Federico Piccioni Aimar

El autor de este sitio.

Todo es caro para un seco

Guayana Francesa fue una rareza: Renault y Citroën en plena selva, calor brutal y un país donde nadie parecía hablar otra cosa que francés. Intentamos hacer dedo hacia Cayena y todos pedían plata: era sol o billete. Cuando por fin subimos a un auto, el tipo manejó como un loco y casi nos mata antes del puente del Approuague. En Cayena entendimos rápido el título: todo es caro para un seco. Euro, hotel imposible, cigarrillos carísimos y ganas de irnos. Esa misma noche cruzamos el Maroni sin sellar el pasaporte y entramos a Surinam, el siguiente capítulo de la aventura.

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Pensamientos en francés

En Macapá conocimos a un chileno que reparaba barcos en Guayana Francesa: ganaba en euros, vivía de ilegal y chasqueaba los labios sin parar. Esa noche, mientras él se iba rumbo a la excolonia, yo no podía dejar de pensar si volver a Argentina era lo correcto. Al día siguiente cruzamos el Oiapoque hacia Saint-Georges y entramos a Guayana Francesa: selva húmeda, calor pesado y un oficial de Migraciones que solo hablaba francés. Por lo pronto, estaba en otro país. Y esa sensación siempre es buena.

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El rĂ­o Amazonas

En el barco del Amazonas, el motor no se callaba nunca y comer al lado de la sala de máquinas era una tortura. Alejandro —«Pipi»— casi tiene acción con una enfermera, pero la noche terminó en pedido de plata y una foto desnudo. Yo me quedé con otra escena: camarones de una bolsa de plástico en la proa, el sol cayendo y las colas volando al río. Ahí entendí que algunos instantes justifican todo. En Macapá compré un pasaje a Córdoba. Todavía faltaba cruzar las Guayanas.

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Aventura y supervivencia

Se me acababa Brasil y el Ăşnico camino hacia Guayana Francesa era el Amazonas. Compramos los pasajes, nos colgamos las hamacas y durante dĂ­as solo existieron rĂ­o marrĂłn, selva verde y cielo negro. En el barco viajaban muchos africanos, sobre todo senegaleses, que comerciaban de todo. Yo estaba ahĂ­ por aventura. Ellos, por necesidad. Y en medio de ese rĂ­o inmenso entendĂ­ algo simple: algunos viajan para buscarse; otros, para sobrevivir.

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Otro hijo por un rato

Belém nos recibió con lluvia pesada, asfalto caliente y una tristeza pegada a las paredes. Probamos açaí con peixe, aprendimos que en el norte no se endulza nada y que el pescado no lleva açaí encima. Nos alojó Marta por Couchsurfing: baile, música brasileña y una hospitalidad rara. Después, en una charla, entendí por qué.

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Una amistad con mucho rock

Richard manejaba un camión cisterna rumbo a Belém, y para nosotros fue como ganarnos la lotería: miles de kilómetros sin ruta a pie, sin sol en la nuca. En la cabina sonaban Megadeth, Maiden, Rammstein y Sepultura; la confianza apareció rápido y Richard se volvió un hermano del camino. Hubo risas, comidas de carretera y también señales de que el norte era otro mundo. Al final, lo que quedó no fue el trayecto: fue la amistad.

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El mar verde

Después de una noche espantosa en Petrópolis, volvimos a la ruta y el país empezó a tragarnos: camiones, camionetas, un iraní manejando a 160 y riéndose con un “no los voy a matar”. Llegamos a Belo Horizonte y esquivamos un parque oscuro que olía a peligro. Seguimos hacia el interior y entendí algo: Brasil no se corta nunca. Todo es verde. Y yo, con el reloj corriendo, viajaba a dedo por ese mar inmenso.

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Paréntesis de Año Nuevo

Pasé Año Nuevo en Brasil entre lentejas, siete olas y un cielo negro. En Ubatuba tuve trabajo, cierta estabilidad y una calma extraña. Pero también vi despedidas, gualichos, una gata que volvió marcada y otra que murió. Cuando mi amigo dijo que no había salido de Argentina para quedarse en la misma playa, lo escuché. Y entendí que esos meses habían sido, tal vez, los más felices de mi vida.

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