5 de septiembre de 2024
Menuda mierda de promesa. Realmente, no se puede confiar en mí. No se puede. Un día digo que voy a hacer una cosa, prometo, juro que voy a cambiar, y ya al día siguiente vuelvo a ser la misma basura de siempre.
Ey, no te trates tan mal a vos mismo. Tranquilo. Contá cómo son las cosas. Dónde estás y qué estás haciendo.
Bueno. Son las 1:44 del 5 de septiembre de 2024. Estoy en un hostel de la ciudad de Wroclaw, en Polonia. Tengo 4 mil euros en la cuenta del banco. Pagué hasta el día 16.
Creo que estoy bien. No se escucha campana alguna, y eso es un alivio. De algún modo me libré de esa puta campana de mierda. ¿Viste que no hay mal que dure cien años?
¿Debería contar lo de la campana? ¿O ir por partes? ¿Dónde había quedado?
Bueno, empezaré por el principio.
Lo que nadie te cuenta de trabajar en Europa: mi pesadilla en Luxemburgo
Llegué a Luxemburgo el 20 de mayo de 2024. Salí del aeropuerto, tomé dos colectivos y llegué hasta un lugar que parecía sacado de una película: todo era verde, ordenado, limpio, confortable. En el ambiente reinaba la paz. Calma antes de la tormenta.
El restaurante quedaba a seis kilómetros de aquella parada de bondi, así que caminé con mis dos mochilas a cuestas bajo el tibio sol primaveral mientras el sudor se deslizaba por mi rostro y mi pecho.
Llegué al restaurante. Walter, el dueño, me recibió con una sonrisa y me invitó a comer pizza. No me prestó mucha atención, pero me hizo algunas preguntas sobre mí. Conversé con su hijo, un joven de madre mexicana cuya lengua materna era el español.
Me resultó reconfortante tener a alguien con quien hablar mi idioma.
Lo que no sabía en ese momento era que aquella pizza sería el único gesto de generosidad que Walter tendría conmigo. Esa misma tarde comencé a trabajar.
Desde el primer momento, sentí el caos. Es cierto que en gastronomía siempre hay estrés, pero aquello parecía un manicomio: gritos, insultos, reproches cruzados y caras de pocos amigos. Todo era tensión. Al principio lo atribuí a “diferencias culturales”, pero pronto me di cuenta de que los gritos y los malos tratos no eran la excepción, sino la regla.
El restaurante no tenía mesa número 13. Mi número. Pasaba de la 12 a la 14, y lo tomé como un mal presagio. Lo sentí desde el primer día. Un augurio de mierda que no supe leer a tiempo.
A pesar del empeño que puse durante aquella caótica jornada, Walter habló conmigo al final del día y me dijo que, si bien veía voluntad, yo era demasiado lento. Es normal, supongo. Hacía más de siete años que yo no trabajaba en restaurantes. Le aseguré que iba a dar lo mejor de mí para ser más eficiente, aunque tenía algunos factores en contra. Yo apenas hablaba francés, y en Luxemburgo se habla francés. Pero bueno, ya estaba ahí. El inglés me iba a salvar. Ahora, a meterle voluntad.
Esa noche, cuando volvimos a casa, escuché por primera vez el sonido de una campana que me retumbó en los huesos. Le pregunté a mis compañeros qué era eso, y me explicaron que allí existía la tradición de hacer sonar una campana cada 15 minutos. Sonaba una vez a las y 15, dos veces a las y 30, tres veces a las y 45, y cuatro veces en la hora exacta. Además, daba campanadas para marcar la hora. Por ejemplo, a las 23:00 sonaba primero cuatro veces, y luego daba once campanadas más para marcar la hora exacta. Como si no fuera suficiente, a las 23:01 volvía a sonar once veces más. Y también daba dos conciertos de cinco minutos a las 6:05 de la mañana y a las 19:05 de la tarde. Un día, harto del ruido, saqué cuentas: entre los cuartos, la hora, la repetición a los pocos minutos y los dos conciertos diarios, la campana sonaba más de mil veces por día.
¡DONG!
La gente que vive ahí o está loca, o está acostumbrada. Tal vez sea un poco de los dos. Me imagino al cura del pueblo, orgulloso: “acá marcamos el tiempo”… sí, maestro, lo marcás a martillazos en el cráneo.
Esa noche dormí pésimo. La campana estaba en la torre de una iglesia ubicada junto a nuestra casa, la casa del personal. Sentí que mi cabeza era el badajo que golpeaba el cuerpo de aquel gigante de bronce, repicando en mi mente cada quince minutos.
¿Cómo van a tener una campana que suena cada quince minutos? ¡Enfermos de mierda!
A las seis y cinco, me despertó el concierto. Parecía una broma de mal gusto.
¡DONG!
Como no dejo que las circunstancias me desanimen, al día siguiente fui al trabajo contento, feliz de tenerlo. Me quedaban 400 euros en el bolsillo. Tenía que abrazar esa oportunidad con todas mis fuerzas, porque yo vivía en un hostel, y si me echaban no tendría dónde ir.
Pero pronto descubrí que los malos tratos y las faltas de respeto pueden volverse una carga pesada. Al tercer día después de mi llegada echaron a Nicolas, el encargado, tras una discusión que mantuvo con Lisa, la esposa de Walter. Yo vi todo. Aquella mujer me ponía los pelos de punta. Jamás vi en Argentina que la gente se tratara así dentro de un ambiente laboral.
Lisa y Walter manejan el restaurante. Lisa es, sin duda, una de las peores personas que he conocido en mi vida: fea, irrespetuosa, malvada. Una vez nos dejó sin comer por llegar cinco minutos tarde. Su forma de liderar era dar órdenes y gritar todo el tiempo. A veces suspiraba de exasperación, como si ella fuese la única persona eficiente rodeada de una manga de imbéciles.
¡DONG!
Lisa maltrataba a los empleados incluso frente a los clientes. No tenía límites. En el tiempo que estuve allí, jamás vi un solo gesto de bondad, generosidad ni consideración con nadie.
A pesar de todo, con el correr de los días, me fui sintiendo más cómodo con el trabajo. No con la gente.
Pero todo cambió a finales de mes: el lavaplatos se peleó con el chef, hermano de Lisa, y fue expulsado ese mismo día.
Walter me llamó por teléfono la mañana siguiente y me dio dos opciones: trabajar como lavaplatos o irme del restaurante.
Sentí que me caía un balde de agua fría. Cualquiera que haya trabajado en un restaurante sabe que el puesto de lavaplatos es duro: estás sucio, sin descanso, de pie todo el día, limpiando la mugre de los otros.
Resignado, acepté el puesto. Ni siquiera me habían pagado. Ya era 4 o 5 de junio, y mis compañeros ya tenían su salario depositado desde el día 1.
Días después, hablé con mi jefe:
—Walter, tengo un familiar enfermo y necesito mandarle dinero. Ya que todos cobraron, pensé que yo podría hacerlo también.
Me dijo que sí, pero tardó cinco días más para darme lo que correspondía pagarme. A él no le importó mi familiar enfermo. Él tenía sus propias preocupaciones.
¡DONG!
El primer día como lavaplatos fue miserable. Es un trabajo espantoso: sucio, pesado y agotador. No solo tenía que lavar platos, también limpiar los cajones pegados con masa, barrer el restaurante, trapear el piso, tirar la basura. Eran 12 horas por día como mínimo. Doce horas en las que siempre terminé sucio y mojado, casi abatido. Casi.
En el contrato que firmé decía que yo debía trabajar 40 horas semanales como máximo, pero en la realidad trabajábamos 60 horas por semana. A veces más. Walter no nos pagaba por hora sino por mes, evadiendo las leyes laborales de Luxemburgo que estipulan que las horas extra se deben pagar un 40% más. Nada de eso existía en aquel restaurante. Walter y Lisa eran italianos y se manejaban así. Si te gusta, bien, y si no, te vas.
Yo acepté el contrato de manera voluntaria, es cierto. No los estoy juzgando. Solo menciono su forma de trabajar como uno de los factores más a considerar en esta historia. Y tampoco voy a hacerme el héroe: yo no era buen mozo. Estaba lento, me faltaba práctica, y el francés me mataba. Aun así, una cosa es ser mediocre y otra muy distinta es que te traten como basura.
¡DONG!
Trabajé como lavaplatos sin descanso, pero mi cabeza y mi corazón me pedían que me fuera de allí. Los primeros ocho o nueve días, durante mis escasos tiempos libres, no dejé de mandar currículums ni de pensar en cómo largarme de ese lugar. Pero no tenía el dinero suficiente. Decidí aguantar un mes más y, cuando cobrara, irme a buscar otra cosa.
Pasé ese mes lavando platos sin parar. Durante junio de 2024 lavé más platos de los que había lavado en toda mi vida.
Recuerdo un día en el que me deslomé particularmente. Al día siguiente, cuando llegué al restaurante y saludé a Walter con un «Buongiorno», me respondió: «No, buongiorno male, buongiorno male». El tipo me llamó la atención porque el restaurante estaba lleno de moscas. Después, hablando con el jefe de cocina, aceptó que el problema de las moscas venía porque el tacho de basura de la cocina no tenía tapa. ¿Cuánto puede costar un tarro con tapa para un restaurante que genera miles de euros al día?
También recuerdo otro regaño después del primer día como lavaplatos porque, al parecer, dejé una puerta abierta. A mí nadie me dijo que tenía que cerrar esa puerta en particular antes de irnos. Tampoco tenía la llave. Éramos nueve personas trabajando. Si no me das la indicación, no soy adivino. La concha de tu madre.
Trabajar en ese restaurante fue una locura. De verdad, parecía una casa de orates. Los empleados, en su mayoría napolitanos, chismeaban todo el tiempo, se sacaban el cuero entre ellos y tomaban merca en horario de trabajo. Varias veces le dije al pizzaiolo que se limpiara la nariz frente a los clientes. A cincuenta euros el gramo, no conseguían ahorrar nada. Ya el día 22 o 23 tenían que pedir adelanto.
La casa del personal —en la que vivíamos cinco personas— parecía un aguantadero. Un día decidí limpiarla porque ya no soportaba estar entre la mugre. En total, saqué catorce bolsas de basura, la mayoría llenas de envoltorios de plástico, botellas vacías y otras porquerías. Uno de los vecinos del lugar me llamó la atención porque estaba usando bolsas amarillas, que son solo para vidrios.
—Los vidrios se sacan los miércoles —aseguró el hombre. —Estás usando las bolsas equivocadas.
Hablando de basura, un día salí a tirar la del restaurante. Yo estaba hecho un desastre, mojado y manchado con salsa. Afuera había una Ferrari estacionada. Me quedé un segundo quieto, sosteniendo el contenedor con los brazos, mirando el brillo del auto. Se podía ver el reflejo de mi cara de cansancio en la pintura.
Pensé en mi viejo, que trabajó durante años como peón de campo y llegaba a mi casa, muy de noche, con las manos manchadas de líquido. Y después me acordé de los pibes que, tiempo después, trabajaron para él paleando dentro de los silos, mirándome como “el hijo del dueño” que se rascaba las pelotas. Ese día, al lado de la Ferrari, me sentí como todos ellos.
En última instancia yo estaba ahí por decisión propia, claro, no por necesidad. Pero viví las diferencias entre los hombres en carne propia. Por primera vez, pude ver la distancia que hay entre el que disfruta el lujo y el que limpia los restos que el lujo deja tras su paso.
¡DONG!
Al poco tiempo, echaron a Vicente, otro mozo. Por merquero y por robarse las propinas. Como reemplazo llegó Karim, un italiano-marroquí que trabajaba bien (bastante mejor que yo, todo hay que decirlo) pero tenía olor a chivo.
Las cosas empeoraron rápido. Me cambiaron a una habitación más grande, pero me descontaron cien euros más del sueldo porque ese cuarto “era mejor”. Walter siempre encontraba la forma de ahorrarse unos euros.
Lavé platos todo el mes de junio. Además de lavar, tenía que sacar la basura, reciclar, limpiar el depósito, descargar camiones. Siempre estaba para todo. Incluso limpié la zona donde se tiraba la basura y les di ideas para organizarla mejor. Casi que en un momento me acostumbro a esa vida. Llegaba cada noche completamente agotado, con dolor de espalda y sucio. Lo único que quería era bañarme y dormir. No tenía ganas ni de hacerme la paja.
¡DONG!
En julio se dieron cuenta de que Karim tampoco les gustaba y también lo echaron. Desde que yo estaba allí, un mes y diez días, ya habían despedido a cuatro personas. Ellos funcionaban así: contrataban y despedían como querían, sin más.
Con el correr de las semanas, el jefe de cocina se dio cuenta de que yo ponía mucha voluntad. Un día me llamó para hablar aparte y me felicitó por ser «respetuoso y educado», y aseguró que hablaría con Walter para volver a la sala.
Volví a ser mozo durante todo el mes de julio. Ser mozo no era un buen trabajo, pero era mucho mejor que lavar platos. Eso pensé al principio.
Después me di cuenta de que no era tan así: ser lavaplatos era mejor. Cuando Lisa era jefa de sala, todo era gritos, insultos y humillaciones. Una vez un compañero rompió una botella de vino y se la hicieron pagar. En otra oportunidad, otro compañero cobró mal una mesa, y Lisa sacó los 25 euros de diferencia de la caja de las propinas.
Lisa tenía una cadena de hoteles en Italia, además del restaurante en Luxemburgo. Lo que significa que era prácticamente millonaria, al menos para nuestros estándares. Y si, era capaz de llorar por 25 euros. En cualquier restaurante sucede que los empleados rompan cosas, es normal. Lo que no es normal es que el personal pague los accidentes.
El ambiente de trabajo se volvió cada vez más tóxico. La situación era tensa. Yo quería irme. Cobré junio y julio, pero nunca los 2 mil euros prometidos. Siempre 1850 o 1870. Siempre menos.
Un día encontré a un mesero llorando en el baño, cansado de la presión y los maltratos. Con otro compañero discutí varias veces. No por odio personal, sino porque el ambiente no dejaba espacio para manejar bien las emociones.
La única “libertad” que tuve en aquel trabajo se producía cuando me mandaban a hacer entregas. Hubo días enteros que me pasé manejando por Luxemburgo, Francia y Alemania. El auto del personal era un Fiat destruido, pero esos minutos fuera del restaurante me sabían a gloria.
Al trabajo lo salvaban los clientes. Eran gente impecable: educados, respetuosos, de esos que te miran a los ojos y te dicen gracias como si fueras algo más que el chabón que toma los pedidos, sirve el postre y levanta los platos. A veces los veía reírse o fumar en las mesas, brindar, y pelearse en voz baja a ver quién paga la cuenta. Y sentí ternura por ellos, como si fuesen la prueba de que el mundo podía ser un poquito justo, aunque yo estuviera del lado equivocado de la puerta de la cocina.
¡DONG!
Un día después de mi cumpleaños, el 16 de julio, murió mi abuela. No pude hacer nada, ni volver a Argentina. Todo pasó demasiado rápido. Lavaba platos, era mozo, hacía entregas. Espero que me haya visto desde el cielo y entendiera el esfuerzo que su nieto hacía por un futuro mejor. Perdón, nona.
Cuando murió mi abuela, lloré frente a la iglesia. La campana siguió sonando, como si se burlara de mi dolor.
———o———
(Ey. ¿Y ahora? ¿Todavía te sentís una basura? Me miro las manos. No. Ya no. Estoy podrido, pero no soy una basura. Hay una diferencia)
Nos iban a dar vacaciones a partir del 12 de agosto, pero antes de eso tuve más peleas con Lisa. Era una mujer insoportable. Un día me trató mal frente a unos clientes dominicanos que hablaban español y dejaron una mala reseña. Los jefes me armaron un escándalo porque pensaron que yo instigué aquel comentario. Era mentira. Jamás haría algo así, sobre todo porque el único perjudicado sería yo. Pero a partir de ahí la relación con los dueños no tuvo vuelta atrás.
Esto escribieron: “El restaurante súper bonito, la comida excelente y el servicio espectacular. Solo al ver el trato de la responsable con un camarero, cómo le ha gritado y tratado delante de los clientes, me ha dejado sin ganas de volver. Nos sentimos muy mal por el chico, no lo dejo ni explicarse y le gritaba como si fuera un perro que debe obedecer a su amo. Sin palabras. Nunca antes vi este tipo de falta de respeto ni a los empleados ni a los clientes, nos dañó el ambiente. Qué pena por las personas que necesitan y deben aguantar estas cosas y abusos”.
¡DONG!
Me iban a echar. Lo supe desde el primer momento. Solo esperaba que fuera después de las vacaciones, para poder descansar un poco y cobrar aquellos días. El 12 de agosto me quitaron el auto, dejándome atrapado en la casa junto a la campana. Sin posibilidad de moverme. Para ir al supermercado, por ejemplo, tenía que caminar casi dos horas al costado de la ruta, algo que hice más de una vez, y cargar las bolsas de vuelta. Un día, apretado por la naturaleza, tuve que cagar en un maizal. Otra vez caminé 20 kilómetros de ida y vuelta solo para comprar cigarrillos (es impresionante lo que uno hace por fumar).
Por fin, después de las vacaciones, el hijo de Walter me escribió para saber si seguiría trabajando. Le respondí que tenían un e-mail mío en la bandeja de entrada del restaurante. En aquel correo pedí que se clarifique mi situación, ya que circulaban rumores de que me iban a echar, pero no me decían nada. Es gracioso, porque no me pasaban ni cabida. Nada. No podía seguir así.
El 26 de agosto, después de las vacaciones, Walter apareció en la casa con una carta de despido. Yo estaba solo. Todos los demás habían renunciado o estaban despedidos. La carta tenía fecha del 12 de agosto para no pagarme los 15 días que correspondían como preaviso. En Luxemburgo, si te despiden, deben pagarte ese preaviso, pero Walter se las ingenió para evitarlo.
¡DONG!
Después de despedirme, el bastardo me pidió que ajustara la luz del baño y que limpiara la sala del lavarropas. Él es así. “Consideración” y “humanidad” son palabras que no existen en su diccionario. No lo hice. Le dije que si estaba fuera del restaurante arregláramos los números, que quería largarme.
Me fui de aquel restaurante del demonio con poco más de 4000 euros en el bolsillo. Fue una de las peores experiencias laborales de mi vida. Esos días de julio y agosto de 2024 fueron soportados por mí solo por la necesidad de cobrar y largarme.
Recuerdo que un compañero, antes de irse, me dijo: «Yo no vuelvo a este restaurante ni por 20.000 euros».
Otro comentó —no sé si era cierto— que Lisa era así porque arrastraba el duelo de no haber podido ser madre. Eso explica un montón de cosas, aunque no la justifica.
¡DONG!
A veces me pregunto qué quiso mostrarme Dios con todo esto. Tal vez me estaba poniendo a prueba, empujándome al límite para que entendiera que, incluso en los peores momentos, uno tiene la capacidad de resistir. Quizás quiso enseñarme el valor del esfuerzo, del sacrificio en soledad, lejos de los seres queridos y de todo lo que uno conoce. O tal vez fue una manera de hacerme ver que las adversidades más duras, las que parecen no tener fin, también suceden. Y que, a pesar de la miseria y el maltrato, uno siempre puede vencer, aunque sea a fuerza de voluntad.
Pero después de pensar en lo anterior, me miré las manos y entendí que no había ninguna lección. Lo que hay es un cansancio que no se cura durmiendo. Me fui de ese restaurante con 4.000 euros en el bolsillo, es cierto, pero los compré con tiempo y pedazos de alma que jamás voy a recuperar. Y, sobre todo, nunca más volveré a ver a mi abuela.
Menuda mierda de trabajo. Menuda mierda de decisiones.
El original de esta entrada se publicó en Reddit. Podés leer los comentarios en este link.
