Federico Piccioni Aimar

El autor de este sitio.

ÂżSoy italiano?

El 16 de enero de 2024 firmé en el Comune y, en los papeles, me volví italiano. Diez meses de trámites y cincuenta días de espera resumidos en una oficina chica con olor a papeles viejos y el mar asomando por una ventana. Todos decían que ese momento era para llorar. Yo no sentí nada. En el camino de vuelta entendí algo simple y brutal: Longobardi seguía igual; el que tenía que cambiar era yo. Y el verdadero acto de ciudadanía no fue el sello, sino sentarme a escribir para no dejar que esta historia se perdiera.

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Unas cuantas páginas

En Longobardi aprendí que separar residuos es parte de ser “normal”: un calendario en la heladera, dos tachos más y listo. Pienso en Argentina y me queda bronca y esperanza. Y después están los bichos: gatos por todos lados, perros más atados de lo que me gusta. Cincuenta días después, todavía no puedo decir “Italia es así” o “Italia es asá”. Solo sé que camino entre el mar y la montaña y escribo, porque si no escribo, esto se pierde. Y lo que vale la pena no se tira: se transforma.

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La comida y el juego

En Calabria comí como si el cuerpo tuviera que aprender de nuevo los sabores: tomates que saben a tomate, cítricos por todos lados, quesos y fiambres baratos pero de verdad. No todo es idílico —la carne pica—, pero hasta la Fanta cuenta la diferencia entre Italia y Argentina. Y en medio de esa vida cotidiana, vi otra escena: gente hipnotizada frente a las tragamonedas, apretando el mismo botón hasta quemar cincuenta euros en minutos. Dos mundos en el mismo lugar: el placer simple de comer bien y el agujero estúpido del juego.

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El castillo y el campo

En Calabria casi no existe la tierra vacía: si hay patio o balcón, hay algo plantado. Camilo me enseña a mirar esa lógica práctica mientras camino entre quintas, flores y portones que me recuerdan a mis abuelos. Pero Longobardi no es Luque: acá hay castillos feudales y ruinas hechas a cañonazos, un Mediterráneo que a veces parece pileta, y un invierno raro donde camino quince kilómetros por día y cambio yo, no el paisaje.

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Colonia de compatriotas

Cincuenta días en Longobardi, Calabria: un pueblo mínimo entre el Tirreno y las montañas que, por un tiempo, fue el centro del mundo. La “pobreza” italiana no se parece a la nuestra, y en el único bar de invierno suena música desde un celular. Pero lo que más me sorprendió fue la colonia de argentinos: mates en la playa, “boludos” por la calle y una soledad rara entre compatriotas.

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