Cuando era chico maté a una iguana

25 de diciembre de 2024

Cuando era chico maté a una iguana.

Me acuerdo como si fuera ayer. La agarré con una pala, la apreté y le aplasté la cabeza con un martillo. El pobre bicho sangró y murió.

Ya pasaron más de veinte años, pero todavía tengo en la mente esa imagen de la iguana sangrante, muerta. Su recuerdo me persigue hasta hoy.

En el momento no tuve remordimientos. Ni me pregunté por qué lo hacía. No comprendía aún el valor de la vida. No pensé en aquel ser vivo, con pleno derecho a seguir existiendo hasta que yo me crucé en su camino.

Perdón, iguana. Perdón. No sabía lo que hacía. Fui un estúpido.

Tengo miedo. Tengo miedo de que me esperes en el cielo de las iguanas, imponente, vengativa. Esperando que llegue aquel momento en que por fin yo, tu asesino, tenga que enfrentarme a la Justicia Divina.

¿Sería un justo castigo morir de la misma forma? ¿Con mi cabeza aplastada por un martillo, incapaz de defenderme, solo por voluntad del verdugo y sin merecerlo? ¿Qué pasaría, entonces, con el verdugo? ¿Habría una interminable sucesión de culpables?

No espero redención ni que me perdones. Si esto sirve para algo, pobre iguana, es para decirte que jamás volveré a matar a un animal.

Todo este dolor y sufrimiento que siento ahora es merecido. Más que merecido.

Perdón, iguana. Perdón. Daría lo que fuese por volver el tiempo atrás. Incluso le daría una paliza a mi yo de antaño, imbécil, asesino.

Ojalá alguna vez en mi vida tenga la oportunidad de hacer algo por los demás. No para que me perdones, porque no lo merezco. Sino para no sentir que mi paso por este planeta ha sido del todo negativo.

Estoy triste, iguana. A vos no te debe importar, porque estás muerta, muerta por mis manos manchadas con sangre. Nadie más es responsable, solo yo.

Es Navidad. Estoy lejos de mi casa. Hace frío. Mi mamá no me escribió y tuve una discusión con mi papá. Son cosas mías, iguana, cosas de mi vida que poco deben importarte ahora que estás muerta.

Si yo fuera vos, querría venganza. Venganza de aquel ser humano capaz de matarme porque sí, por diversión, solo para ver cómo mi sangre y mis tripas se escurrían desde mi boca al suelo. Me acuerdo de todo, iguana. Me acuerdo de verte muerta y del viento de aquella tarde. El viento de la muerte.

Tal vez el precio que estoy pagando por haberte matado es tener para siempre el recuerdo de mi acto infame.

Ojalá hayas muerto rápido, iguana. Lo seguro es que mi condena ahora es eterna. Me ganan, iguana. Me ganan. A veces, como si yo fuera una marioneta, hay algo o alguien que vive a través de mi.  

No quiero ser esa persona.

Este es mi viaje de psilocibina. No una visión mística ni luces de colores, sino tu recuerdo. La memoria de un acto a sangre fría que yo mismo guardé durante años bajo llave, escondido en los intrincados laberintos de mi cerebro.

Quizás nunca nos volvamos a ver, pero yo te recuerdo. Y si existe algo parecido a una redención, para mí es esto: decir la verdad. Cargarla. Pedir disculpas. Y prometer que jamás volveré a hacer algo semejante.

Cargaré para siempre el miedo de que, quizás, cuando exhale mi último suspiro, del otro lado estés vos. Con la mirada fija. Los ojos inyectados en sangre. Sangrando por la boca.

Esperando por una venganza que se tardó demasiado, pero llegó.

Esperándome.

Perdón, iguana.

Feliz Navidad.

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