Federico Piccioni Aimar

El autor de este sitio.

Un niño vende ron cola entre la multitud durante Inti Raymi, en Cusco.

Inti Raymi

Entre el Inti Raymi, los free drinks y las noches en Temple y Mama África, Cusco parecía una fiesta interminable. Pero en medio del boliche un tipo me confesó que era sicario, y a la salida una nena de ocho años vendía paragüitas a las tres de la mañana “para que no le peguen en su casa”. Ese contraste fue el verdadero cachetazo de la ciudad.

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Cusco. Imagen del emperador Inca en la plaza central.

Una ducha, un descuido y una lección

Cruzando a Perú me cayó la primera multa seria del viaje por un sello olvidado, y en Cusco casi pierdo todo el dinero por dejar el portavalores en el baño. Una empleada honesta me devolvió la plata, el viaje y el sueño. Entre el susto, el Inti Raymi y las noches en el hostel Pariwana, sentí que la aventura podía haberse terminado ahí mismo… y, sin embargo, recién empezaba.

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Lago Titicaca visto desde la altura.

El lago más alto del mundo

El Titicaca huele a “pescado mojado” y Copacabana mezcla paisajes impresionantes con botellas de plástico en la orilla y hoteles aymaras llenos de anécdotas. Navegamos hasta la Isla del Sol, caminamos la isla de punta a punta y yo sentí que por fin estaba encontrando lo que buscaba, con el nombre de Ángeles apareciendo en silencio. Dejé Bolivia agradecido: un país duro, inmenso y humilde que me dio más de lo que yo llevaba para ofrecerle.

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Foto de una pared en Sucre con la leyenda: Chuquisaca somos todos

De paseo por Sucre

Sucre fue un descanso: ciudad blanca, sin altura, buen sueño y un mercado lleno de frutas nuevas con nombres raros como chirimoya, tumbo, carambola y pacay. Salí con una chica de Tinder que me llevó a ver la “primera bandera argentina” y cebras que dirigen el tránsito mejor que los inspectores. Desde ahí empezamos a avanzar, casi sin plan, rumbo a La Paz, el lago Titicaca y la frontera con Perú.

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Mascarón de Potosí.

Amigos del segundo día

Mi segundo día en Potosí empezó con dolor de cabeza por la altura y un desayuno descomunal: café con leche, yogur, jugo, torta, galletas, todo lo que se pudiera comer “porque el desayuno estaba incluido y ser gordo es un estilo de vida”. Salí a buscar un hostel barato, me perdí varias veces y confirmé que mi sentido de la orientación era pésimo.

Terminé con dos nuevos amigos, Tim y Philip, un suizo y un alemán que me invitaron a almorzar. Esa tarde visitamos juntos la Casa de la Moneda, con sus máquinas antiguas, salas ennegrecidas por el hollín y un mascarón extraño que parece reírse de los turistas. Más tarde, en la cena del hostel, se sumaron un italiano “españolizado” y dos argentinos, y sin darme cuenta armé el grupo que me acompañaría durante el próximo mes.

La cabeza nunca dejó de doler, pero ese día entendí algo: incluso mareado por la altura y perdido en una ciudad nueva, uno puede empezar a encontrar su gente.

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