Salve, Iemanjá
En una isla kuna de Panamá, entre niños que gritan “anaĂ”, cubanos atrapados en Puerto ObaldĂa y lanchas que saltan como caballos locos, entendĂ que mi viaje era un lujo y el de ellos, una huida. Un cubano nos agradeciĂł una bolsa de arroz prometiĂ©ndole a Iemanjá que tuviĂ©ramos buen viaje. Desde entonces sĂ© que hay cosas que ni la miseria ni las fronteras pueden robar: la sonrisa y la esperanza.









