, no lo descarto.

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