Federico Piccioni Aimar

El autor de este sitio.

Empachado de escapismo

Volví a Argentina y no volví mejor: volví más agrandado, más oscuro, más perdido. Trabajé de mozo y en un kiosco, salí mucho, me peleé con mis vicios y con mi propia soberbia de mochilero iluminado. Sentía que el mundo seguía igual y que el que no encajaba era yo. Para explicarlo, rescato un posteo de Facebook escrito en plena resaca: un día miserable, una cabeza rota y una verdad simple que no quería mirar.

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Pasaportes, pastillas y pasajes

En la terminal de Santiago vi cómo a un yanqui casi sin español le cobraban más del triple por un pasaje a Mendoza. Me metí, lo frené y ahí empezó una amistad de unas horas: cerveza Escudo, una pastilla rosa, nieve en Los Libertadores y una frontera helada donde improvisé una historia para que nos dejaran pasar. En Mendoza, antes de perderse en la oscuridad, me dejó un fajo de billetes y una frase que todavía me pesa.

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Hacia el Sur

Volé de Medellín a Santiago para ahorrar dinero y terminé ganando algo mejor: un hogar del otro lado de la cordillera. Llegué con prejuicios, dormí en el aeropuerto, me confundí el palacio con el metro y caí en la casa de Mario, un chileno al que apenas conocía. Me iba a quedar dos noches. Me quedé trece. Y ahí entendí que la amistad también puede ser patria.

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