Relación de ciertas novedades ocurridas en Oriente y de la inexplicable inquietud que produjeron en las cortes imperiales
Viena, año de Nuestro Señor de 17**
Todo parece indicar que, por ahora, no habrá guerra en Europa. La noticia debió sosegar a las cortes imperiales, pero, por algún motivo, no las sosegó.
Desde el norte del Mar Negro informaron que Rusia movilizó tropas hacia la frontera, sin que nadie sepa por qué ni contra quién. Casi al mismo tiempo, Francia hizo correr el rumor de que algo ocurría entre las más altas autoridades de dos potencias centrales. En una semana no quedaba nadie en el Viejo Continente sin opinión sobre el asunto, incluidos quienes no sabrían ubicar a Constantinopla en un mapa.
En Roma creen saber qué está pasando. Los más radicales hablan de herejía; los moderados, de escándalo. En Prusia aseguran que todavía no existen pruebas suficientes para afirmar ninguna de las dos cosas, pero igual solicitaron a Viena un informe por escrito.
Nada ocurrió de manera oficial en la capital del Sacro Imperio. No obstante, no se habla de otra cosa.
⁂
Todo comenzó con una cuestión que parecía administrativa. A fines del verano, la Sublime Puerta decidió enviar representantes a Estados alemanes para estudiar la cría y conservación de cérvidos. En principio, el hecho no tuvo nada de extraordinario, salvo el asunto del idioma: los otomanos no hablaban alemán, los alemanes no hablaban turco y los austríacos, pese a llevar siglos combatiendo a los infieles, no consideraron jamás la posibilidad de comunicarse más allá de las habituales escaramuzas.
Los primeros intercambios debieron realizarse, por lo tanto, en una tercera lengua franca que ninguna de las partes pudo reclamar como propia. Los intérpretes de la Corte aseguraron que aquello no supondría ninguna dificultad.
Conviene recordar esta afirmación.
Entre las misiones extranjeras, el exotismo levantino despertó pronto una curiosidad mayor que la de costumbre. Los representantes de cada potencia manifestaron al instante su intención de establecer vínculos diplomáticos más estrechos con los recién llegados. En los salones circularon comentarios subidos de tono sobre la delegación y hasta algunos Estados alemanes sin intereses evidentes en el Este enviaron delegados a la embajada oriental.
Francia tomó nota. Francia toma nota de cualquier cosa que después pueda convertirse en un rumor.
Austria no encontró razones inmediatas para modificar su política habitual. El Imperio llevaba años disfrutando de una razonable tranquilidad exterior. Había mapas, por supuesto, pero permanecían enrollados en los archivos imperiales. Había también tratados comerciales con otras potencias, pero nadie parecía tener urgencia por revisarlos. Cada unidad política gozaba de autonomía. La soberanía llega hasta donde llega. La Cancillería trabajaba, los ministros discutían, los impuestos circulaban y las fronteras amanecían cada mañana aproximadamente donde estaban la noche anterior.
El Imperio funcionaba más o menos bien. Ese era quizá el problema. El Emperador gobernaba sin quejarse: su vida política ya era lo suficientemente extensa como para no confundir movimiento con progreso. En otros tiempos, Viena abrió más negociaciones de las que pudo administrar. Algunas expediciones duraron menos que los banquetes concertados para organizarlas. Durante su reinado, aquel hombre de Estado podía jactarse de haber firmado acuerdos excelentes y otros que nadie recordaría con entusiasmo. También hubo guerras, claro, e incluso algunos entendimientos desastrosos que ciertos funcionarios ancianos todavía evocaban con una expresión impropia de los servidores públicos.
Después vinieron las pestes, las hambrunas y, más tarde, años de relativa estabilidad. Nunca se promulgó un decreto que ordenara repliegue alguno. Solo sucedió que, sin que nadie supiera bien cuándo, dejaron de llegar tantos mapas a la mesa del Emperador.
Ocurrió entonces que los emisarios de Constantinopla comenzaron a verse con mayor frecuencia en los despachos de Viena. Al principio fueron irregularidades pequeñas: continuó un intercambio que podía haber terminado. Una cuestión resuelta produjo otra. Algunos protocolos se flexibilizaron. Varios documentos circulaban ahora por canales que no eran habituales.
Francia declaró en público que «aquello» era evidente. Austria preguntó qué era «lo evidente». Francia respondió que «eso mismo». Viena amenazó con expulsar al embajador francés.
Tiempo después se supo que esa filtración no habría salido de Viena, sino que Constantinopla llevaba semanas consultando a sus propias legaciones.
Rusia movilizó otros dos regimientos hacia la frontera, incluso sin reportes previos de tropas avanzando hacia el Danubio. Ningún documento mencionaba territorio ruso. De hecho, nadie mencionó a Rusia en ningún momento, pero los regimientos se movilizaron de todos modos.
Austria no llegaba a la diplomacia sin experiencia. Décadas de alianzas, aproximaciones, campañas y retiradas produjeron un considerable bagaje institucional y, con él, algunas teorías que ninguna universidad se hubiera atrevido a enseñar.
Una de dichas teorías sostenía que los entendimientos entre potencias descansaban sobre tres fundamentos: conveniencia material, coincidencia de intereses y una tercera cosa que los juristas imperiales jamás consiguieron definir, pero que resultaba indispensable. En Austria sabían que los dos primeros podían bastar para firmar un tratado, pero no necesariamente para conservarlo.
Para Prusia, el tercer fundamento era una estupidez porque no podía medirse. En Roma sospechaban que podía ser algo espiritual. Desde Francia aseguraban haberlo inventado. La discusión llevaba años sin producir resultado alguno. Lo único digno de mención fue un ensayo de 468 páginas que un fraile benedictino escribió desde una abadía alpina y que no circuló más allá del convento.
La experiencia dejó otra costumbre en los representantes austríacos: cierta tendencia a expresar admiración pública por las potencias con las que negociaban. En Viena aquello se consideraba sinceridad. En París, técnica.
Constantinopla se preguntó cuál de las dos cosas era. Un informe otomano señaló que los representantes imperiales poseían una habilidad poco común para conseguir que cada delegación abandonara las reuniones con una opinión un poco mejor de sí misma y, por consiguiente, de Austria.
Prusia examinó ambas posiciones y concluyó que no eran incompatibles.
El problema era que la experiencia austríaca funcionaba también en dirección contraria. Viena conocía suficientes precedentes como para encontrar una explicación para cada movimiento y suficientes fracasos como para desconfiar por reflejo de cada manifestación pública.
Rusia movilizó otro regimiento de cosacos a la frontera y el Emperador recibió la noticia por boca de su secretario.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó.
—No, Majestad.
—¿Hemos hecho algo?
—Tampoco.
Su Majestad pensó unos segundos.
—Entonces dejemos que los rusos se entretengan. Preparen la caballería.
⁂
Desde Oriente, claro, tampoco llegaban certezas.
La Puerta parecía atravesar una reorganización de sus asuntos internos y alguna rencilla dinástica. La versión que circulaba desde Francia era contradictoria y procedía en buena medida de rumores de otras legaciones, por lo que Viena se negó a convertirla en posición oficial. Cuando un consejero imperial sostuvo en una asamblea que ninguna potencia soberana debía alterar sus decisiones solo porque terceros consideraran oportuno el momento, Constantinopla recibió la observación con alivio. Austria se anotó una pequeña victoria.
En una de las tantas reuniones de Cancillería circularon informes acerca de tierras alejadas de las capitales y proyectos futuros. También se discutió qué especie convenía salvar primero en caso de un nuevo brote de malaria o disentería. La Puerta defendió a los ciervos con un fervor que sorprendió en Viena. Austria, sin que nadie se lo pidiera, tomó partido por las cabras, y durante algunos días circularon argumentos sobre ambas especies.
Alguien propuso una comisión conjunta. La comisión, formada por sesenta y siete delegados, concluyó que ciervos y cabras podían coexistir. Francia pidió incorporarse a las reuniones, lo que provocó su inmediata disolución.
Por aquellos días también se habló sobre la península itálica y los estados pontificios.
Constantinopla dejó entrever que existían antiguos vínculos con la Ciudad Eterna. Austria aceptó la información sin mayor interés; si uno retrocede suficientes generaciones, casi cualquier corte acaba por encontrar un antepasado italiano. Más tarde, la propia Puerta anunció que aquellos vínculos eran inexistentes y que todo se trató de una maniobra diplomática. En Austria no encontraron aquello grave, pero sí extraño. Sobre todo porque, según Constantinopla, la maniobra se realizó a pedido de Viena.
La Cancillería revisó los archivos, pero el pedido no figuraba en ninguno de los tomos consultados. El Emperador mandó a revisar todo otra vez: seguía sin existir. Cerraron el expediente, pero nadie lo olvidó.
Un funcionario escribió sobre la cubierta, con letra puntillosa: ITALIA. NO ABRIR.
Venecia solicitó una copia del informe.
Los sucesos se precipitaron luego de que los emisarios de Constantinopla desaparecieran de un día para el otro. No del mapa, lo que hubiera simplificado las cosas, sino de la misión diplomática que justificaba su presencia en tierras del Sacro Imperio.
Los intercambios que hasta entonces habían funcionado con regularidad se interrumpieron de golpe y, durante algún tiempo, dejaron de llegar comunicaciones a Viena. El Emperador aseguró que aquello carecía de importancia.
Días después, preguntó con discreción a otras legaciones si tenían noticias de la misión oriental. Francia sonrió. Austria amenazó otra vez con expulsar al embajador francés, lo que provocó que la delegación gala sonriera solo en privado.
Y cuando parecía que nada de interés sucedería entre ambas potencias, las comunicaciones se restablecieron durante un comité donde participaron representantes de ambos imperios.
Hubo reproches austríacos, explicaciones otomanas y una discusión cuyo contenido exacto se desconoce. Solo se sabe que Constantinopla adujo problemas dentro de sus propias fronteras y que Viena dejó constancia de la interrupción por escrito.
Contra toda lógica diplomática, las relaciones mejoraron tras aquel encuentro e incluso se consideró la posibilidad de establecer una ruta comercial más directa entre la capital del Imperio y la Sublime Puerta. Pronto llegaron a manos del Emperador dos informes independientes: uno desde Francia, otro desde Prusia. Ambos describían favorablemente la disposición otomana hacia Viena.
Su Majestad Imperial consultó con el Consejo de Estado. La Cancillería dudó del primero. Después dudó del segundo.
Los estados alemanes manifestaron que, aunque la información procedía de fuentes distintas, llegaba a la misma conclusión. Austria respondió que dos fuentes podían equivocarse al mismo tiempo.
El Emperador pidió ver los informes otra vez y los leyó en voz baja.
—¿Los dos dicen que la disposición es favorable?
—Sí, Majestad.
—Entonces avancemos.
La Cancillería calificó aquella conclusión de «simple pero peligrosa». Cuando informaron al rey de Prusia, este manifestó por primera vez cierta simpatía hacia Su Majestad.
Por si acaso, Rusia movilizó tres regimientos más.
Fue en ese momento cuando apareció el manuscrito. No llevaba sello, no figuraba en ningún registro, no establecía obligaciones y —en lo técnico— ni siquiera pertenecía a la correspondencia diplomática.
La Cancillería ordenó que no se incorporara a los archivos oficiales. Alguien lo archivó de todos modos, aunque nadie recuerda dónde.
Venecia afirma poseer una copia.
Fuentes cercanas a la Cancillería aseguraron que Constantinopla tomó conocimiento del documento y que, contra los pronósticos de algunos funcionarios, no se produjo incidente alguno. Todo lo contrario.
La Cancillería decidió entonces llamar a una conferencia. Cuando Su Majestad preguntó quién era el responsable de la orden, nadie supo responder. El Emperador permitió que continuaran.
Antes de la gran reunión ocurrió otro episodio que los informes prusianos calificaron de inútil y los otomanos, de instructivo.
Durante un banquete, la Puerta propuso echar un pulso. Viena aceptó. Los codos quedaron apoyados sobre la mesa, entre los platos, y Constantinopla empujó con todo lo que tenía. El brazo austríaco no se movió.
Los recursos imperiales habrían permitido a Viena terminar el asunto sin mayor esfuerzo. Pero, llegado cierto punto, la Cancillería decidió no utilizarlos.
La reacción otomana fue distinta a la esperada. Uno de sus informes filtrados señaló que demasiadas potencias parecían empeñadas en exhibir una fuerza que nadie ponía en duda.
Un general propuso repetir la prueba empleando todos los recursos disponibles. El Emperador rechazó la propuesta sin titubear.
—Si ya saben que podemos —dijo—, no veo qué ganaríamos demostrándolo.
Prusia no presentó objeciones.
La conferencia central se celebró a comienzos del mes y duró bastante más de lo previsto.
Las actas conservadas son extensas. Lo curioso es que, durante el tramo que parece haber resultado decisivo, hay seis folios sin contenido. No sabemos si jamás se escribieron, si alguien los retiró más tarde o si alguna autoridad determinó que ciertas cuestiones no debían convertirse en documento público.
Alrededor de esos folios cambia el tono de toda la correspondencia.
Antes de ellos, ciertas cuestiones requerían protocolo, consulta e instrucciones. Después, algunas dejaron de requerirlas.
Francia sostuvo más tarde que durante aquel intervalo se produjo una «variación menor» en la diplomacia habitual. Prusia solicitó que Francia definiera «variación menor». Francia se negó. Austria negó la acusación. Constantinopla no presentó protesta alguna.
Archivaron el asunto. No hubo tratado, no hubo alianza y no se modificaron las fronteras. Tampoco se concedieron garantías. Y, sin embargo, las relaciones que aparecen después de aquellos seis folios no son iguales a las de antes.
Desde Roma manifestaron genuina preocupación. Rusia movilizó cinco regimientos más. Y en Viena ocurrió algo todavía más extraño: en la corte comenzó a reinar el buen humor.
Al principio nadie quiso admitirlo, pero algunos funcionarios llegaban antes y los correos procedentes de Oriente se recibían con una expectación impropia de documentos administrativos.
Los empleados del archivo desarrollaron opiniones. Por orden de nadie en particular, volvieron a abrirse los mapas. En las academias imperiales aumentó de pronto el interés por lenguas que hasta hacía poco parecían bárbaras o innecesarias. Un ministro preguntó por caminos hacia el sur, y otro pidió el expediente italiano. El archivero se negó y lo despidieron en el acto.
En los salones se hablaba otra vez de excursiones, embajadas y tratados. Francia preguntó qué estaban celebrando en Viena.
La Cancillería respondió que no existía celebración alguna, pero esa misma noche hubo música en tres salones del Hofburg. La alegría resultaba todavía más incomprensible porque, según informó un delegado, Constantinopla no ofreció nada en concreto. La Puerta declaró que ninguna concesión realizada durante la conferencia debía interpretarse como garantía sobre su política futura.
Austria aceptó. Prusia también. Rusia movilizó otro regimiento.
Y durante más o menos media hora, Europa volvió a tener sentido.
Entonces apareció Italia. Otra vez. Un nuevo documento otomano mencionó la posibilidad de futuras expediciones al sur de los Alpes. La Cancillería pidió el expediente. El nuevo archivero señaló la cubierta. El ministro insistió, el archivero obedeció y al final abrieron el documento.
Aquella decisión le costó al muchacho veinte días de arresto y que se redujera a la mitad su ración diaria de vino por el mismo período, pero no perdió el trabajo.
Los intérpretes confirmaron la traducción. Se llamó a Prusia. El representante prusiano leyó la declaración según la cual Constantinopla no garantizaba nada. Después leyó el nuevo documento italiano.
Volvió a leer el primero.
—No existe suficiente información para determinar la política de Constantinopla.
Austria preguntó qué información faltaba.
—Que Constantinopla determine la política de Constantinopla.
El Emperador, informado del intercambio, pidió ver el expediente él mismo.
—Esto es contradictorio.
—Lo es, Majestad.
—¿Y ahora?
—Ahora no estamos seguros.
Su Majestad miró la carpeta. Hacía tiempo que un documento no le parecía tan interesante.
Hubo otra cuestión que desconcertó a la Puerta.
Durante la conferencia, Constantinopla expresó varias veces su agradecimiento por determinadas facilidades concedidas por Austria. Viena rechazó el agradecimiento. Constantinopla insistió. Austria volvió a rechazarlo. La repetición llevó a un funcionario otomano a preguntar si la gratitud constituía una ofensa dentro del Sacro Imperio.
La posición austríaca era otra: ninguna de aquellas facilidades generaba obligación, compensación ni deuda para la Puerta. En Constantinopla, alguien escribió:
Austria concede cosas y después niega haberlas concedido.
Otra mano agregó: Quizás pretenda algo.
Una tercera respondió: Si pretende algo, ha escogido una manera extraordinariamente complicada de conseguirlo.
Cuando una copia llegó a Berlín, un funcionario prusiano escribió debajo: Los austríacos no saben recibir agradecimientos.
Tampoco comprendía la Puerta otra paradoja. Austria promovía una ampliación de los intercambios, pero al mismo tiempo recomendaba a Constantinopla mantener su comercio con las Provincias Unidas y expandirse hacia otros territorios. Incluso le aconsejaba no permitir que Viena interfiriera con los intereses otomanos.
Un funcionario otomano anotó: No comprendemos qué quiere Austria.
Debajo apareció: Es posible que Austria tampoco.
La Cancillería consideró ambas observaciones impertinentes. El Emperador, en cambio, se rió. Fue la primera vez que un secretario imperial dejó constancia de semejante cosa desde el comienzo del asunto.
Horas después llegó un despacho otomano. Las conversaciones fueron satisfactorias y los canales debían permanecer abiertos. El último pasaje contenía una expresión que produjo desacuerdo entre los intérpretes.
Uno la consideró cortesía ordinaria. Otro encontró un grado poco habitual de estima. El tercero explicó que su significado dependía de quién la utilizara, con quién y en qué circunstancias.
Prusia pidió el documento y lo leyó. Dijo que prefería no pronunciarse.
Roma y Venecia solicitaron una copia y la remitieron de inmediato a la abadía del monje benedictino.
Aunque Viena lo declaró reservado, Francia consiguió el despacho esa misma noche. La traducción francesa contenía palabras que no figuraban en el original, pero desde Versalles sostuvieron que solo «habían mejorado» el texto.
Francia concluyó que Viena sabía algo que el resto de Europa ignoraba.
Por las dudas, Rusia movilizó todos los regimientos disponibles y decretó el estado de sitio.
El Consejo Imperial se reunió para decidir qué hacer. Algunos ministros propusieron un nuevo emisario; otros, consultar de nuevo a los Estados alemanes.
Prusia recomendó, con un cansancio ya visible, que Austria dejara de preguntar a terceros qué hacer con Constantinopla. Todos miraron al Emperador.
Su Majestad escuchó durante semanas a ministros, generales, sacerdotes, diplomáticos, intérpretes, franceses y, por vía indirecta pero con mucha insistencia, a los rusos.
—No haremos nada —dijo.
Los ministros esperaron el resto de la orden. No había resto.
Los canales permanecerían abiertos. Los correos ordinarios seguirían funcionando. No saldría ninguna misión extraordinaria desde Viena. No se exigirían definiciones. No se propondrían tratados.
Constantinopla conocía los caminos hacia Occidente.
Roma objetó que aquella política era demasiado ambigua. El Emperador respondió que, por esa vez, la ambigüedad era la política.
Poco después llegaron noticias desde Rusia: el Zar ordenó desmovilizar a todas sus tropas y en San Petersburgo se celebraría un baile de disfraces durante tres días.
Aquella noche Su Majestad permaneció en el gabinete cuando los ministros se retiraron.
Sobre la mesa había mapas abiertos, informes de los Estados alemanes, observaciones prusianas, objeciones romanas, rumores franceses, el absurdo expediente italiano y varios despachos procedentes de Constantinopla que, leídos en orden, parecían contradecirse. Leídos al revés, también.
Durante años el Imperio funcionó. Ahora, además, estaban ocurriendo cosas.
Su Majestad se acercó a la ventana del palacio y miró hacia el exterior. En las caballerizas estaban preparados los caballos.
—¿Esperamos algún correo? —preguntó.
—Ninguno, Majestad.
—¿Entonces por qué están ensillados?
El secretario dudó.
—Por si llega alguno.

Un análisis tan detallado de la situación en la Capital del Sacro Imperio debió significar mucho trabajo, lo cual es muy valorable…. Y este análisis es bastante acertado en toda su extensión, aunque no coincido en algunas de sus afirmaciones.
Pero bueno, quien soy yo para criticarlo?Después de todo, es una magnífica pieza histórica.
Salve, Augusta Emperatriz.
Que sea la propia María Theresia, Archiduquesa de Austria y Reina de Hungría y Bohemia, quien se digne examinar nuestros modestos despachos, constituye un honor que excede cuanto esta Cancillería hubiera podido imaginar <3
No obstante el elogio, sus discrepancias han causado (como era de esperar) una profunda conmoción en los círculos diplomáticos de Viena. El Consejo de Estado ha sido convocado de urgencia, los embajadores extranjeros permanecen a la espera de instrucciones y doce regimientos han sido puestos en estado de alerta, aunque nadie ha conseguido explicar todavía contra quién.
Confiamos en que estas diferencias de interpretación no desemboquen en una nueva Guerra de Sucesión Austríaca.
Dios guarde a Vuestra Majestad muchos años y preserve la paz de Europa, que bastante trabajo nos ha costado conseguirla. Salu2
Mi muy estimado,
Puede Usted ordenar la disolución del Consejo de Estado, enviar a los embajadores extranjeros a sus aposentos y ordenar a los doce regimientos que bajen la guardia (no quiero que nadie trabaje hoy domingo, día del Señor).
Mis discrepancias no son tan graves.
Si Usted se anima a recibirlas, con gusto se las enviaré por escrito.
Mis respetos, y que tenga Usted una buena noche.
Augusta Emperatriz:
Vuestra Majestad ha conseguido lo que varias generaciones de diplomáticos europeos no pudieron: desactivar una crisis continental por respeto al descanso dominical.
El Consejo de Estado ha sido disuelto, los embajadores extranjeros han regresado a sus aposentos y los doce regimientos han recibido órdenes de descansar hasta nuevo aviso.
Desde Berlín, el embajador prusiano ha solicitado que conste en actas que siempre recomendó prudencia. San Petersburgo, entretanto, protestó por la suspensión de las hostilidades, alegando que nadie tuvo la delicadeza de informarles que no habría ninguna guerra.
En cuanto a vuestras discrepancias, esta Cancillería tendrá el más alto honor de recibirlas por escrito. Os aseguramos que serán examinadas con toda la atención que merecen y que ninguna observación, por severa que resulte, será interpretada como una declaración de guerra.
Dios guarde a Vuestra Majestad y permita que la paz de Europa sobreviva, al menos, hasta el lunes.
Salu2.
Así será.
Ya me encargaré de hacerle llegar esta correspondencia.
Tal vez demore un poco, pues sabe Usted que soy una persona muy ocupada.
Oremos por un día más de paz en Europa.
Dios lo guarde.