El mar verde
DespuĂ©s de una noche espantosa en PetrĂłpolis, volvimos a la ruta y el paĂs empezĂł a tragarnos: camiones, camionetas, un iranĂ manejando a 160 y riĂ©ndose con un “no los voy a matar”. Llegamos a Belo Horizonte y esquivamos un parque oscuro que olĂa a peligro. Seguimos hacia el interior y entendĂ algo: Brasil no se corta nunca. Todo es verde. Y yo, con el reloj corriendo, viajaba a dedo por ese mar inmenso.









