El castillo y el campo
En Calabria casi no existe la tierra vacĂa: si hay patio o balcĂłn, hay algo plantado. Camilo me enseña a mirar esa lĂłgica práctica mientras camino entre quintas, flores y portones que me recuerdan a mis abuelos. Pero Longobardi no es Luque: acá hay castillos feudales y ruinas hechas a cañonazos, un Mediterráneo que a veces parece pileta, y un invierno raro donde camino quince kilĂłmetros por dĂa y cambio yo, no el paisaje.
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