Las tres caídas

15 de octubre de 2024

En seis meses me caí tres veces de la bicicleta.

No parece mucho. Pero cuando pasás ocho o nueve horas por día arriba de una bici eléctrica, con frío, con viento y a veces bajo la lluvia, cada caída es un pequeño episodio con su propia historia.

La primera fue culpa mía.

La bicicleta llegaba a treinta kilómetros por hora como máximo. Y como casi todos los ciclistas en Rotterdam, yo cruzaba algunos semáforos en rojo cuando no venía nadie. Así funciona la ciudad. Todo el mundo lo hace. Uno se acostumbra y empieza a creerse que los semáforos son una mera sugerencia.

Ese día iba rápido. El semáforo cambió diez metros antes de que yo llegara a la esquina. Venía un auto. Frené fuerte. Demasiado fuerte. La rueda se clavó en el piso y la bicicleta siguió de largo sin mí.

Salí volando.

Quedé tirado en el suelo unos segundos mientras la gente alrededor se reía. No fue una caída terrible, pero sí lo suficiente como para quedar un momento quieto, mirando el cielo gris de Rotterdam, preguntándome qué pasó.

Pero lo que más recuerdo no es el golpe.

Son los frutos secos.

Llevaba una bolsita en uno de los bolsillos de la mochila que tenía el cierre abierto. Cuando me caí, los frutos secos salieron volando para todos lados con una energía que me pareció desproporcionada para el tamaño del accidente. Algunos fueron a parar lejos. Muy lejos.

En ese momento pensé que volaron hasta Argentina.

Me levanté —con el poco orgullo que me quedaba— y seguí trabajando. Las almendras, nueces y pasas de uva quedaron desparramadas en el asfalto.


La segunda caída no fue culpa mía.

Había barro. Mucho barro. Iba cruzando un parque.

Lo vi. Lo vi perfecto. Y doblé igual, porque uno desarrolla cierta soberbia después de varios meses pedaleando y empieza a creer que puede con todo.

Y no, no podía.

La rueda se deslizó como si el piso fuera jabón y la bicicleta se fue para el costado. Fue muy rápido. Un segundo estaba pedaleando y al siguiente estaba en el suelo con la ropa manchada.

Lo primero que hice fue mirar la mochila. El pedido estaba bien: eso era lo importante.

Yo me levanté, me sacudí como pude y seguí. Con la ropa sucia, sí, pero seguí.


La tercera caída fue la más absurda de las tres.

Iba por una calle del centro, frente a la terminal de trenes, cuando una señora se cruzó de repente. Justo delante de la bicicleta. Frené e intenté esquivarla al mismo tiempo, que es básicamente la peor combinación de movimientos posible sobre dos ruedas.

Me caí. La señora se quedó paralizada durante un segundo y después empezó a pedirme perdón con una culpa enorme.

—Sorry, sorry, sorry.

Yo también le pedí perdón, aunque no estaba muy seguro de por qué.

Nadie se lastimó. Nadie estaba enojado. Fue uno de esos momentos incómodos que duran diez segundos y después se evaporan. Nos miramos, confirmamos que los dos estábamos bien, y cada uno siguió su camino.

Lo primero que hice fue mirar la mochila. El pedido estaba bien.


Tres caídas en seis meses.

Podría haber sido peor. Mucho peor. Nunca me lastimé en serio. Nunca arruiné un pedido. Y al menos una de las tres tuvo frutos secos volando por el aire, que es una forma poco digna de caerse. Pero para esa altura de mi vida, ya no era mucha la dignidad que me quedaba en el tarro.

Igual, si lo pienso bien, tres caídas en seis meses me parece medio mucho.

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