Veinticuatro kilos

30 de octubre de 2024

Hubo un pedido del que jamás me voy a olvidar. No por la dirección: por el peso.

Ese día llovía. Lo usual durante los inviernos neerlandeses: el cielo se cierra, empieza a caer agua y el viento del mar la empuja de costado. A veces fina, a veces cortinas. Cuando llueve de verdad, te mojás completo. No importa cuántas capas tengas encima. El impermeable deja de funcionar después de media hora de lluvia intensa.

Acepté el pedido sin pensar demasiado. Llegué al punto de retiro, un supermercado SPAR en la Noordereiland. Vi las bolsas que me estaban esperando y pensé que había un error. Eran doce botellas de agua de dos litros. Y otras cosas como queso, salame y jabón.

Hice la cuenta rápido: veinticuatro kilos como mínimo. El peso de un pibe de diez años. En la espalda, sobre una bicicleta. Bajo la lluvia y con viento.

Acomodé el pedido como pude. No hubo forma de que quedara bien: el peso tiraba para todos lados y la bicicleta se sentía torpe, inestable. Salí igual.

Pedaleé seis kilómetros con esa mochila en la espalda. Cada vez que frenaba, sentía el peso de las botellas empujándome hacia adelante. El agua que caía del cielo se filtraba entre los guantes, las medias, la bufanda. Los lentes se mojaban y empañaban. Casi no podía ver.

Porque no engraso los ejes, me llaman abandonado.

Llegué al edificio. Subí. Toqué el timbre.

Abrió la puerta un viejo en calzoncillos. El olor a meada rancia salió antes que él. Me miró. Agarró las bolsas. Dijo algo y cerró la puerta. No sé qué dijo, y jamás lo voy a saber.

Pero eso no importa. Me quedé unos segundos quieto en el pasillo, con la mochila vacía y la ropa mojada. Con los anteojos empañados. Mirando la puerta que acababa de cerrarse.

Y me hice una pregunta que ya me había hecho en otras oportunidades: ¿Qué carajo estoy haciendo acá?

Crucé el océano, recorrí dos continentes, sobreviví a Walter y a Lisa, y ahora estaba pedaleando bajo la lluvia para llevarle agua mineral a un tipo en calzoncillos. La escena tenía algo absurdo, pero era real. Me miré las manos. Una cicatriz en la palma derecha me recordó lo que siempre supe: el pasado existe. Eso sucedió.


Trabajar como repartidor en Holanda tiene una lógica que desde afuera no se ve.

Las propinas, por ejemplo. En Argentina uno le deja algo al delivery. Acá no es costumbre: la mayoría no deja nada. Algunos te dan un euro. Otros, dos. Cinco ya es una rareza. Una vez alguien me dio diez euros y me pareció un acto de generosidad casi conmovedor.

—God bless you —le dije. Fue lo que me salió.

También está el tema de las escaleras. En Argentina, cuando uno pide comida desde un departamento, por lo general baja a buscarla. Acá no: el repartidor tiene que subir. Siempre. Hasta la puerta, con la mochila. En ascensor si hay suerte, por las escaleras si el edificio es viejo. A veces cuatro pisos. A veces seis.

Treinta veces por día.

Una noche, trabajando para otra empresa de reparto, llovía fuerte. Yo ya estaba mojado. En el restaurante te dan la bolsa cerrada, vos la metés en la mochila y salís: nunca sabés qué hay adentro. Y la verdad es que no te importa. Vos querés repartir y volver a casa.

El departamento era casi imposible de encontrar. Había que meterse por una puerta, doblar, subir por un ascensor. Seguir un pasillo, doblar de nuevo y tomar la segunda escalera. Después cruzar un patio interno y caminar unos metros más. Estuve quince minutos dando vueltas con las zapatillas haciendo plaf, plaf, plaf. Llenas de agua. Sabiendo que no se van a secar rápido, porque no hay sol.

Cuando por fin llegué a la puerta y el tipo abrió, lo primero que me preguntó fue:

—¿Están las bebidas dentro?

Respiré hondo.

—Sí —le dije.

No tenía idea si estaban las bebidas. Y no me importaba. No le dije lo que pensé. Solo me fui.

No voy a hacerme el mártir. A mí nadie me mandó a estar en Holanda repartiendo comida bajo la lluvia. Fue una decisión mía, libre y consciente.

Pero hay momentos en los que las decisiones pesan.

«Estoy pagando un castigo», pensé.


Abrí la aplicación. El próximo pedido me estaba esperando.

«No tengo que pensar», dije para mis adentros, intentando convencerme.

«Yo no tengo en qué pensar», repetí.

Tenía, pero hace tiempo. Ahora ya no pienso más. Los ejes de mi carreta nunca los voy a engrasar.

Me subí a la bicicleta y fui a buscar el pedido siguiente.

El trabajo físico es excelente para el dolor del alma.

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