Una cucharada de azĂșcar y tres alfajores

Diciembre 2024 – Enero de 2025

De la casa de Daniella me fui a vivir con un checo y un pibe que nació en Argentina pero se crió en Chile. La habitación estaría libre dos meses hasta que otro chabón volviera de sus vacaciones. La agarré igual. En Rotterdam no se rechaza una habitación.

Con el checo la convivencia fue fría. El tipo era inteligente, todo hay que decirlo. Estudió en Estados Unidos y su nivel de ingles era muy superior al mío. Sus padres trabajaban en Skoda, una filial de Volkswagen. Lo sé porque hablaba de sí mismo todo el tiempo. Tras una semana de convivencia, me sabía su vida de memoria. Pero nunca me hizo una sola pregunta sobre mí. Ni una. Se sorprendió de que yo conociera a Dubcek y la producción automotriz de su país durante la época soviética, pero nada mås. Para él yo era como un mueble que pagaba alquiler.

Con el argentino-chileno era distinto. Distinto en el mal sentido. Voy a ilustrar la relaciĂłn con un ejemplo.

Un día, llegué cansado del trabajo y encontré la cocina hecha un desastre. El pibe invitó a una mina a cenar y dejó todo sucio: platos, ollas, la mesa. Para la hora en que crucé la puerta del hogar, él ya estaba en su habitación con ella.

Cansado pero queriendo comer en paz, me puse a limpiar todo. La cocina, los platos, las ollas, la mesa. Entre las cosas que dejĂł el pibito, habĂ­a una Coca Zero de dos litros que tenĂ­a un poco menos de la mitad del contenido. La bebĂ­ con la cena.

Después la chica se fue y me puse a hablar con él. Le pregunté si tuvo acción.

Me dijo que no.

Le dije que era un boludo. La mina venĂ­a a comer a su casa, se encerraba con ella en la pieza, y no pasaba nada. Me dijo que no, que tenĂ­a otra relaciĂłn, que le gustaba ir despacio.

«Soy virgen», me dijo. Usó esas palabras. Tenía diecinueve años.

Al día siguiente, le compré una Coca Zero nueva y se la entregué. Me miró a los ojos. No solo no me agradeció por haber limpiado su mugre, sino que me dijo:

—La próxima vez, antes de tomar algo mío, avisame.

Le hice la cruz.

Le limpié la cocina. Le compré otra gaseosa. Y el pibe me salió con esa. No era maldad, sino mezquindad inconsciente, de la que no se da cuenta porque siempre fue así.

Nunca mĂĄs.


Con el checo pasĂł algo parecido, pero mĂĄs directo.

Una tarde agarrĂ© un poco de azĂșcar de un paquete que estaba en la mesada. Yo tambiĂ©n habĂ­a comprado azĂșcar, pero ese paquete estaba abierto y no iba a abrir otro al pedo. LĂłgica bĂĄsica.

El checo estaba hablando conmigo. Me vio agarrar el azĂșcar y me dijo:

—Eso es mío.

Me dio una rabia enorme. No por el azĂșcar. Por lo que decĂ­a del tipo. Sus viejos trabajaban en Volkswagen, habĂ­a estudiado en Estados Unidos, tenĂ­a mĂĄs plata que yo y que toda mi familia junta. Y estaba marcando territorio por una cucharada de azĂșcar, cuando el kilo sale menos de un euro.

Agarré mi paquete con las dos manos y lo estrellé contra su pecho:

—Tomá. Es un regalo, ahora es tuyo.

El tipo aceptĂł mi paquete y yo me quedĂ© con el de Ă©l, a medio usar. No fue una pelea. Fue peor: fue la confirmaciĂłn de que esa casa funcionaba asĂ­ y no habĂ­a nada que hacer. RecordĂ© todos mis viajes por AmĂ©rica, los nicaragĂŒenses, los indios panameños, los colombianos, los brasileros, los chilenos. Gente humilde que comparte todo lo que tiene. Y mirĂ© al checo con desprecio: aquel señorito rico, que jamĂĄs trabajĂł un solo dĂ­a de su vida, llorando por una cucharada de azĂșcar. La inviolabilidad de la propiedad privada, que le dicen.


A mediados de diciembre se fueron los dos. Estuve un mes y medio solo. Eso estuvo bien. Hubo silencio, privacidad. TenĂ­a la heladera a disposiciĂłn, sin protocolo. Fue un respiro.

Después volvió el argentino-chileno. De argentino tenía poco: ni siquiera conocía la palabra «escabio».

«Sos tan argentino como yo uzbeko», pensé.

El tipo volviĂł con dos cajas de alfajores Havana y los dejĂł en la heladera. Los iba comiendo de a poco. A mĂ­ no me dio ninguno. Pero eso sĂ­: me pedĂ­a tabaco, me usaba las cosas, agarraba lo que habĂ­a. VivĂ­a en una lĂłgica de casa compartida cuando le convenĂ­a. Pero compartir, lo que se dice compartir de verdad y de corazĂłn, eso no.

Antes de irme le robé tres alfajores. Estuvo bien. No soy un ladrón, pero me gustaron. Si volviera el tiempo atrås, se los volvería a robar. Estå mal, ya lo sé, pero es la verdad. Lo merecía. Por egoísta, por usarme las cosas, por no agradecer lo que hice por él, por pedirme tabaco y prometerme que me lo devolvería. No lo hizo. No era un mal tipo. Era un pendejo boludo, nada mås.


Y otra cosa: le iba para el orto en la facultad. SegĂșn Ă©l, querĂ­a ser artista, pero la madre lo obligĂł a estudiar negocios. Siempre tenĂ­a una excusa para las malas notas. Nunca lo vi estudiando: a las once de la mañana, cuando yo ya me iba a trabajar, Ă©l estaba tirado en su cama viendo series, con toda la habitaciĂłn hecha un quilombo y un olor a porro que volteaba.

«Este tiene mås problemas que yo», pensé. Con eso no se puede hacer mucho.

Cuando me fui no hubo abrazo, ni llanto, ni siquiera palabras de despedida. Nada. Apenas un «que les vaya muy bien en la vida» y nada mås. Y no pude cerrar la puerta de esa casa sin pensar, una vez mås, que lo mås seguro es que el problema sea yo.


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