El indio y el letĂłn
Tres compañeros de casa en Rotterdam: un indio con esvásticas en la puerta, un letón que robaba señales de tránsito, y yo tratando de descansar.
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Tres compañeros de casa en Rotterdam: un indio con esvásticas en la puerta, un letón que robaba señales de tránsito, y yo tratando de descansar.
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La Navidad la pasé solo, con trufas de psilocibina y una iguana imaginaria. Mi abuela ya no estaba, y yo no pude dejar de pensar en ella.
Ya pasaron más de veinte años, pero todavĂa tengo en la mente esa imagen de la iguana sangrante, muerta. Su recuerdo me persigue hasta hoy.
Cuando era chico maté a una iguana Leer más »
Dos meses conviviendo con un checo y un argentino-chileno. Lo que aprendĂ sobre la mezquindad.
Una cucharada de azúcar y tres alfajores Leer más »
Fui feliz por un mes en Rotterdam hasta que volviĂł Daniella. Y todo se descontrolĂł.
La casa de los diez grados Leer más »
Doce botellas de agua de dos litros. Más queso, salame y jabĂłn. Veinticuatro kilos en la espalda, sobre una bicicleta, bajo la lluvia y con viento. Y al final de todo: un viejo en calzoncillos, olor a meada rancia, y una pregunta que me venĂa haciendo desde hacĂa tiempo.
Veinticuatro kilos Leer más »
En seis meses repartiendo comida por Rotterdam me caà tres veces de la bicicleta. No me rompà nada, no arruiné ningún pedido y una vez los frutos secos salieron volando hasta Argentina.
LleguĂ© a Rotterdam con cuatro mil euros, una cama de hostel y un trabajo nuevo. Lo que vino despuĂ©s fue frĂo, miles de kilĂłmetros en bicicleta y una rutina que terminĂł vaciándolo todo.
Ahora seguĂs solo Leer más »
PrometĂ escribir todos los dĂas y fallĂ©. Meses despuĂ©s, desde un hostel en Polonia, cuento lo que pasĂł en Luxemburgo: un restaurante italiano, gritos, merca, horas extra sin pagar, una campana que sonaba cada quince minutos y un despido con trampa. Me fui con cuatro mil euros y la cabeza hecha ruido.
Las mil campanadas Leer más »
CumplĂ la promesa como pude: escribĂ de madrugada, escribĂ antes de irme a trabajar, escribĂ con la espalda rota. Mis compañeros volvieron de comprar merca, el jefe gritĂł por la cocina, y yo seguĂ lavando platos. Pero llegĂł un mail de Flink. Por primera vez en dĂas, vi una salida.
Cumpliendo la promesa Leer más »