Primer viaje

Primer viaje desde la frontera de Argentina con Bolivia hasta México, luego Belice, Colombia y Chile. El comienzo de todo.

Un niño vende ron cola entre la multitud durante Inti Raymi, en Cusco.

Inti Raymi

Entre el Inti Raymi, los free drinks y las noches en Temple y Mama África, Cusco parecía una fiesta interminable. Pero en medio del boliche un tipo me confesó que era sicario, y a la salida una nena de ocho años vendía paragüitas a las tres de la mañana “para que no le peguen en su casa”. Ese contraste fue el verdadero cachetazo de la ciudad.

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Máncora. La ciudad no me invitó a quedarme.

Siempre al acecho

Dejé Lima, hice dedo hasta Máncora y en un día llegué al paraíso de playa y hostel barato. Pero pronto entendí por qué me habían dicho que era peligroso: una pareja de colombianos y un argentino fueron asaltados y al pibe casi lo matan de una puñalada en el pulmón. Desde entonces, supe que el peligro también viaja y que en algunas playas conviene saber muy bien hacia qué lado doblar.

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Armé la carpa en el living. Porque sí.

Celeste

En Medellín alquilé una pieza barata con una estudiante chocoana y su gata obesa, Celeste. Pensé que el problema iban a ser los porros a las cinco de la mañana, pero la verdadera dueña de la casa era la gata. Entre comida en el piso, maullidos a la madrugada y una carpa armada en el living, terminé entendiendo que yo ahí estaba de más.

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