La casa de los diez grados

1 de diciembre de 2024

En Rotterdam no se consigue alquiler. No es que sea caro, es que no hay. Las listas de espera para un departamento pueden durar años. 

Pasé tres semanas en un hostel, durmiendo con catorce personas más en la misma habitación. Me costaba treinta euros por día estar en un cuarto con desconocidos que iban y venían. Era caro, incómodo y sin privacidad, pero no tenía otra opción.

Una noche, un alemán y un polaco casi se cagan a trompadas. Tenía razón el alemán.

Hasta que apareció una habitación en un grupo de WhatsApp. Sin dudarlo, agarré mis cosas y me mudé. 


Una chilena llamada Daniella administraba la casa y subalquilaba habitaciones, algo que en Holanda es ilegal, pero que todo el mundo hace. Ella vivía en otro lugar. Yo tendría que compartir el lugar con Abel, un español, y Farid, un azerí.

Ese fue el único lugar de Rotterdam donde me sentí a gusto. Veía poco a los pibes, pero estaba bien. Comprábamos cosas, cocinábamos juntos, compartíamos la cocina. Había buena onda genuina.

Farid tenía una historia complicada. Estaba en Europa sin papeles y no podía volver a Azerbaiyán porque si se iba no lo dejarían entrar de nuevo. Su plan para quedarse era casarse con una holandesa. Cuando salíamos, iba directo a hablar con mujeres gordas. Tal vez pensaba que con ellas tenía más chances, no sé. Era gracioso y triste al mismo tiempo. El tipo laburaba en una tienda de ropa y vestía bien. Sabía moverse por la noche y los bares, pero tenía una sola cosa en la cabeza: no era amor, sino papeles.

Con Abel era distinto. Abel era alguien con quien se podía hablar de verdad. Era un pibe joven, de no más de veinte años. Estudiaba comunicación. Con él me llevé bien desde el principio, sobre todo porque se parecía a Martín, un amigo de la infancia. 

“Estoy condenado a ser amigo de la Marta”, pensé. Era una sensación reconfortante. Como si mis amigos tuvieran que parecerse, sin importar el lugar del mundo donde me encontrara.

Después de nueve horas arriba de la bici, volver a esa casa y conversar con los chabones valía mucho. Más de lo que me daba cuenta en ese momento.


Después de un mes volvió Daniella. Y todo se descontroló.

Lo primero que hizo fue mandar un mensaje al grupo porque encontró la casa a dieciséis grados. Aquello era inaceptable. Según dijo, “la electricidad en Holanda es muy cara”. La temperatura interior debía estar siempre en nueve o diez grados. «Es la última vez que se lo digo porque me resulta muy molesto”, dijo.

Gracias, Daniella. Diez grados. En Rotterdam. En invierno.

A veces los radiadores ni siquiera estaban prendidos. Era la temperatura del exterior. Abel se lo explicó. No sirvió de nada. Daniella insistía con que la calefacción costaba tres mil euros por mes. Tres mil. Una cifra absurda que repetía con convicción. Mientras tanto, la casa estaba helada. Abel tuvo que comprarse una estufa para no helarse, pero Daniella le pidió que no la usara y que “fuera a estudiar a la universidad”. 


La relación con Farid explotó primero.

Hubo discusiones en el grupo de Whatsapp. Daniella lo acusó de maltratarla y de escribirle a sus amigas pidiéndoles sexo. Él la llamó “mentirosa” y “estafadora”. Ella se victimizó y dijo que se mantenía calma “para no hacer un escándalo”.

A los pocos días, Daniella echó a Farid. El tipo cambió el nombre del grupo a «I love money» y se fue. Mal. Muy mal. 

Después vinieron más mentiras.

Desde el principio, Daniella me dijo que podía tomar café y frutos secos. Después me los quiso cobrar. Después escondió el café que compró, aunque para ese tiempo yo ya había comprado otros dos paquetes. Otro día, negó haber desenchufado el lavarropas a pesar de que solo estábamos ella y yo. Encontré mi ropa a medio lavar, mojada.

La tipa mentía en cosas que no tenía sentido negar. Eso es lo que más cansa. No las peleas grandes: la gotita constante de la mierda chiquita.

Abel las veía también. No era paranoia mía. Éramos personas distintas llegando a las mismas conclusiones. El español habló conmigo y se quejó porque Daniella entraba a su habitación, tiraba la ropa en el suelo. Una vez rompió la ventana. A veces, cuando iba el dueño de la casa, teníamos que irnos para que no nos viera. Entonces Daniella escondía nuestras cosas en cualquier lugar, y al llegar del trabajo encontraba mi ropa y mis objetos personales tirados en un rincón.


Pasaron los días. Cansados de las irregularidades, Abel y yo decidimos hacer un golpe de Estado silencioso. Sin aviso, reunión o discurso. Solo empezamos a prender la calefacción e ignorar las reglas absurdas. A vivir en la casa como si fuera nuestra, sin dar explicaciones.

La relación con Daniella pasó de “tensa” a “insostenible”. Abel la odiaba más que yo.

Cuando el contrato estaba por terminar —y todos teníamos que irnos, porque iban a reformar el edificio— Daniella me propuso mudarme con ella a otro departamento.

“Mil trescientos euros por mes”, pidió, sin ponerse colorada.

Le dije que era una locura. Yo estaba pagando setecientos.

Tras una breve charla, me ofreció «bajarlo» a novecientos.

Le dije que no. Que su ambición era repugnante. Daniella se enojó y me dijo que yo “no podía ser feliz” por “el trabajo” que hacía. Repartidor en Thuisbezorgd y Uber Eats. Y la verdad es que no amaba el trabajo, pero me pagaba las cuentas. Y podía estar en Rotterdam, haciendo plata, sin deberle nada a nadie. 

A partir de ese momento, la actitud de Daniella conmigo cambió por completo. Como si el problema fuera yo y no ella, que llevaba meses haciéndonos vivir en una heladera y mintiéndonos en la cara.


Un día la busqué en Facebook.

Había varias publicaciones de chilenos acusándola de ladrona. Publicaciones del estilo: Abogada estafadora. Me cobró un millón de pesos por un trámite y nunca lo hizo. Se aprovecha de la gente.

Supuestamente era abogada.


Un día de diciembre, nos fuimos. Abel por su lado y yo por el mío. Daniella nos pidió ayuda para bajar el lavarropas. Le dijimos que sí, pero no la ayudamos. 

La diferencia entre una buena y una mala convivencia es la honestidad. Con Farid y con Abel se podía vivir. Con Daniella no. Para ella todo tenía un precio.

Antes de partir, Abel mandó este mensaje al Whatsapp del grupo: 


Buenos días chicos, espero que todo esté bien y que os hayáis asentado bien en vuestras respectivas casas. Aprovechando que ya estoy fuera, me gustaría expresar mis opiniones. Por un lado, estoy agradecido por haber tenido una buena habitación durante estos meses, y el privilegio de haber convivido con gente como Federico y Farid. No obstante, me gustaría aclarar ciertas cosas que no me han gustado. Daniela, el hecho de que me hayas intentado cobrar 400€ más de los que te correspondían, como si yo fuese idiota, me parece que te describe como persona (a pesar de que tú te proclames budista). Me parece que has sido una compañera de piso nefasta, que no ha respetado en absoluto las normas de convivencia. Entraste varias veces a mi habitación, me has cogido aceite, me has cogido pasta de dientes, me has roto la ventana, me has dejado la ropa tirada en el suelo varias veces, me has hecho estar en una casa a 10 grados además de haberme hecho comprar una estufa para literalmente no morirme del frío. Mis esfuerzos para comunicar mi descontento con estas cosas fueron en vano porque tergiversabas todo lo que decía, eres incapaz de admitir tus errores y buscas excusas para justificarte por lo obvio. Como una niña pequeña.

No sé qué clase de problemas puedes tener en tu vida personal, pero definitivamente te animo de todo corazón a que consultes con un profesional para que otra persona no tenga que pasar por lo que el resto hemos pasado. Te has aprovechado de mi educación y mi buena voluntad para sacar beneficio propio, de un crío de 19 años, y espero que eso te pese en la conciencia. Más allá de eso doy gracias por haber conocido a Federico y a Farid, grandes personas y desde luego grandes compañeros de piso. Dicho esto, os quiero desear a todos los miembros una feliz semana y adjuntar ciertas fotos para respaldar el hecho de que Daniela me haya intentado estafar 400€. Saludos. 

Que nunca muera el chisme. Saludos.

Ah, y una cosa más. Daniella estaba buena. Pero era tan mala que se te iban las ganas de mirarla con lascivia. Me lo dijeron los chicos apenas llegué, y tenían razón.

NdA: Hablé con Abel hace poco. Al parecer, se cruzó a Farid por la calle y charló un rato con él. ¡El tipo se casó con una holandesa! Podemos cuestionar sus métodos, claro, pero no los resultados. Bien por él.

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