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Pasaportes, pastillas y pasajes

En la terminal de Santiago vi cómo a un yanqui casi sin español le cobraban más del triple por un pasaje a Mendoza. Me metí, lo frené y ahí empezó una amistad de unas horas: cerveza Escudo, una pastilla rosa, nieve en Los Libertadores y una frontera helada donde improvisé una historia para que nos dejaran pasar. En Mendoza, antes de perderse en la oscuridad, me dejó un fajo de billetes y una frase que todavía me pesa.

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Viajo y Escribo en Ucrania: diario de guerra #13

12 de marzo de 2022. En Lviv volvió a sonar la sirena antiaérea y el frío me encontró despierto, con la cabeza llena de preguntas: qué hago acá, para qué vine, sobre qué escribo. Caminé por una ciudad cubierta de grafitis y frases de guerra hasta que elegí un lugar inesperado para entenderlo todo: el cementerio, una de las “atracciones” de la ciudad. Entre tumbas soviéticas, polacas y judías llegué al sector militar: filas de pibes jóvenes, recién enterrados, fotos con uniforme, flores amarillas y azules. Leí una frase que me quedó clavada y pensé en la sangre que reclama cada guerra. Y en la advertencia de un sirio, semanas antes de mi viaje, que volvió como una sentencia: no vale la pena.

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Viajo y Escribo en Ucrania: diario de guerra #18

En Kyiv casi todo estaba cerrado y el silencio se cortaba con cuervos, sirenas y artillería. En Podilsky vi un edificio abierto al aire, como una maqueta rota: casas destripadas, juguetes entre vidrios, vecinos paleando lo que quedaba. Conocí a Babenko, veterano de otras guerras, y entendí que hay lugares donde el mal se queda pegado para siempre. Ese día supe que no iba a volver a ser el mismo.

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Viajo y Escribo en Ucrania: Interludio

En abril de 2003 un profesor y toda una clase inventaron un país —Grushnik— para tenderme una trampa y humillar al gordito que se sabía las capitales de memoria. Casi veinte años después, ya fuera de Ucrania y camino a Moldavia, ese recuerdo volvió con una nitidez pegajosa. Los libros me trajeron hasta acá, me hicieron distinto, y durante mucho tiempo pensé que ese precio era la soledad. Todavía me pregunto qué fue real: el país inventado o la herida.

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Viajo y Escribo en Ucrania: epílogo

Cuando pienso en Ucrania, lo primero que me sale es esto: no hice tanto como quería. Le pondría un seis a mi cobertura. Fui sin cámara, sin traductor, sin chofer, con el cuerpo, el celular y el inglés que podía. Volví con un puñado de notas, la conciencia de mis límites y una bronca que no se me va: la guerra no perdona a los verdes, y hay colegas que se disfrazan de héroes cuando la gente alrededor está mucho más expuesta. Yo no quiero ser un mito ni un fantasma con casco. Quiero haber estado, haber mirado, haber escrito y haber vuelto para contarlo lo mejor que pude.

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¿Soy italiano?

El 16 de enero de 2024 firmé en el Comune y, en los papeles, me volví italiano. Diez meses de trámites y cincuenta días de espera resumidos en una oficina chica con olor a papeles viejos y el mar asomando por una ventana. Todos decían que ese momento era para llorar. Yo no sentí nada. En el camino de vuelta entendí algo simple y brutal: Longobardi seguía igual; el que tenía que cambiar era yo. Y el verdadero acto de ciudadanía no fue el sello, sino sentarme a escribir para no dejar que esta historia se perdiera.

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