Ahora seguís solo

24 de septiembre de 2024

Cuando llegué a Wrocław tenía cuatro mil euros en el bolsillo y ningún plan concreto.

Llevaba diez meses en Europa. Ya tenía la ciudadanía. Después viajé, cambié de ciudad, trabajé. Y la guita es una pregunta que tarde o temprano te busca. A mí me encontró en Polonia.

Reservé dos semanas en un hostel polaco y empecé a mandar currículums.

La respuesta llegó antes de lo esperado. Una empresa de reparto en los Países Bajos buscaba ciclistas. Mandé la solicitud casi sin pensar, y a los pocos días me dijeron que sí. Que fuera ya.

Dejé el hostel una semana antes de lo previsto. Compré un pasaje de colectivo y crucé Alemania de este a oeste en menos de un día.

Llegué a Rotterdam en septiembre, pero el otoño no me esperó. El viento del Mar del Norte me golpeó en la cara apenas salí de la terminal. La temperatura era bastante más baja de lo que esperaba. Con ese aire gélido en el rostro, tuve un pensamiento muy simple:

Esto va a ser un problema.

Pero ya estaba ahí.

Reservé una cama de hostel por dos semanas: treinta euros por día. Caro como un ojo de la cara. Viajé hasta Venlo a pedir el RNI, algo como el número de CUIT. Tras hacer los trámites de rigor, empecé a trabajar. Que para eso había ido.


El primer día de trabajo salimos tres: el instructor, otro chico que también estaba empezando, y yo. Íbamos en fila, aprendiendo cómo funcionaba todo. La bicicleta no terminaba de andar bien. La parte eléctrica fallaba, la asistencia aparecía y desaparecía como se le antojaba. Era mi primera vez en un trabajo así. Yo estaba nervioso, aunque intenté que no se notara.

Hicimos el primer pedido juntos. Después el instructor dijo algo así como:

—Bueno, ya está. Ahora seguí solo.

Y de golpe me encontré pedaleando por Rotterdam con una mochila naranja en la espalda, mirando el celular cada treinta segundos para no perderme, tratando de entender cómo funcionaba el sistema.

Así empezó.


Al principio todo era incómodo. La aplicación fallaba. A veces no había señal. A veces se colgaba justo cuando necesitaba el mapa. Y el soporte del celular en la bicicleta era una reverendísima poronga.

Primero compré uno en MediaMarkt. No servía. Después me dieron otro en el trabajo: no me duró ni dos días. Me lo robaron en el hostel. Decidí comprar otro por Temu: vibraba tanto que el celular se movía sin parar y no se veía nada.

Un día me bajé de la bici, agarré el soporte de Temu y lo rompí contra un container. Con rabia. No una, sino varias veces, hasta que no quedó parte sana.

Después de eso me cansé de joder con soportes baratos y compré uno caro en Amazon. Ese fue el único que funcionó y el que usé hasta el final.


Después vino el frío.

El frío de Holanda no incomoda solo por la temperatura. Es el viento con lluvia lo que jode. Ese viento húmedo que viene del mar y se te mete por todos lados: por el cuello, por los guantes, por las costuras de la campera. La ropa no alcanza.

Los primeros días, helado como corazón de suegra, salí a comprar prendas más cómodas y abrigadas. Primero una calza para la bicicleta, porque después de varias horas el asiento te destroza el culo. Después calza y medias térmicas. Un gorro. Un par de guantes. Una bufanda.

Había días que salía con siete capas: camiseta, polera, buzo, suéter, campera, campera del trabajo, calza, calzoncillos largos, pantalón, poncho de lluvia, guantes, gorro, bufanda.

Y aun así tenía frío.

La bicicleta era eléctrica y yo la alquilaba por ciento sesenta euros al mes. No era una moto: había que pedalear igual, pero el motor ayudaba. Gracias a eso podía hacer cincuenta o sesenta kilómetros por día sin destruirme las piernas. Al principio terminaba cansado. Después el cuerpo se acostumbró. Como siempre.

El horario lo armé yo: entraba al mediodía, trabajaba hasta las cuatro, descansaba dos horas para cargar la batería de la bici —imprescindible—, comía algo, a veces dormía una siesta rápida, y volvía a salir de seis a diez de la noche.

En un día normal hacía treinta pedidos. En diez días, más de trescientos. En un mes, cerca de mil. En seis meses: alrededor de seis mil pedidos.

Después de cierto punto ya no pensás demasiado. El trabajo se vuelve mecánico porque ya viste todo. Edificios fáciles, edificios imposibles, clientes que te miran a los ojos, clientes que abren la puerta sin levantar la vista del teléfono. Todo empieza a mezclarse.

Pedalear. Esperar. Pedalear otra vez.


Hay una diferencia importante con América del Sur que nadie te explica antes de empezar: en Argentina, cuando uno pide comida, por lo general bajás a buscarla. Acá no. En Holanda el repartidor sube hasta la puerta del cliente. Siempre. Por las escaleras o el ascensor, con la mochila. A veces cuatro pisos. A veces cinco. A veces seis.

Treinta veces por día.


Rotterdam es una ciudad perfecta para andar en bici. El noventa y cinco por ciento de las calles están preparadas para eso: ciclovías por todos lados, la gente respeta, el tránsito fluye. En ese sentido es de los lugares más fáciles del mundo para hacer ese trabajo.

Recorrí la ciudad de punta a punta. A veces cruzaba parques donde había niños jugando en el frío y familias paseando en bicicleta. Esas personas tenían una buena vida. En Rotterdam, si uno trabaja, puede vivir bien. Lo suficiente para comprarse un buen teléfono, un auto, ropa. La plata está si uno se mueve.

Pero también es un lugar muy solitario.

En América Latina uno llega a un lugar, dice hola, y alguien responde. Acá no. Nadie te molesta, nadie te insulta, nadie te jode. Nadie se mete en tu vida. Para bien y para mal. Todo el mundo está en la suya.

Yo aprendí a saludar en holandés: buenos días, buenas tardes, buenas noches, muchas gracias, hasta luego. Eso era toda la interacción con los clientes. Nada más.

Durante esos meses me sentí muy solo.


Mi rutina era siempre la misma:

Levantarse. Desayunar. Salir. Pedalear. Repartir. Volver. Comer. Dormir una siesta. Salir. Pedalear. Repartir. Volver. Comer. Dormir.

A veces, a la noche, me quedaba en la cama tirado con el celular hasta que el sueño me vencía. No tenía energía para nada más. Ni para conocer otros lugares, ni para hacer amigos, ni para el gimnasio. Solo trabajar.

Ahora que lo pienso, entiendo algo que en Rotterdam no podía ver: si trabajás demasiado, no vivís. Volvés a tu casa y lo único que querés es acostarte. No hay ninguna persona, ningún lugar, ninguna conversación más allá del «Buenas tardes» y el «Gracias». Solo silencio y cama.

Eso también tiene un costo.


Pero también había días buenos. Días de sol, pocos pedidos y ciento veinte euros ganados casi sin esfuerzo. Días en los que el viento estaba tranquilo y la ciudad brillaba desde la bicicleta. Rotterdam tiene esa cosa: cuando no llueve y no hace frío, es una ciudad maravillosa. El problema es que en diciembre de 2024 solo hubo veintisiete horas de sol en todo el mes. Veintisiete horas en treinta y un días. Hacé la cuenta.

No fui feliz en Rotterdam, pero tampoco me sentí miserable. E hice plata, claro. Que para eso había ido.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

¿Una monedita, loco?

Viajo y Escribo es un proyecto personal e independiente.
Si te gusta lo que leés y querés apoyar, podés colaborar
desde cualquier parte del mundo.
El blog es gratis (y lo seguirá siendo).